Viernes, 13 Noviembre 2020 06:15

Reencontrase en casa tras perder a un hijo

Hace un año os estaba contando que nos habíamos mudado. Que después de una situación muy complicada porque vivíamos en una casa alquilada de un fondo buitre, decidimos comprarnos una casa y mudarnos a un pueblo más pequeño. Esto era posible porque Daibel ya recibía las terapias en el domicilio y los médicos de paliativos venían a verle desde el hospital.
Al irnos a un pueblo más pequeño y apartado, y con la ayuda de nuestra familia, pudimos comprar la casa de nuestros sueños: con jardín, espacio para huerto, un olivo con un banco debajo, una cocina amplia, un salón acogedor con chimenea, toda la vida en una planta y hasta un cuarto de lavandería, en un pueblo y a las puertas del campo.

Adapatamos la casa para que Daibel pudiese vivir en ella: rampas, mejoras en el baño y demás.

Daibel solo vivió aquí 9 meses. El día que él murió y entré en casa sin él me pregunté: "¿Qué hago aquí?" No sentía que fuera mi casa. Era suya. La habíamos comprado para él. Se llama 'Los Tréboles' porque éramos tres. Llegué a sentir que ni la merecía. ¡Cuánto dolor!

Kike me decía que esta casa era gracias a él, que nos la había regalado. Yo entendía lo que quería decir, pero mi sentimiento era otro. Tenía razón en que si no llega a ser por él, por sus circunstancias, no habríamos comprado esta casa. Nos habríamos apañado con un piso de dos habitaciones en Rivas.

Este sentimiento me invadió muchas semanas. Era demoledor. Pero poco a poco fue bajando la intensidad y hoy os voy a contar cómo.

Antes de contaros qué cosas me ayudaron a sentirme de otra manera voy a a aclarar una aspecto. Creo que una parte de la razón por la que yo no sentía que esta casa era mía es porque, aunque llevábamos 9 meses viviendo en ella, aún no lo había asimilado. Me parecía increíble que nosotros pudiésemos estar viviendo en una casa así. Sentía como que estábamos de casa rural. Me maravillaba estar viviendo en la casa de nuestros sueños. No podía creerlo. Muchas veces, le decía a Kike, "no des por hecho esta casa, es asombroso que podamos vivir en ella".

 

El mapa de agradecimientos

Pasarían meses hasta conseguir encontrarme de otra manera respecto a este tema. El primer paso lo di gracias al taller de arteterapia que hice durante el confinamiento con Itahisa, de Proyecto Amarte, del que te hablé aquí.

Una de sus propuestas era que hiciéramos un mapa de agradecimientos. Pensé en qué era por lo que yo me sentía más agradecida y era mi casa. Tenía sentimientos encontrados con ella, porque, como comentaba, sentía que no la merecía porque era suya, no mía. Pero la gratitud que sentía era enorme.

Así que mi mapa de agradecimientos se convirtió en una casa. Es la imagen de portada de este blog. La puerta nos la abre Daibel, ya que este hogar no era posible sin él. Hay un salón acogedor con chimenea, una cocina en la que preparo comida rica y saludable, un cuarto para invitados, un lugar en el que escribo, pinto, coso y bailo, un espacio para Kike y para mí y un jardín lleno de plantas, flores y árboles.

En mitad del confinamiento, poner en valor todo esto era lo justo.

Con este ejercicio di el primer paso para sanar mi relación con esta casa.

 

Las acuarelas de mi madre

Tras la muerte de Daibel, cuando le dije a mi madre que sentía que esta casa no era mía y que no la merecía, ella se abrumó mucho. Vio claramente el dolor que me producía ese sentimiento y trató de ayudarme a reducirlo.

Ella sabía que lo que me dijera no serviría. Otras personas y ella misma ya habían intentado hablar conmigo para que, desde la razón, yo cambiara de pensamiento. Me encantaría que hubiese sido tan fácil. Pero, como con casi todo lo que me pasa desde enero, esto no podía cambiar sólo con pensar en positivo. Necesitaba sentirlo y lo simbólico me ayudaría.

Mi madre y yo comenzamos a hacer un ejercicio creativo juntas. Por cada texto que yo escribía del reto #escapril, ella realizaba una acuarela. Ya os puse un ejemplo la semana pasada.
Los textos son muy intensos, hay mucho dolor. Las acuarelas de mi madre son la representación gráfica del abrazo de una madre a una hija que lo está pasando mal. Sus creaciones se llenaron de casas. Ella quería hacerme ver que sí merecía esta casa, que era nuestro hogar, que era gracias a él, que era parte de mi.

Lo consiguió. Gracias a esas acuerelas di un paso más para encontrarme mejor en mi casa.

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Yo creo que la obra que veis aquí arriba es la que más me ayudó. Podéis ir a su perfil de Instagram a ver más. 

 

Daibel me regala un espacio

Hubo un día que me invadió una sensación difícil de explicar. Nunca he sido creyente de nada relacionado con la religión, lo místico o los espíritus, pero aquel día sentí algo muy raro, pero muy palpable.

