Los procesos terapéuticos a través del arte y la creatividad me han acompañado desde que me quedé embarazada de Daibel. Os he hablado bastante de ello en estos años. Unos ejemplos: este post sobre cómo crear mandalas o éste de manualidades para tiempos de crisis.

Hoy quiero contaros el proceso de arteterapia más potente que he realizado. Lo es por dos razones: porque fue tras la pérdida reciente de mi hijo y porque lo he hecho con el acompañamiento de una profesional, Itahisa Mateo, de Proyecto Amarte.

Durante el confinamiento, desde la Asociación Cultural Convive, estrechamente relacionada con el Colegio Siglo XXI de Moratalaz, se nos dio la oportunidad de participar en un taller de arteterapia gratuito. Una amiga me pasó la información y desde el primer momento me atrajo la idea. Dediqué un tiempo a pensar si era algo que me encajaba en ese momento. Estábamos en abril. No paraban de surgir propuestas de entretenimiento, ejercicio, videollamadas… Había mucha sobrecarga ya y yo quería pensármelo bien. Además, ¿estaba dispuesta a atravesar el dolor que seguramente el taller me traería? La respuesta fue claramente un sí. Finalmente decidí apuntarme. Había sólo 20 plazas y me correspondió una. Me hizo tanta ilusión que lo viví como si me hubiesen dado una beca que deseaba mucho. 

 

Cómo fue el taller

En el blog del colegio contamos cómo se desarrolló el taller a grandes rasgos. Duró 5 semanas y, cada una de ellas, Itaisha nos propuso tres tipos de ejercicios: dibujo de formas, elaborar una fase de metarmososis con un elemento de nuestra elección (yo elegí la Luna) y una actividad creativa.

No fui capaz de realizar las propuestas de dibujo de formas. No era mi momento y, a la vez siento que es lo que más necesito. El dibujo de formas me puso de frente mi autoexigencia, mi impaciencia. No me relajaba nada, todo lo contrario, por lo que me provocaba mucho rechazo. Era incapaz de fluir con las formas. Estaba verdaderamente atascada. Deseo poder retomar estos ejercicios, aparentemente sencillos, pero que tanto me removieron.

Las actividades creativas, pensadas para que nos soltásemos y nos dejásemos llevar, me resultaron muy interesantes. De nuevo me las llevé a un terreno más intenso. Desde que Daibel murió conecto mucho con él a través de las cosas que creo y estos ejercicios me llevaron por ese camino. Así que eso de soltarse y divertirse, no fue del todo conmigo. Pero sí hice grandes descubrimientos que, aunque reflexivos e incluso dolorosos, me aportaron mucha claridad. En las próximas semanas, en redes sociales os mostraré alguno de esos trabajos.

 

La metamorfosis

Hoy de lo que quiero hablaros en profundidad es del ejercicio que más disfruté, en el que más empeño puse y el que más aprendizaje me trajo: la metarmosfosis. 

La propuesta era que escogieramos un elemento del cual pudiéramos representar cuatro fases. Podía ser una planta, una mariposa, una libélula, las estaciones… Yo me decidí por la Luna. En un primer momento, cualquiera que me conociera, habría pensado que yo escogería una planta. Fue mi idea inicial. Pero pensándolo un poco, la Luna me atrajo mucho más y me alegro mucho de haberme decidido por ella.

Dejando al menos una semana entre la elaboración de una fase y otra, fui  haciendo mis lunas. Después, escribía las palabras que me habían atravesado la mente mientras creaba. Además, Itahisa me acompañaba en mis reflexiones después de cada fase, ayudándome a poner palabras y sentido a lo que había creado.

 

Luna nueva

luna 1   luna 2

Empecé con la Luna nueva. Me pareció que debía empezar desde la nada, desde el vacío. Conectando con ese inmenso dolor que provocaba que mi hijo no estuviera conmigo. Realicé una composición con cera negra y recortes de papel. Creo que se ve claramente la rabia y la oscuridad que representa. El trazo marcado, caótico y poco definido de la cera no deja lugar a dudas.

Pero hay luz. Hay estrellas amarillas. Y no son pocas. Para mí, representan un nuevo comienzo con oportunidades a transitar. 

 

Luna creciente

luna 3   luna 4

La Luna creciente es un collage que hice sobre cartulina negra. Esto me permitía que las figuras tuvieran formas más definidas, rebajando la angustia que transmitía la primera composición.

