Los procesos terapéuticos a través del arte y la creatividad me han acompañado desde que me quedé embarazada de Daibel. Os he hablado bastante de ello en estos años. Unos ejemplos: este post sobre cómo crear mandalas o éste de manualidades para tiempos de crisis.

Hoy quiero contaros el proceso de arteterapia más potente que he realizado. Lo es por dos razones: porque fue tras la pérdida reciente de mi hijo y porque lo he hecho con el acompañamiento de una profesional, Itahisa Mateo, de Proyecto Amarte.

Durante el confinamiento, desde la Asociación Cultural Convive, estrechamente relacionada con el Colegio Siglo XXI de Moratalaz, se nos dio la oportunidad de participar en un taller de arteterapia gratuito. Una amiga me pasó la información y desde el primer momento me atrajo la idea. Dediqué un tiempo a pensar si era algo que me encajaba en ese momento. Estábamos en abril. No paraban de surgir propuestas de entretenimiento, ejercicio, videollamadas… Había mucha sobrecarga ya y yo quería pensármelo bien. Además, ¿estaba dispuesta a atravesar el dolor que seguramente el taller me traería? La respuesta fue claramente un sí. Finalmente decidí apuntarme. Había sólo 20 plazas y me correspondió una. Me hizo tanta ilusión que lo viví como si me hubiesen dado una beca que deseaba mucho. 

 

Cómo fue el taller

En el blog del colegio contamos cómo se desarrolló el taller a grandes rasgos. Duró 5 semanas y, cada una de ellas, Itaisha nos propuso tres tipos de ejercicios: dibujo de formas, elaborar una fase de metarmososis con un elemento de nuestra elección (yo elegí la Luna) y una actividad creativa.

No fui capaz de realizar las propuestas de dibujo de formas. No era mi momento y, a la vez siento que es lo que más necesito. El dibujo de formas me puso de frente mi autoexigencia, mi impaciencia. No me relajaba nada, todo lo contrario, por lo que me provocaba mucho rechazo. Era incapaz de fluir con las formas. Estaba verdaderamente atascada. Deseo poder retomar estos ejercicios, aparentemente sencillos, pero que tanto me removieron.

Las actividades creativas, pensadas para que nos soltásemos y nos dejásemos llevar, me resultaron muy interesantes. De nuevo me las llevé a un terreno más intenso. Desde que Daibel murió conecto mucho con él a través de las cosas que creo y estos ejercicios me llevaron por ese camino. Así que eso de soltarse y divertirse, no fue del todo conmigo. Pero sí hice grandes descubrimientos que, aunque reflexivos e incluso dolorosos, me aportaron mucha claridad. En las próximas semanas, en redes sociales os mostraré alguno de esos trabajos.

 

La metamorfosis

Hoy de lo que quiero hablaros en profundidad es del ejercicio que más disfruté, en el que más empeño puse y el que más aprendizaje me trajo: la metarmosfosis. 

La propuesta era que escogieramos un elemento del cual pudiéramos representar cuatro fases. Podía ser una planta, una mariposa, una libélula, las estaciones… Yo me decidí por la Luna. En un primer momento, cualquiera que me conociera, habría pensado que yo escogería una planta. Fue mi idea inicial. Pero pensándolo un poco, la Luna me atrajo mucho más y me alegro mucho de haberme decidido por ella.

Dejando al menos una semana entre la elaboración de una fase y otra, fui  haciendo mis lunas. Después, escribía las palabras que me habían atravesado la mente mientras creaba. Además, Itahisa me acompañaba en mis reflexiones después de cada fase, ayudándome a poner palabras y sentido a lo que había creado.

 

Luna nueva

luna 1   luna 2

Empecé con la Luna nueva. Me pareció que debía empezar desde la nada, desde el vacío. Conectando con ese inmenso dolor que provocaba que mi hijo no estuviera conmigo. Realicé una composición con cera negra y recortes de papel. Creo que se ve claramente la rabia y la oscuridad que representa. El trazo marcado, caótico y poco definido de la cera no deja lugar a dudas.

Pero hay luz. Hay estrellas amarillas. Y no son pocas. Para mí, representan un nuevo comienzo con oportunidades a transitar. 

 

Luna creciente

luna 3   luna 4

La Luna creciente es un collage que hice sobre cartulina negra. Esto me permitía que las figuras tuvieran formas más definidas, rebajando la angustia que transmitía la primera composición.

Sigue habiendo mucha oscuridad, incertidumbre, a mi parecer, pero también muchas estrellas, esta vez agrupadas. Hay más orden.

 

Luna llena

luna 5   luna 6

La potencia de esta fase es brutal para mí. La Luna llena requería un cambio total de escenario. Le pregunté a Itahisa si estaba bien que cambiara totalmente de técnica y materiales. Ella me preguntó por qué quería hacerlo. Esta fase me pedía un cambio, una apertura, así que ambas pensamos que utilizar otro material era de lo más conveniente

Salió esta joya de la que se ha enamorado cada persona que la ha visto. Se trata de un mantel individual en el que he cosido fieltro y lana cardada haciendo una composición que rompe totalmente con lo creado hasta ese momento.