Tenemos una entrada que es como una terraza cerrada. Cuando Diabel estaba, apenas usábamos. Estaba para dejar los abrigos al entrar, almacenar leña, la silla de Daibel... También tenía y tiene, una buena cantidad de plantas. Pero ahí estaban. Las cuidábamos, nos daban la bienvenida al llegar a casa, pero como pasábamos poco tiempo en ese espacio, las veíamos poco. 

Me pasé toda la primavera en este espacio cosiendo, dibujando, bailando, escribiendo... Tiene ventanas en tres de sus cuatro costados, así que es un espacio muy luminoso que se presta a realizar estas actividades creativas.

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Aquel día del que os hablo, de pronto, sentí de una manera inexplicable, que Daibel me hacía llegar un mensaje: "Este espacio es mi regalo para ti, mamá". Me eché a llorar y decidí creérmelo. Mi hijo no hablaba y seguramente no sabía que ese espacio existía. Racionalmente, no tiene ningún sentido lo que estoy escribiendo. Pero lo sentí de forma muy clara y, como te decía, DECIDÍ CREÉRMELO. 

Desde entonces, estoy haciendo mío ese espacio. Tengo a mano mis materiales creativos y de danza, le he puesto un radiador para poder estar en invierno y estoy a la caza de una alfombra porque el suelo está frío. 

 

Tabajar para mejorar la casa

Algo que me ayudó mucho a sentir que mi casa es el lugar en el que debo estar, que es mía, fue trabajar en ella.

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Antes del verano reparamos la piscina y no llamamos a una empresa para hacerlo. Lo hicimos nosotros. Descubrí que la albañilería me gusta. El resultado no quedó profesional, pero sí muy digno.
Esto me hizo estar en contacto con mi hogar de una manera más profunda. Cuidarlo, mantenerlo, dándole la importancia que se merece.

Esto me ayudó a volver a poner en valor esta casa, que es una maravilla, nos acoge y nos da una cantidad de posibilidades tremendas. Somos privilegiados. Esto ya lo sabía, pero, al parecer, necesitaba recordarlo trabajando, haciéndolo muy físico, sintiéndolo en el cuerpo.

 

Recibir visitas

Cuando se levanto el estado de alarma y pudimos recibir visitas volví a valorar el gran regalo que era esta casa. Después de tantas semanas de encierro, tener un espacio amplio en el que recibir a nuestros seres queridos, que habían pasado el confinamiento en pisos, fue todo un lujo. 

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Además, a mí me costaba, y me sigue costando, estar fuera de casa después de tanto tiempo confinados. En mi caso no fueron tres meses. Fueron años por la situación de Daibel. Tener este refugio es un regalo. Es una señal más de que esta casa nos pertenecía y tenía sentido.
 
Cada vez estaba más cerca de la idea de que Daible nos la había regalado, que era gracias a él, tal y como su padre tuvo claro desde el primer momento.

 

Volver a casa tras las vacaciones

Hay un último hito que terminó por aclararme que éste era mi hogar: la vuelta de las vacaciones de verano.

A principios de marzo viajamos, a Cantabria, una escapada que me sentó de maravilla y de la que os quiero hablar en detalle en otro momento porque aceleró un proceso muy importante para que yo me encontrase de otra manera. Cuando volvimos de aquel viaje lo hice con tristeza. Por primera vez en semanas pude disfrutar mucho de cosas que me encantan. A la vuelta, tenía la sensación de que regresaba a una vida en inercia que no me pertenecía.

En parte, me equivocaba, porque la cosa se complicó con la pandemia y nosotros nos autoconfinamos desde el mismo día que llegamos, 8 de marzo. Y ya he contado que el confinamiento nos vino muy bien.

En verano volvimos a viajar a Cantabria. Me volvía con la misma sensación. Después de dos semanas con mis personas favoritas y en contacto constante con la naturaleza, el regreso me entristecía. Recuerdo que, cuando me despedía de mi amiga, le pregunté entre lágrimas: "¿Y qué hago yo allí?"

Hice el camino de vuelta llorando todo el tiempo que no conducía. Era como si hubiese puesto mi vida en stand by durante dos semanas y recuperarla me ponía de frente todo el dolor de su ausencia y que esta casa me lo hace tan visible. 

Pero, al llegar a casa creo que debió iluminárseme la cara. Al entrar por la puerta y ver mi salón despejado me sentí en casa. Me sentí de lo más confortable.

La casa en la que habíamos estado era preciosa, pero con demasiadas cosas y estímulos para mí. Vigas de madera vistas, partes de la pared de piedra, muchos objetos (útiles y decorativos) y muebles... Para mí, era incómoda porque siempre había que esquivar o apartar algo. Y la cocina, que es mi elemento, ya digo, muy bonita, pero muy mal diseñada, lo que requería un gasto de energía extra cada vez que me ponía a cocinar.

Cuando entré en mi casa, que, por primera vez en mi vida, había dejado recogida antes de un viaje, y la vi despejada, con pocos muebles y decoración, con espacio... Me salió un suspiro. Me sentí en casa y, ahora ya de verdad, era gracias a él.

Publicado en Salud emocional