Sigue habiendo mucha oscuridad, incertidumbre, a mi parecer, pero también muchas estrellas, esta vez agrupadas. Hay más orden.

 

Luna llena

luna 5   luna 6

La potencia de esta fase es brutal para mí. La Luna llena requería un cambio total de escenario. Le pregunté a Itahisa si estaba bien que cambiara totalmente de técnica y materiales. Ella me preguntó por qué quería hacerlo. Esta fase me pedía un cambio, una apertura, así que ambas pensamos que utilizar otro material era de lo más conveniente

Salió esta joya de la que se ha enamorado cada persona que la ha visto. Se trata de un mantel individual en el que he cosido fieltro y lana cardada haciendo una composición que rompe totalmente con lo creado hasta ese momento.

El mantel era de Daibel. Lo usábamos para dejar encima sus cosas (jeringas, sistemas de alimentación, gasas, sueros…) para que no se ensuciaran las superficies en las que lo depositábamos. Estos manteles están destrozados de todos los lavados que llevan, pero fui incapaz de tirarlos. A la vez, no me gusta quedarme con cosas suyas a las que no les vaya a dar uso. Así que me pareció el lienzo perfecto para esta creación.

Me salió un árbol, que para mí representa la familia, y una casa. Nuestra casa. Desde este momento, la casa como símbolo cobraría gran importancia en todo mi proceso de duelo. Pronto os contaré más sobre esto.

Dentro de que la composición sigue siendo oscura porque es un paisaje nocturno, es la que más luz tiene, ya que la luna está llena, sigue habiendo muchas estrellas y sale luz amarilla del interior de la casa. Este texto que publiqué en el blog hace casi un año explica por qué. 

 

Luna menguante

luna 7   luna 8

Cerré el proceso con la luna menguante. Qué apropiado. Recogerse cuando hay temporal es la mejor de las ideas. Tuve que pasar por todas las fases para darme cuenta de que ésta es la que más me representa ahora.

Vuelve a ser un collage, con una foto nuestra sobre acuarela, una técnica que no domino en absoluto, pero que me pareció idónea para representar la falta de control sobre todas las cosas. 

La foto no es cualquiera, claro. Es de la primera vez que fuimos al mar tras su fallecimiento. Aquel día estaba en todas partes: en cada grano de arena, en cada gota con sal, en nuestros abrazos, en nuestras lágrimas… 

Esa potente luz amarilla es suya. Nos guiará siempre y espero que ese camino lo hagamos siempre los dos juntos. Él nos ha enseñado cuáles son nuestras proridades y, cuando dudo, vuelvo a él y tengo la respuesta. 

 

Más arteterapia

Tras escribir este post me di cuenta de que me sentía estancada. Los ciclos de la luna son eso, ciclos, y como tales, nunca cesan. Siento que me quedé en la Luna menguante. Compartí mi reflexión y el texto con Itahisa. Ella me propuso retomar el trabajo de artetarapia para indagar de dónde viene ese bloqueo y tratar de deshacerlo. En ello estamos.

Yo tengo una idea de por donde vienen los tiros y es por la falta de aceptación de algunas cosas. No de la muerte de mi hijo en sí misma, pero sí de cuál es mi lugar en el mundo sin él. Llevo enfrascada en este tipo de pensamientos desde enero y estoy harta de mi propio discurso. De ello te hablaba hace unas semanas en redes sociales con esta imagen cuya creación fue también acompañada por Itahisa. Os dejo un extracto del texto que publiqué.

 labernto de espino

“(...)En la puerta de mi casa hay un laberinto de espino que no consigo cruzar. Lo intento muchas veces, pero el mundo de ahí fuera me parece de lo más hostil. Y no es solo una cuestión pandémica. Cada vez que salgo, me pego un buen arañazo, me encojo y vuelvo a casa para sentirme protegida.

Lo sigo intentando, porque ¿veis que hay luz? Al otro lado del laberinto hay luz. Y me llama. Cuando me recupero del arañazo, me siento con suficiente energía como para volver a cruzarlo. Me visto, miro si hace buen tiempo, pongo mis condiciones para salir, lo intento de nuevo y me vuelvo a herir. Otra vez para casa.

Ese es el resumen. El mundo va a una velocidad que yo no puedo asumir. No llego a subirme al tren. Necesito más tiempo, pero tengo poca paciencia. (...)