El mantel era de Daibel. Lo usábamos para dejar encima sus cosas (jeringas, sistemas de alimentación, gasas, sueros…) para que no se ensuciaran las superficies en las que lo depositábamos. Estos manteles están destrozados de todos los lavados que llevan, pero fui incapaz de tirarlos. A la vez, no me gusta quedarme con cosas suyas a las que no les vaya a dar uso. Así que me pareció el lienzo perfecto para esta creación.

Me salió un árbol, que para mí representa la familia, y una casa. Nuestra casa. Desde este momento, la casa como símbolo cobraría gran importancia en todo mi proceso de duelo. Pronto os contaré más sobre esto.

Dentro de que la composición sigue siendo oscura porque es un paisaje nocturno, es la que más luz tiene, ya que la luna está llena, sigue habiendo muchas estrellas y sale luz amarilla del interior de la casa. Este texto que publiqué en el blog hace casi un año explica por qué. 

 

Luna menguante

luna 7   luna 8

Cerré el proceso con la luna menguante. Qué apropiado. Recogerse cuando hay temporal es la mejor de las ideas. Tuve que pasar por todas las fases para darme cuenta de que ésta es la que más me representa ahora.

Vuelve a ser un collage, con una foto nuestra sobre acuarela, una técnica que no domino en absoluto, pero que me pareció idónea para representar la falta de control sobre todas las cosas. 

La foto no es cualquiera, claro. Es de la primera vez que fuimos al mar tras su fallecimiento. Aquel día estaba en todas partes: en cada grano de arena, en cada gota con sal, en nuestros abrazos, en nuestras lágrimas… 

Esa potente luz amarilla es suya. Nos guiará siempre y espero que ese camino lo hagamos siempre los dos juntos. Él nos ha enseñado cuáles son nuestras proridades y, cuando dudo, vuelvo a él y tengo la respuesta. 

 

Más arteterapia

Tras escribir este post me di cuenta de que me sentía estancada. Los ciclos de la luna son eso, ciclos, y como tales, nunca cesan. Siento que me quedé en la Luna menguante. Compartí mi reflexión y el texto con Itahisa. Ella me propuso retomar el trabajo de artetarapia para indagar de dónde viene ese bloqueo y tratar de deshacerlo. En ello estamos.

Yo tengo una idea de por donde vienen los tiros y es por la falta de aceptación de algunas cosas. No de la muerte de mi hijo en sí misma, pero sí de cuál es mi lugar en el mundo sin él. Llevo enfrascada en este tipo de pensamientos desde enero y estoy harta de mi propio discurso. De ello te hablaba hace unas semanas en redes sociales con esta imagen cuya creación fue también acompañada por Itahisa. Os dejo un extracto del texto que publiqué.

 labernto de espino

“(...)En la puerta de mi casa hay un laberinto de espino que no consigo cruzar. Lo intento muchas veces, pero el mundo de ahí fuera me parece de lo más hostil. Y no es solo una cuestión pandémica. Cada vez que salgo, me pego un buen arañazo, me encojo y vuelvo a casa para sentirme protegida.

Lo sigo intentando, porque ¿veis que hay luz? Al otro lado del laberinto hay luz. Y me llama. Cuando me recupero del arañazo, me siento con suficiente energía como para volver a cruzarlo. Me visto, miro si hace buen tiempo, pongo mis condiciones para salir, lo intento de nuevo y me vuelvo a herir. Otra vez para casa.

Ese es el resumen. El mundo va a una velocidad que yo no puedo asumir. No llego a subirme al tren. Necesito más tiempo, pero tengo poca paciencia. (...)

 

Gracias, Itahisa, por apoyarme en este viaje. Como tú bien nos dijiste, este proceso requiere que una profesional lo acompañe. Así que si alguien al otro lado de la pantalla cree que necesita un acompañamiento como éste, que no dude en ponerse en contacto contigo

Publicado en Salud emocional

Tengo tantas cosas que quiero contar sobre cómo me he sentido estos meses que no sabía ni por donde empezar. Me ha costado mucho decidir qué tema tratar primero. Tenía pensada una serie sobre la humanización de la atención hospitalaria, pero no me ha parecido buena idea por la que se les viene otra vez encima a los profesionales sanitarios. No quiero que parezca que no valoro lo que hacen.

Así que he decidido empezar con un temazo: la culpa. Tan femenina, tan materna, tan dolorosa...

Durante mi maternidad sentí mucha culpa. Mucha. Como era consciente, trabajaba para reducirla y, poco a poco, su intensidad fue bajando. En el blog hay un post con mis reflexiones sobre ello hace más o menos dos años, cuando la intensidad había bajado bastante. No sabía yo que al morir mi hijo la culpa sería más intensa y dolorosa que nunca.