 

Gracias, Itahisa, por apoyarme en este viaje. Como tú bien nos dijiste, este proceso requiere que una profesional lo acompañe. Así que si alguien al otro lado de la pantalla cree que necesita un acompañamiento como éste, que no dude en ponerse en contacto contigo

Publicado en Salud emocional
Domingo, 27 Septiembre 2020 05:28

Hoy cumplirías 7 años

Hoy cumplirías 7 años. Qué pocos. Y ya no estás. ¿Sabes qué es lo que más me preocupa de todo? Olvidarme de algo. Por eso escribo, miro fotos y vídeos y uso tus cosas. Me aterra no acordarme algún día de cómo eras, de cómo olías, de cómo era tu ropa, de cómo dormías, de cómo llorabas, de como reías, hasta de cómo se usaban tus máquinas.

En este post voy a exponer algunas de tus últimas cosas, como forma de honrarte, de recordarte, de quererte. No son cosas precisamente alegres, pero no quiero olvidarlas y por eso voy a dejarlas por escrito.

 

Tú última foto

La última foto que te hice es un despropósito. No era para mí. Era para el médico. Para que viera lo hinchada que estaba tu cara por culpa de la infección que no superarías.
 
De vez en cuando me encuentro con esa foto en el mi móvil y me invade el dolor. Me recuerda que no estás y que tus últimos días fueron una basura. Pero no puedo borrarla. Es la última foto que te hice.
 
Lo último que te compré
 
Lo último que te compré fue un aceite para darte masajes, activar así tu circulación y conseguir que te deshincharas. Sabía que que lo usaría una o dos veces. Así fue.
Fui a comprar el mejor aceite ecológico a una tienda que estaba un poco lejos. Pero yo necesitaba caminar y que mi amiga me acompañara.
Ahí está, en su caja, donde antes estaban tus cosas. Lo he usado un par de veces para mí. No puedo tirarlo o dárselo a otra persona porque es lo último que te compré. ¿Qué hago si se gasta?
 
La última vez que te porteé
 
No recuerdo cuándo fue la última vez que te porteé y eso me mata. No tengo ni idea, por más que lo pienso... Llevaba mucho tempo sin hacerlo, eso seguro, pero no recuerdo la última vez. Odio no poder acordarme.
Estar en contacto es más importante que portear. Eso lo hacíamos a diario. Y sí me acuerdo de la última vez que te abracé, claro.
 
 
Lo último que te regalé
 
El último regalo que te hice es una planta que a la vuelta de vacaciones me he encontrado mustia y estoy que me subo por las paredes.
La compré para el día de Reyes, para que hubiese algo que llevara tu nombre. No necesitabas nada nuevo y le pedimos a la familia que no te comprara nada. En el último momento, necesité que algo llevara tu nombre y compré una planta que no verías ni tocarías. Sólo llevaría tu nombre y yo me sentiría mejor.
No sé si voy a conseguir salvarla, pero es un activador de ansiedad ahora mismo. Necesito que siga viva.
Publicado en Conjuros

Tengo tantas cosas que quiero contar sobre cómo me he sentido estos meses que no sabía ni por donde empezar. Me ha costado mucho decidir qué tema tratar primero. Tenía pensada una serie sobre la humanización de la atención hospitalaria, pero no me ha parecido buena idea por la que se les viene otra vez encima a los profesionales sanitarios. No quiero que parezca que no valoro lo que hacen.

Así que he decidido empezar con un temazo: la culpa. Tan femenina, tan materna, tan dolorosa...

Durante mi maternidad sentí mucha culpa. Mucha. Como era consciente, trabajaba para reducirla y, poco a poco, su intensidad fue bajando. En el blog hay un post con mis reflexiones sobre ello hace más o menos dos años, cuando la intensidad había bajado bastante. No sabía yo que al morir mi hijo la culpa sería más intensa y dolorosa que nunca.

En este post os voy a contar cómo ha sido mi proceso de sanar o reducir la culpa. Me parece un camino fascinante que ha estado marcado por la vivencia y no por la racionalidad.

Si eres una madre que siente culpa, te invito a quedarte por si te ayudan mis reflexiones.