En este post os voy a contar cómo ha sido mi proceso de sanar o reducir la culpa. Me parece un camino fascinante que ha estado marcado por la vivencia y no por la racionalidad.

Si eres una madre que siente culpa, te invito a quedarte por si te ayudan mis reflexiones.

Soy una impostora

Los días previos y posteriores a que Daibel muriera todo el mundo nos decía que habíamos sido los mejores padres del mundo. Que él había tenido mucha suerte. Que habíamos hecho más de lo que era posible. Que nos admiraban. Esto nos lo decían con la intención de reconfortarnos. La respuesta que salía de Kike era "yo he he hecho lo que tenía que hacer". De mí salía silencio, pero en mi mente había ruido, mucho ruido. En mi mente había todo un discurso: "Te he engañado. He hecho un pelón y he conseguido que creas que he hecho un montón de cosas por mi hijo. Pero no es verdad. Soy una impostora. Os he engañado a todos. Yo no he hecho suficiente."

Suficiente... Nada de lo que yo había hecho me parecía suficiente. Yo entendía lo que la gente me quería decir, pero no lo sentía.

Sabía que este tema me tocaría trabajarlo con la psicóloga. Un día, escribiendo sobre esto, di el primer paso. La última línea decía "6 años no son suficientes". Tras escribir eso, sentí que un gran peso en forma de responsabilidad salía de mi cuerpo. No estaba en mi mano decidir cuánto tiempo pasaríamos juntos. Eso no era mis responsabilidad.

Éste fue el primer paso.

 

Gestión del tiempo

Habían pasado unas dos semanas desde que Daibel había muerto y era el primer día en el que yo haría "vida normal". Pasaría la mañana sola por primera vez y sentía que necesitaba recuperar mi rutina. A las 12 del medio día ya había terminado. Me petó la cabeza. Lo que antes tardaba seis horas en hacer, ahora me llevaba tres.

Me senté en el sofá y me invadió una desesperación abrumadorar y una gran pregunta: ¿QUÉ NARICES HAGO CON EL RESTO DEL DÍA? El resto de la mañana, mi cerebro fue un hervidero, y yo, un mar de lágrimas.

Me di cuenta de que yo dedicaba a Daibel mucho más tiempo del que pensaba. Por las mañanas, él solía dormir hasta muy tarde, por lo que yo aprovechaba para hacer cosas de las casa o con el ordenador.

Sabía que era la primera en levantarme y la última en desayunar porque primero me ocupaba de toda su rutina de mañana (alimentación, medicación, higiene...). Sabía que nunca desayunaba del tirón porque siempre tenía que levantarme a mitad de desayuno dado que una máquina pitaba o el niño tosía y necesitaba ayuda. Sabía que, mientras trabajaba en el ordenador, tenía  muchas interrupciones por las mismas razones: máquinas que pitaban, ruidos de Daibel que había que supervisar, llamadas de sus médicos, terapeutas que venían a verle... Sabía que a las 12 debía parar para volver a hacer la rutina de higiene, alimentación y medicación y que al rato volvería a pitar otra máquina.

Todas esas interrupciones suponían un gasto doble de tiempo: el de la interrupción en sí misma y el que le lleva a una comprender por dónde lo había dejado y volver a concentrarse para realizar esa tarea que se había quedado a medias.

Esas acciones que yo hacía por mi hijo no me parecían suficientes porque no eran jugar con él, hacer los "deberes" que nos ponían los terapeutas para que "mejorara", abrazarle... Eran acciones rutinarias realizadas en piloto automático.

Aquel día entendí que toda esa atención eran cuidados. Era amor. Aunque a veces me molestara levantarme mil veces y no consiguiera terminar la tarea. Era amor. Decidí ser honesta conmigo misma y reconocer que casi todas esas veces, además de atender a la máquina, él se llevaba una caricia o un beso.  La barrita de la culpa bajó un poco más. 
Madres del mundo, por favor, parad a pensar en esto un momento. ¿Llegáis a la misma conclusión?

 

Donaciones

Estamos donando las cosas de Daibel. Qué hacer con las cosas de tu hijo fallecido es todo un temazo que ya abordaré en profundidad en otro momento. Está siendo un proceso difícil por muchas razones y la pandemia no está ayudando nada.

El caso es que, antes de que el mundo se volviera del revés, me dediqué a hacer fotos a sus cosas, sobre todo a su juguetes y material de estimulación,  para ofrecérselas a familias que pensaba que las podrían aprovechar. 

Fue una experiencia brutal. Verlo todo junto me hizo darme cuenta de que no eran cosas corrientes. No eran juguetes normales. Estaban pensadísimos para que tuvieran sentido para él. Además, muchos de esos materiales los había fabricado yo porque había ciertas cosas que no podía encontrar en las tiendas. En el blog hay varios post sobre cómo fabricaba sus juguetes.