Soy una impostora

Los días previos y posteriores a que Daibel muriera todo el mundo nos decía que habíamos sido los mejores padres del mundo. Que él había tenido mucha suerte. Que habíamos hecho más de lo que era posible. Que nos admiraban. Esto nos lo decían con la intención de reconfortarnos. La respuesta que salía de Kike era "yo he he hecho lo que tenía que hacer". De mí salía silencio, pero en mi mente había ruido, mucho ruido. En mi mente había todo un discurso: "Te he engañado. He hecho un pelón y he conseguido que creas que he hecho un montón de cosas por mi hijo. Pero no es verdad. Soy una impostora. Os he engañado a todos. Yo no he hecho suficiente."

Suficiente... Nada de lo que yo había hecho me parecía suficiente. Yo entendía lo que la gente me quería decir, pero no lo sentía.

Sabía que este tema me tocaría trabajarlo con la psicóloga. Un día, escribiendo sobre esto, di el primer paso. La última línea decía "6 años no son suficientes". Tras escribir eso, sentí que un gran peso en forma de responsabilidad salía de mi cuerpo. No estaba en mi mano decidir cuánto tiempo pasaríamos juntos. Eso no era mis responsabilidad.

Éste fue el primer paso.

 

Gestión del tiempo

Habían pasado unas dos semanas desde que Daibel había muerto y era el primer día en el que yo haría "vida normal". Pasaría la mañana sola por primera vez y sentía que necesitaba recuperar mi rutina. A las 12 del medio día ya había terminado. Me petó la cabeza. Lo que antes tardaba seis horas en hacer, ahora me llevaba tres.

Me senté en el sofá y me invadió una desesperación abrumadorar y una gran pregunta: ¿QUÉ NARICES HAGO CON EL RESTO DEL DÍA? El resto de la mañana, mi cerebro fue un hervidero, y yo, un mar de lágrimas.

Me di cuenta de que yo dedicaba a Daibel mucho más tiempo del que pensaba. Por las mañanas, él solía dormir hasta muy tarde, por lo que yo aprovechaba para hacer cosas de las casa o con el ordenador.

Sabía que era la primera en levantarme y la última en desayunar porque primero me ocupaba de toda su rutina de mañana (alimentación, medicación, higiene...). Sabía que nunca desayunaba del tirón porque siempre tenía que levantarme a mitad de desayuno dado que una máquina pitaba o el niño tosía y necesitaba ayuda. Sabía que, mientras trabajaba en el ordenador, tenía  muchas interrupciones por las mismas razones: máquinas que pitaban, ruidos de Daibel que había que supervisar, llamadas de sus médicos, terapeutas que venían a verle... Sabía que a las 12 debía parar para volver a hacer la rutina de higiene, alimentación y medicación y que al rato volvería a pitar otra máquina.

Todas esas interrupciones suponían un gasto doble de tiempo: el de la interrupción en sí misma y el que le lleva a una comprender por dónde lo había dejado y volver a concentrarse para realizar esa tarea que se había quedado a medias.

Esas acciones que yo hacía por mi hijo no me parecían suficientes porque no eran jugar con él, hacer los "deberes" que nos ponían los terapeutas para que "mejorara", abrazarle... Eran acciones rutinarias realizadas en piloto automático.

Aquel día entendí que toda esa atención eran cuidados. Era amor. Aunque a veces me molestara levantarme mil veces y no consiguiera terminar la tarea. Era amor. Decidí ser honesta conmigo misma y reconocer que casi todas esas veces, además de atender a la máquina, él se llevaba una caricia o un beso.  La barrita de la culpa bajó un poco más. 
Madres del mundo, por favor, parad a pensar en esto un momento. ¿Llegáis a la misma conclusión?

 

Donaciones

Estamos donando las cosas de Daibel. Qué hacer con las cosas de tu hijo fallecido es todo un temazo que ya abordaré en profundidad en otro momento. Está siendo un proceso difícil por muchas razones y la pandemia no está ayudando nada.

El caso es que, antes de que el mundo se volviera del revés, me dediqué a hacer fotos a sus cosas, sobre todo a su juguetes y material de estimulación,  para ofrecérselas a familias que pensaba que las podrían aprovechar. 

Fue una experiencia brutal. Verlo todo junto me hizo darme cuenta de que no eran cosas corrientes. No eran juguetes normales. Estaban pensadísimos para que tuvieran sentido para él. Además, muchos de esos materiales los había fabricado yo porque había ciertas cosas que no podía encontrar en las tiendas. En el blog hay varios post sobre cómo fabricaba sus juguetes.

Que él tuviera esas cosas (a las que, por cierto, no hacía ni caso), era un reflejo muy nítido de nuestra dedicación hacia él. De nuestro amor. Que no fuesen cosas corrientes, que fuesen especiales, me hacía verlo más aún

Esto se tradujo en una nueva reducción de la culpa.

 

No hacía lo que debía

Habrían pasado ya un par de meses. Y un día me volvió a petar la cabeza. Escuchando un podcast de Lucía Terol, en el que decía algo que había dicho mil veces, de pronto, lo integré con más consciencia y entendí algo que me hizo polvo.

Ella hablaba de que, a veces, hacemos cosas sin prestar atención al momento presente porque estamos pensando en lo que toca hacer después o en que deberíamos estar estar haciendo otra cosa. Este mensaje lo había escuchado mil veces y me había posicionado muy de acuerdo con ello. Pero eso a mí ya no me pasaba. Yo había conseguido conectar con las actividades que realizaba y disfrutar de las pequeñas cosas. ¡JA! Menuda mentira.

Ese día me di cuenta de que en todo momento en que yo no estuviera atendiendo a Daibel, tenía la sensación de no estar haciendo lo que debía. EN TODO MOMENTO. Esto va desde salir a tomar algo con amigas, hacer una manualidad, ir a trabajar, ducharme, hacer la comida e, incluso, dormir. SÍ, DORMIR.

Cuando dormía y escuchaba un ruido sospechoso de Daibel o pitaba una máquina, abría los ojos para ver qué pasaba. A veces me pillaba dándole la espalda, por lo que debía darme la vuelta para comprobar la situación. A veces, el ruido desaparecía o el sueño me podía y no llegaba a darme la vuelta. Al rato, cuando me daba cuenta de que no había hecho nada, llegaba el discurso condenatorio: "Ya te vale, no te diste la vuelta. Le dejaste ahí sin comprobar si estaba bien. Un día te vas a llevar el susto de tu vida y lo lamentarás". 

Jamás he estado fuera de casa sin él a gusto. Siempre tenía prisa por volver. Siempre tenía la sensación de que me estaba alargando más de la cuenta.

Darme cuenta de esto fue demoledor. Lo primero, porque me pareció superinjusto, para mí y para él. Además, me di cuenta de que era de lo más evidente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Este descubrimiento hizo que bajara la culpa porque era un indicador más de que le atendía más de lo que yo pensaba. Pero apareció el arrepentimiento, que no es más que culpa en otro formato, creo yo. Pero el caso es que lo que sentía era distinto. Me arrepentía de haber funcionado así; de haberme relacionado con él desde esa energía, señalándole como ladrón de tiempo o atención; de no haberme dado cuenta antes para haberle pedido perdón y ponerle remedio.

Me di cuenta de esto un día después de haberme dedicado una mañana entera a mí misma. Sin interrupciones, con plena consciencia y disfrute.

Supe que este tema requería trabajarlo con la psicóloga. Llegué a la conclusión de que aquello era inevitable. Que la calma que me había llevado a comprender esto, antes no existía y que seguramente no estaba en mi mano crearla.

Documentos gráficos

Hace ya dos años, una doctora conoció a Daibel en medio de un proceso respiratorio severo. No sabía cómo era él en situación basal y nos pidió que le enseñásemos algún vídeo en el que estuviera bien. En mi móvil no había de eso. Había vídeos de crisis epilépticas y de comportamientos extraños. En aquel momento me sentí mal.

Miramos en el móvil de Kike y allí sí estaban los vídeos que la doctora necesitaba. Vídeos muy graciosos de padre e hijo juntos jugando y dándose mucho cariño. En aquel momento me sentí aún peor.

Cuando le enseñamos los vídeos a la doctora apareció uno, el mejor de todos, en el que él estaba feliz, supergracioso, jugando conmigo. Lucía, la pediatra, me dijo, "¿Ves? en tu móvil están los vídeos de las crisis porque le cuidas y los necesitamos. Pero en el de Kike estáis disfrutando juntos porque es él el que os graba. Os compenetráis bien". Tenía razón.

Desde que Daibel murió, no me pierdo ninguna de las recomendaciones de Google Photos de "Redescubre este día". Me gusta verle. La mayoría de las fotos que tengo en mi móvil de él son de sus mejores momentos. Me encanta ver esas imágenes. Pero también aparecen esos vídeos de momentos de crisis que los médicos nos pedían que grabásemos para entender bien la situación.