Que él tuviera esas cosas (a las que, por cierto, no hacía ni caso), era un reflejo muy nítido de nuestra dedicación hacia él. De nuestro amor. Que no fuesen cosas corrientes, que fuesen especiales, me hacía verlo más aún

Esto se tradujo en una nueva reducción de la culpa.

 

No hacía lo que debía

Habrían pasado ya un par de meses. Y un día me volvió a petar la cabeza. Escuchando un podcast de Lucía Terol, en el que decía algo que había dicho mil veces, de pronto, lo integré con más consciencia y entendí algo que me hizo polvo.

Ella hablaba de que, a veces, hacemos cosas sin prestar atención al momento presente porque estamos pensando en lo que toca hacer después o en que deberíamos estar estar haciendo otra cosa. Este mensaje lo había escuchado mil veces y me había posicionado muy de acuerdo con ello. Pero eso a mí ya no me pasaba. Yo había conseguido conectar con las actividades que realizaba y disfrutar de las pequeñas cosas. ¡JA! Menuda mentira.

Ese día me di cuenta de que en todo momento en que yo no estuviera atendiendo a Daibel, tenía la sensación de no estar haciendo lo que debía. EN TODO MOMENTO. Esto va desde salir a tomar algo con amigas, hacer una manualidad, ir a trabajar, ducharme, hacer la comida e, incluso, dormir. SÍ, DORMIR.

Cuando dormía y escuchaba un ruido sospechoso de Daibel o pitaba una máquina, abría los ojos para ver qué pasaba. A veces me pillaba dándole la espalda, por lo que debía darme la vuelta para comprobar la situación. A veces, el ruido desaparecía o el sueño me podía y no llegaba a darme la vuelta. Al rato, cuando me daba cuenta de que no había hecho nada, llegaba el discurso condenatorio: "Ya te vale, no te diste la vuelta. Le dejaste ahí sin comprobar si estaba bien. Un día te vas a llevar el susto de tu vida y lo lamentarás". 

Jamás he estado fuera de casa sin él a gusto. Siempre tenía prisa por volver. Siempre tenía la sensación de que me estaba alargando más de la cuenta.

Darme cuenta de esto fue demoledor. Lo primero, porque me pareció superinjusto, para mí y para él. Además, me di cuenta de que era de lo más evidente. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Este descubrimiento hizo que bajara la culpa porque era un indicador más de que le atendía más de lo que yo pensaba. Pero apareció el arrepentimiento, que no es más que culpa en otro formato, creo yo. Pero el caso es que lo que sentía era distinto. Me arrepentía de haber funcionado así; de haberme relacionado con él desde esa energía, señalándole como ladrón de tiempo o atención; de no haberme dado cuenta antes para haberle pedido perdón y ponerle remedio.

Me di cuenta de esto un día después de haberme dedicado una mañana entera a mí misma. Sin interrupciones, con plena consciencia y disfrute.

Supe que este tema requería trabajarlo con la psicóloga. Llegué a la conclusión de que aquello era inevitable. Que la calma que me había llevado a comprender esto, antes no existía y que seguramente no estaba en mi mano crearla.

Documentos gráficos

Hace ya dos años, una doctora conoció a Daibel en medio de un proceso respiratorio severo. No sabía cómo era él en situación basal y nos pidió que le enseñásemos algún vídeo en el que estuviera bien. En mi móvil no había de eso. Había vídeos de crisis epilépticas y de comportamientos extraños. En aquel momento me sentí mal.

Miramos en el móvil de Kike y allí sí estaban los vídeos que la doctora necesitaba. Vídeos muy graciosos de padre e hijo juntos jugando y dándose mucho cariño. En aquel momento me sentí aún peor.

Cuando le enseñamos los vídeos a la doctora apareció uno, el mejor de todos, en el que él estaba feliz, supergracioso, jugando conmigo. Lucía, la pediatra, me dijo, "¿Ves? en tu móvil están los vídeos de las crisis porque le cuidas y los necesitamos. Pero en el de Kike estáis disfrutando juntos porque es él el que os graba. Os compenetráis bien". Tenía razón.

Desde que Daibel murió, no me pierdo ninguna de las recomendaciones de Google Photos de "Redescubre este día". Me gusta verle. La mayoría de las fotos que tengo en mi móvil de él son de sus mejores momentos. Me encanta ver esas imágenes. Pero también aparecen esos vídeos de momentos de crisis que los médicos nos pedían que grabásemos para entender bien la situación.

Este verano me topé con uno de eso vídeos que, lejos de hacerme revivir aquella mala experiencia, me reconfortó. Aquel día, no le miré a él sufriendo. Me miré a mí. Era un vídeo en el que Daibel se encontraba muy mal porque una nueva medicación que tomaba le sentaba fatal. Durante meses, después de tomarla, el niño se tiraba más de una hora intentando dormirse quejándose, no sabemos muy bien de qué. Los médicos no entendían bien lo que pasaba y no podíamos hacer nada.

Así que ahí estaba yo, abrazando a mi hijo, sosteniéndole, intentando reconfortarle sin conseguirlo. Aquel era un vídeo de unos pocos minutos de una noche en concreto. Pero eso pasaba todas las noches durante más de una hora. Y todas las noches durante más de una hora, yo le abrazaba y le sostenía, sin conseguir aliviarle, porque era lo único que podía hacer. Me miré en el vídeo y sólo vi amor. Una dedicación en exclusiva e incondicional.

Por primera vez, me miré con los ojos con los que me miráis los demás y os entendí. Resultado: menos culpa.

 

Sin arrepentimineto

Hace muy poco la barra de la culpa volvió a bajar y lo hizo de la manera más inesperada. Con un post de Ana Obregón. No sé cómo, apareció en mi teléfono. Ella también ha perdido a su hijo en los últimos meses. Hace poco publicó una reflexión que él había dejado en el borrador de su perfil de Instagram. Él ya sabía que iba a morir y hablaba de cuánto se arrepentía de no haber dedicado el tiempo suficiente a las cosas que de verdad son importantes. Sobre todo, hablaba de no pasar el tiempo suficiente con las personas a las que quería.

En ese momento, sentí todo lo contrario: yo había pasado con Daibel el máximo de tiempo posible. Le exprimí todo lo que pude. Le pregunté a su padre si sentía lo mismo. Me alivió que su respuesta fuera un sí rotundo.

Entonces, reflexioné sobre algunas de nuestras decisiones polémicas: no escolarizarle, sacarle del centro de Atención Temprana, suspender encuentros con amigos sólo por la sospecha de que algo no iba bien (después siempre pasaba algo), no juntarle con niños en temporada escolar, aislarnos en determinadas circunstancias para evitar contagios... Cosas que ahora se entienden mejor porque nos hemos visto obligados a hacerlas tod@s. Pero también hubo muchos momentos en los que decidí prescindir de ciertos planes simplemente por estar con él, porque sentía que lo necesitábamos alguno de los dos o también su padre.

Estas decisiones consiguieron dos cosas. En primer lugar, alargar su vida. No tengo ninguna duda al respecto. En segundo, que pasáramos más tiempo juntos, acompañándonos. A lo mejor no era tiempo haciendo cosas "fructíferas": no se llevó más horas de juego, estimulación o masajes, por ejemplo. Pero ambos nos llevamos más tiempo acompañados, más tiempo juntos. Simplemente eso. Ahora lo veo como un regalo y la culpa ha bajado un gran escalón.


Hasta aquí la evolución de mi culpa en estos meses. No ha desaparecido del todo, pero su reducción es innegable. Ha sido todo un viaje, que como dije al principio, ha tenido más que ver con lo vivencial que con la lógica. He necesitado sentir las cosas para integrarlas. Que la gente, desde fuera, me dijera que toda esa culpa no tenía sentido, no me servía. Necesitaba sentirlo. Dejar todo esto por escrito y verlo junto también está siendo todo un baño de realidad.

Ojalá mi experiencia le sirva a alguien para reflexionar sobre su propio proceso y comenzar a sanarlo.

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Miércoles, 26 Julio 2017 09:24

10 cosas que adoraba de mi abuela

Mi abuela Aurora falleció hace un año. Se trata la primera muerte que he tenido que afrontar de verdad. Cuando era niña fallecieron mi bisabuela y Jose, pero eso… era niña y no fui consciente del duelo que suponía, aunque entiendo que lo debí pasar igualmente.

Hoy me hago este regalo; me permito escribir sobre mi abuela porque en este año apenas he hablado de ella y no he dejado que pasara mucho tiempo por mi cabeza. Ha sido así porque cada vez que se viene a mis pensamientos siento mucho dolor. Su muerte sucedió en un ambiente enrarecido por problemas familiares y, además, sufrió mucho. No se lo merecía. No nos lo merecíamos. En este año, acordarme de ella ha supuesto acordarme de su feo final y me ha resultado muy doloroso. Tampoco he podido ir a su casa, no me encuentro con fuerzas. Por eso me regalo esta lista. Es para mí, para ella y para todo los que la quisimos. Quiero recordarla por lo que fue, por lo que hizo, por lo que me enseñó y no sólo por su turbio final.

Aquí van las 10 cosas que adoraba de mi abuela:

1. Podía hablar con ella de todo

Teníamos una gran complicidad. Yo le contaba mis cosas, mis preocupaciones y ella me aconsejaba. Pero también al revés. Hemos hablado mucho sobre cómo se sentía ella ante ciertas situaciones, conflictos, su enfermedad.