Este verano me topé con uno de eso vídeos que, lejos de hacerme revivir aquella mala experiencia, me reconfortó. Aquel día, no le miré a él sufriendo. Me miré a mí. Era un vídeo en el que Daibel se encontraba muy mal porque una nueva medicación que tomaba le sentaba fatal. Durante meses, después de tomarla, el niño se tiraba más de una hora intentando dormirse quejándose, no sabemos muy bien de qué. Los médicos no entendían bien lo que pasaba y no podíamos hacer nada.

Así que ahí estaba yo, abrazando a mi hijo, sosteniéndole, intentando reconfortarle sin conseguirlo. Aquel era un vídeo de unos pocos minutos de una noche en concreto. Pero eso pasaba todas las noches durante más de una hora. Y todas las noches durante más de una hora, yo le abrazaba y le sostenía, sin conseguir aliviarle, porque era lo único que podía hacer. Me miré en el vídeo y sólo vi amor. Una dedicación en exclusiva e incondicional.

Por primera vez, me miré con los ojos con los que me miráis los demás y os entendí. Resultado: menos culpa.

 

Sin arrepentimineto

Hace muy poco la barra de la culpa volvió a bajar y lo hizo de la manera más inesperada. Con un post de Ana Obregón. No sé cómo, apareció en mi teléfono. Ella también ha perdido a su hijo en los últimos meses. Hace poco publicó una reflexión que él había dejado en el borrador de su perfil de Instagram. Él ya sabía que iba a morir y hablaba de cuánto se arrepentía de no haber dedicado el tiempo suficiente a las cosas que de verdad son importantes. Sobre todo, hablaba de no pasar el tiempo suficiente con las personas a las que quería.

En ese momento, sentí todo lo contrario: yo había pasado con Daibel el máximo de tiempo posible. Le exprimí todo lo que pude. Le pregunté a su padre si sentía lo mismo. Me alivió que su respuesta fuera un sí rotundo.

Entonces, reflexioné sobre algunas de nuestras decisiones polémicas: no escolarizarle, sacarle del centro de Atención Temprana, suspender encuentros con amigos sólo por la sospecha de que algo no iba bien (después siempre pasaba algo), no juntarle con niños en temporada escolar, aislarnos en determinadas circunstancias para evitar contagios... Cosas que ahora se entienden mejor porque nos hemos visto obligados a hacerlas tod@s. Pero también hubo muchos momentos en los que decidí prescindir de ciertos planes simplemente por estar con él, porque sentía que lo necesitábamos alguno de los dos o también su padre.

Estas decisiones consiguieron dos cosas. En primer lugar, alargar su vida. No tengo ninguna duda al respecto. En segundo, que pasáramos más tiempo juntos, acompañándonos. A lo mejor no era tiempo haciendo cosas "fructíferas": no se llevó más horas de juego, estimulación o masajes, por ejemplo. Pero ambos nos llevamos más tiempo acompañados, más tiempo juntos. Simplemente eso. Ahora lo veo como un regalo y la culpa ha bajado un gran escalón.


Hasta aquí la evolución de mi culpa en estos meses. No ha desaparecido del todo, pero su reducción es innegable. Ha sido todo un viaje, que como dije al principio, ha tenido más que ver con lo vivencial que con la lógica. He necesitado sentir las cosas para integrarlas. Que la gente, desde fuera, me dijera que toda esa culpa no tenía sentido, no me servía. Necesitaba sentirlo. Dejar todo esto por escrito y verlo junto también está siendo todo un baño de realidad.

Ojalá mi experiencia le sirva a alguien para reflexionar sobre su propio proceso y comenzar a sanarlo.

Publicado en Salud emocional
Miércoles, 26 Julio 2017 09:24

10 cosas que adoraba de mi abuela

Mi abuela Aurora falleció hace un año. Se trata la primera muerte que he tenido que afrontar de verdad. Cuando era niña fallecieron mi bisabuela y Jose, pero eso… era niña y no fui consciente del duelo que suponía, aunque entiendo que lo debí pasar igualmente.