2. Su forma de hablar

Si hay algo que me gusta mucho son los refranes, los dichos populares y las frases hechas con doble sentdo o que tiene su origen en alguna costumbre social o cultural. Mi abuela usaba todo esto a menudo y, encima, me sabía explicar por qué se decía así, que es lo que más me fascina.

Ahora mismo el recuerdo que me viene a la cabeza con más viveza es de una frase un tanto malsonante que no es un refán ni nada de eso. Tendría unos 6-8 años, estando jugando en su casa con un cepillo, en un giro, casi tiro unas copas que había encima de un mueble. A ella, de forma espontánea, le salió un grito: "¡Ay, le ha faltado el coño una hormiga!". No os podéis imaginar el ataque de risa que me dio. Recuero llorar y que me doliera la tripa de tanto reirme. Por supuesto, esa frase pasó, inmediatamente a mi archivo y la uso cada vez que tengo ocasión.

3. Sus manos

A ella le perecería mentira. Decía que eran todo pellejo. Al final era verdad y también tenían manchas de la edad, pero para mí eran preciosas. Las tenía siempre muy cuidadas, suaves y calientes. Me encantaba cogerle de la mano y ver cómo cogía la de mi abuelo.

4. Sus albóndigas y su sopa de marisco

El plato estrella de mi abuela era la ensaladilla rusa, pero nunca he sido muy fan. Yo prefiero sus albóndigas (sé que mi primo estará de acuerdo) y su sopa rápida de marisco. Una de las mejores ideas que he tenido en la vida es pedirle esas recetas cuando me independicé. No las he hecho mucho en el último año porque me invadía la tristeza, pero eso tiene que cambiar. Es curioso, ambas llevan pastilla de caldo y quienes me conocen un poco saben que no es de mis ingredientes favoritos. Pero yo se lo pongo. No cambio nada de sus recetas.

5. Se despedía siempre diciendo ‘que lo paséis bien’

No decía adiós, ni hasta luego, sino que te deseaba algo bueno. Además, aunque estuviese muy malita, te seguía hasta el ascensor y te despedía allí, aprovechando hasta el último segundo para mirarte y hablar contigo.

6. Su coquetería

No se me ha pegado nada, pero ella iba siempre impoluta. Cuidaba mucho su ropa y su aspecto. Se dedicaba tiempo para verse bien.

7. Era muy detallista

A ella siempre le gustó agradar y tenía muchos detalles y siempre daba en el clavo. Tenía buen ojo para saber qué le gustaba a los demás. Ahora se me viene a la cabeza el primer regalo que le hizo a Daibel nada más nacer. Un marco de fotos y un chupetero preciosos, elegidos con mucho gusto. Nos son típicos, no son cualquiera que puedas encontrar por ahí, tienen su esencia.

8. Sus dotes de mando

Bueno, esto no me gustaba siempre… Ni a mí, ni a los que le rodeábamos. Era muy mandona, muy matriarca. Nos traía locos casi siempre por ello, pero quiero ver su parte buena. Fue una mujer fuerte que nunca se dejó pisotear por nadie. Tenía las ideas claras y no se hacía pequeña ante nadie.

9. Estaba muy orgullosa de mí

Fue siempre una inyección de autoestima para mí. Se alegraba hasta el infinito de mis logros y me alentaba muchísimo cuando le contaba mis planes. Sé que el nacimiento de Daibel fue para ella como un fracaso. Por primera vez en mi vida algo no me salía tan bien como ella quería. Es de las pocas personas que se atrevía a decirlo. En definitiva, ella sabía que con él en mi vida sufro mucho y desearía que no fuera así. Yo no conseguí hacerle ver que Daibel también me hace feliz.

10. Su historia

Hemos pasado muchas horas hablando de cuando era niña y joven. Muchas de nuestras conversaciones tienen que ver con cómo crió a sus cuatro hijos. Me encantaba escucharla. Además, mi abuelo es un gran fotógrafo, por lo que hay documento gráfico de cada cosa. Muy a menudo salían fotos antiguas de los cajones y comentábamos sobre ellas. Eso es oro puro.

Gracias, abuela, por haberme hecho posible y por acompañarme en mi vida. Siento haber estado tan alejada este año. Es mi proceso, lo hago lo mejor que puedo. Siento que con esta lista doy  un paso más para recordarte como te mereces.

Te querré siempre

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“La culpa viene con el pack de madre”. Es una frase que he dicho muchas veces. No conozco a ninguna madre que no se haya sentido culpable alguna vez. Pero hoy quiero reflexionar sobre esto porque, aunque parece que la culpa es algo inherente a nosotras, también parece que no es algo útil. Yo hoy os propongo hacer que sirva para algo, desprendiéndonos de la culpa innecesaria y quedándonos con la parte que nos hace mejorar, si es que eso es posible.