Hoy me hago este regalo; me permito escribir sobre mi abuela porque en este año apenas he hablado de ella y no he dejado que pasara mucho tiempo por mi cabeza. Ha sido así porque cada vez que se viene a mis pensamientos siento mucho dolor. Su muerte sucedió en un ambiente enrarecido por problemas familiares y, además, sufrió mucho. No se lo merecía. No nos lo merecíamos. En este año, acordarme de ella ha supuesto acordarme de su feo final y me ha resultado muy doloroso. Tampoco he podido ir a su casa, no me encuentro con fuerzas. Por eso me regalo esta lista. Es para mí, para ella y para todo los que la quisimos. Quiero recordarla por lo que fue, por lo que hizo, por lo que me enseñó y no sólo por su turbio final.

Aquí van las 10 cosas que adoraba de mi abuela:

1. Podía hablar con ella de todo

Teníamos una gran complicidad. Yo le contaba mis cosas, mis preocupaciones y ella me aconsejaba. Pero también al revés. Hemos hablado mucho sobre cómo se sentía ella ante ciertas situaciones, conflictos, su enfermedad.

2. Su forma de hablar

Si hay algo que me gusta mucho son los refranes, los dichos populares y las frases hechas con doble sentdo o que tiene su origen en alguna costumbre social o cultural. Mi abuela usaba todo esto a menudo y, encima, me sabía explicar por qué se decía así, que es lo que más me fascina.

Ahora mismo el recuerdo que me viene a la cabeza con más viveza es de una frase un tanto malsonante que no es un refán ni nada de eso. Tendría unos 6-8 años, estando jugando en su casa con un cepillo, en un giro, casi tiro unas copas que había encima de un mueble. A ella, de forma espontánea, le salió un grito: "¡Ay, le ha faltado el coño una hormiga!". No os podéis imaginar el ataque de risa que me dio. Recuero llorar y que me doliera la tripa de tanto reirme. Por supuesto, esa frase pasó, inmediatamente a mi archivo y la uso cada vez que tengo ocasión.

3. Sus manos

A ella le perecería mentira. Decía que eran todo pellejo. Al final era verdad y también tenían manchas de la edad, pero para mí eran preciosas. Las tenía siempre muy cuidadas, suaves y calientes. Me encantaba cogerle de la mano y ver cómo cogía la de mi abuelo.

4. Sus albóndigas y su sopa de marisco

El plato estrella de mi abuela era la ensaladilla rusa, pero nunca he sido muy fan. Yo prefiero sus albóndigas (sé que mi primo estará de acuerdo) y su sopa rápida de marisco. Una de las mejores ideas que he tenido en la vida es pedirle esas recetas cuando me independicé. No las he hecho mucho en el último año porque me invadía la tristeza, pero eso tiene que cambiar. Es curioso, ambas llevan pastilla de caldo y quienes me conocen un poco saben que no es de mis ingredientes favoritos. Pero yo se lo pongo. No cambio nada de sus recetas.

5. Se despedía siempre diciendo ‘que lo paséis bien’

No decía adiós, ni hasta luego, sino que te deseaba algo bueno. Además, aunque estuviese muy malita, te seguía hasta el ascensor y te despedía allí, aprovechando hasta el último segundo para mirarte y hablar contigo.

6. Su coquetería

No se me ha pegado nada, pero ella iba siempre impoluta. Cuidaba mucho su ropa y su aspecto. Se dedicaba tiempo para verse bien.

7. Era muy detallista

A ella siempre le gustó agradar y tenía muchos detalles y siempre daba en el clavo. Tenía buen ojo para saber qué le gustaba a los demás. Ahora se me viene a la cabeza el primer regalo que le hizo a Daibel nada más nacer. Un marco de fotos y un chupetero preciosos, elegidos con mucho gusto. Nos son típicos, no son cualquiera que puedas encontrar por ahí, tienen su esencia.

8. Sus dotes de mando

Bueno, esto no me gustaba siempre… Ni a mí, ni a los que le rodeábamos. Era muy mandona, muy matriarca. Nos traía locos casi siempre por ello, pero quiero ver su parte buena. Fue una mujer fuerte que nunca se dejó pisotear por nadie. Tenía las ideas claras y no se hacía pequeña ante nadie.

9. Estaba muy orgullosa de mí

Fue siempre una inyección de autoestima para mí. Se alegraba hasta el infinito de mis logros y me alentaba muchísimo cuando le contaba mis planes. Sé que el nacimiento de Daibel fue para ella como un fracaso. Por primera vez en mi vida algo no me salía tan bien como ella quería. Es de las pocas personas que se atrevía a decirlo. En definitiva, ella sabía que con él en mi vida sufro mucho y desearía que no fuera así. Yo no conseguí hacerle ver que Daibel también me hace feliz.