Mi culpa

Yo experimenté la culpa materna nada más nacer Daibel, cuando nos separaron. No me sentí culpable porque nos separaran, sino por sentirme aliviada por ello. Hay una explicación fisiológica para que me pasara eso, pero no me voy a detener en ella; en primer lugar, porque tendría que explicar cómo fue mi parto y todavía no puedo; en segundo, porque este post va de otra cosa. Al menos diré, que era normal sentir alivio en aquella situación porque me habían robado el parto y mis hormonas estaban bloqueadas y no estaban haciendo su función.

Durante el ingreso en neonatos me sentí culpable en muchas ocasiones, en relación con la lactancia, con las separaciones nocturnas o simplemente por marcharme al baño o a comer. Esa culpa tampoco era mía, pero lo de que las maternidades no son de verdad también es otro tema.

El momento álgido de la culpa en mi relación con Daibel viene con sus diagnósticos: el resultado devastador de su resonancia cerebral, el diagnóstico genético, los resultados de analíticas de inmunoglobulinas, de alergias, radiografías, ecografías… Es lo que Bei, de Tigriteando, llama culpa genética en muchos de sus textos. Con el primero de estos diagnósticos me vino una pregunta a la cabeza: “¿Qué he hecho?”. Pero no del tipo “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, sino “¿Qué narices he creado? ¿Qué barbaridad le he hecho yo a este niño?”. Y voy a cambiar de párrafo…

En estos casi 4 años he vuelto a sentir culpa en numerosas ocasiones. Esa culpa genérica de las madres cuando nos marchamos a hacer otras cosas, cuando pasamos más rato de lo aconsejable mirando el móvil, cuando le escuchamos llorar y no le podemos coger porque entonces se nos quema la comida…

Por último, me gustaría comentar la culpa que siento con la epilepsia. En dos ocasiones, en estos 4 años, he olvidado darle la medicación para la epilepsia. A las 4 horas Daibel convulsionaba. Ya me diréis si es evitable sentir culpa en esta situación… Cada vez que tiene una crisis pongo en marcha mi memoria para analiza qué hemos hecho ese día, qué le he dado de comer, con qué le he estimulado, cuánto tiempo ha estado en no sé qué postura…

La culpa innecesaria

La culpa nos hace sentir mal y tendemos a querer desterrarla, aunque nos resulta muy difícil conseguirlo o, incluso, imposible. Cuando salió el libro de Mamamorfosis yo andaba dándole vueltas a esto. Lo primero que hice cuando Aguamarina lo publicó fue irme a buscar el capítulo de la culpa para ver si me daba respuestas. Entre otros, está este texto publicado por Aguamarina también en De mi casa al mundo. En él se dice que la culpa no sirve para nada. Sentí que estaba muy de acuerdo, pero, a la vez, se me quedaba corto. Este ‘mal endémico’ de las madres no viene de la nada. Todas sabemos que tiene que ver con la educación que hemos recibido y la cultura en la que vivimos.

Entonces, os animo a que nos desprendamos de la culpa genérica. Esa que tiene que ver con ser súper mujeres, con ser perfectas, con la autoexigencia.

Hace unas semanas me planté. Coincidiendo con las reflexiones que me llevaron a este artículo, decidí que iba a dejar de ser una madre sufridora, (término que le cojo prestado a mi amiga Sara). La madre sufridora es aquella que deja de cenar la sopa calentita que tanto le gusta cenar en invierno para que el hijo tenga un puré que también le gusta mucho al día siguiente. Decidí que iba a volver a cenar sopa en invierno, que iba a hacer planes con amigas para poder despejarme, que iba a sacar tiempo para estudiar o coser… En definitva, que iba a dejar de sentirme culpable por dedicarme tiempo. Y ya sabéis, esto repercute en el beneficio de todos.

¡Ojo! Que aunque hoy estoy hablando de la culpa de las madres, también la he visto en el padre de Daibel. Se come la cabeza, incluso más que yo, cuando tiene una crisis epiléptica y también le he visto sentirse culpable por salir con los amigos y no dedicarnos ese tiempo a nosotros. Cuando ves esa culpa en otra persona tan cercana y te das cuenta de lo absurdo que es, más claro tienes que hay que desprenderse de ella.

La culpa necesaria

¡Pero! Hay una parte de la culpa a la que le encuentro un sentido. Es esa a la que queremos llamar responsabilidad, aunque no siempre nos sale.

Este concepto lo pulí cuando hacía terapia con otras madres con Dani, un psicólogo de Con o sin diván. La conclusión que saqué es que ‘la culpa buena’ nos ayuda a regular ciertos asuntos. Esa culpa se encarga de que en vez de olvidarme de la medicación 400 veces, solo sean 2. Es la que me hace ser responsable y éste me parece un matiz importante. Durante mucho tiempo he tratado de convertir la culpa en responsabilidad, pero finalmente he entendido que la segunda es consecuencia de la primera. No las puedo separar, vienen juntas en el pack de madre.