10. Su historia

Hemos pasado muchas horas hablando de cuando era niña y joven. Muchas de nuestras conversaciones tienen que ver con cómo crió a sus cuatro hijos. Me encantaba escucharla. Además, mi abuelo es un gran fotógrafo, por lo que hay documento gráfico de cada cosa. Muy a menudo salían fotos antiguas de los cajones y comentábamos sobre ellas. Eso es oro puro.

Gracias, abuela, por haberme hecho posible y por acompañarme en mi vida. Siento haber estado tan alejada este año. Es mi proceso, lo hago lo mejor que puedo. Siento que con esta lista doy  un paso más para recordarte como te mereces.

Te querré siempre

Publicado en Salud emocional

En el último post me desnudé contando cómo he vivido lo que para mí ha sido el final de mi puerperio. Escribir ese artículo fue sanador y quise compartirlo por si a alguien más le ayudaba. Si compartí aquello, no puedo dejar de publicar la respuesta que me dio Jazmín Mirelman, psicóloga perinatal de Red Afectiva, tras leerlo. Sus palabras son más esclarecedoras aún y me han ayudado a comprender mucho mejor todo este proceso.

Como buena argentina, tiene un dominio exquisito de la palabra y un profundo conocimiento de la psique humana; por eso, su texto tiene tanto valor. Que lo disfrutes…

Querida Ana,

Me gustaría reiterarte la admiración que me mereces por cómo cuidas a Daibel, a tu familia y a ti misma y por el importante trabajo que realizas a través de estos relatos, que dan tanto que pensar.

Puedo leer en tus palabras una gratitud por el encuentro que tuvimos, que nos permitió hablar pero no tapar, dejar que se abrieran ventanas y que por allí pasara el tiempo, el aire, la crisis y las ocurrencias.

Creo que hablas de puerperios y de duelos. Así, en plural, ya que son muchas las recuperaciones que el cuerpo y el psiquismo deben atravesar para retornar a un lugar que ya no es punto de partida (la mujer que antes no fue madre) pero que tampoco es la permanencia en el estado gestante (la mujer que empieza  tímidamente a sospechar que también será madre). También son muchos los duelos por los que transitamos en la maternidad y muchos más cuando el desarrollo y salud de nuestro hijo no es el esperado. Estos puerperios y estos duelos no ocurren uno detrás del otro según el tiempo del reloj, sino que son otros tiempos que van ocurriendo, dejando de ocurrir y reapareciendo cuando menos los esperas, como una espiral. Y es hermoso cómo describes una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañera de camino, Fe. Crear una nueva relación más vital.

Con “agotamiento” se designa tanto a la acción como al efecto del verbo agotar, que proviene etimológicamente del latín “eguttāre” y alude a que algo ya ha perdido su contenido, se ha vaciado.

En esa acepción podríamos encontrar una buena definición del fin del puerperio, ya se ha vaciado el cuerpo de todo signo que remita al hijo, pero hay otro matiz que me sugiere la palabra 'contenido' que se refiere al sentido, a lo que se dice de algo, el contenido de una frase, el contenido de una biografía, el contenido de una vida…y me pregunto si lo que se ha agotado en este momento es el sentido o los distintos sentidos (significados provisionales) que servían antes para comprender, aceptar, vivir la relación con Daibel. Un vacío, una nada, que es el principio de algo nuevo, aun por nacer. Y veo esta ocurrencia como una posibilidad, una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañero de camino, Daibel. Crear una relación más vital, más actual, tomando el símil de la relación con (la) Fe. Qué buena metáfora, ya que la fe, además de aquel constructo mágico y terrorífico de la religión, también podría ser la confianza, la certeza de que detrás siempre hay algo, otra cosa, lo nuevo, que la vida, mientras viva, no se agota, aunque por momentos estemos cansadas y necesitemos una pausa que cuesta mucho lograr.

Espero que mis palabras y este pensar juntas nos siga construyendo y enlazando, entretejiendo y enredando.

¿Te sientes identificada en el análisis que hace Jazmín? ¿Crees que has pasado algún duelo en tu maternidad?

 

 

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