Así que mi objetivo es filtrar, pulir esa culpa para hacerla útil, no desterrarla, porque a veces la necesitamos. 

Publicado en Salud emocional

En el último post me desnudé contando cómo he vivido lo que para mí ha sido el final de mi puerperio. Escribir ese artículo fue sanador y quise compartirlo por si a alguien más le ayudaba. Si compartí aquello, no puedo dejar de publicar la respuesta que me dio Jazmín Mirelman, psicóloga perinatal de Red Afectiva, tras leerlo. Sus palabras son más esclarecedoras aún y me han ayudado a comprender mucho mejor todo este proceso.

Como buena argentina, tiene un dominio exquisito de la palabra y un profundo conocimiento de la psique humana; por eso, su texto tiene tanto valor. Que lo disfrutes…

Querida Ana,

Me gustaría reiterarte la admiración que me mereces por cómo cuidas a Daibel, a tu familia y a ti misma y por el importante trabajo que realizas a través de estos relatos, que dan tanto que pensar.

Puedo leer en tus palabras una gratitud por el encuentro que tuvimos, que nos permitió hablar pero no tapar, dejar que se abrieran ventanas y que por allí pasara el tiempo, el aire, la crisis y las ocurrencias.

Creo que hablas de puerperios y de duelos. Así, en plural, ya que son muchas las recuperaciones que el cuerpo y el psiquismo deben atravesar para retornar a un lugar que ya no es punto de partida (la mujer que antes no fue madre) pero que tampoco es la permanencia en el estado gestante (la mujer que empieza  tímidamente a sospechar que también será madre). También son muchos los duelos por los que transitamos en la maternidad y muchos más cuando el desarrollo y salud de nuestro hijo no es el esperado. Estos puerperios y estos duelos no ocurren uno detrás del otro según el tiempo del reloj, sino que son otros tiempos que van ocurriendo, dejando de ocurrir y reapareciendo cuando menos los esperas, como una espiral. Y es hermoso cómo describes una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañera de camino, Fe. Crear una nueva relación más vital.

Con “agotamiento” se designa tanto a la acción como al efecto del verbo agotar, que proviene etimológicamente del latín “eguttāre” y alude a que algo ya ha perdido su contenido, se ha vaciado.

En esa acepción podríamos encontrar una buena definición del fin del puerperio, ya se ha vaciado el cuerpo de todo signo que remita al hijo, pero hay otro matiz que me sugiere la palabra 'contenido' que se refiere al sentido, a lo que se dice de algo, el contenido de una frase, el contenido de una biografía, el contenido de una vida…y me pregunto si lo que se ha agotado en este momento es el sentido o los distintos sentidos (significados provisionales) que servían antes para comprender, aceptar, vivir la relación con Daibel. Un vacío, una nada, que es el principio de algo nuevo, aun por nacer. Y veo esta ocurrencia como una posibilidad, una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañero de camino, Daibel. Crear una relación más vital, más actual, tomando el símil de la relación con (la) Fe. Qué buena metáfora, ya que la fe, además de aquel constructo mágico y terrorífico de la religión, también podría ser la confianza, la certeza de que detrás siempre hay algo, otra cosa, lo nuevo, que la vida, mientras viva, no se agota, aunque por momentos estemos cansadas y necesitemos una pausa que cuesta mucho lograr.

Espero que mis palabras y este pensar juntas nos siga construyendo y enlazando, entretejiendo y enredando.

¿Te sientes identificada en el análisis que hace Jazmín? ¿Crees que has pasado algún duelo en tu maternidad?

 

 

Publicado en Salud emocional

Hace meses que me hago esta pregunta. Me rondaba la cabeza cuando se acercaba el cumpleaños de Daibel y no tenía una respuesta. Llegué a planteársela a Jazmín Mirelman, psicóloga perinatal de Red Afectiva. Charlamos un rato sobre ello, pero sin llegar a una conclusión concreta. Aquel no era momento de conclusiones; necesitaba tiempo para encontrar mis propias respuestas. Hoy lo tengo mucho más claro y quiero compartir con vosotras y vosotros mis reflexiones. Son muy personales, basadas en mi experiencia, pero para mí han sido esclarecedoras y a lo mejor pueden ayudar a alguien más a entender, a entenderse…

¿Qué es el puerperio?

Antes de pasar a mis reflexiones, me gustaría aclarar qué es el puerperio, o, más bien, a qué me estoy refiriendo yo cuando hablo de puerperio. El puerperio, desde un punto de vista fisiológio, “se define como el periodo de tiempo que va desde el momento en que el útero expulsa la placenta hasta un límite variable, generalmente 6 semanas, en que vuelve a la normalidad el organismo femenino. Se caracteriza por una serie de transformaciones progresivas  de orden anatómico y funcional que hacen regresar paulatinamente todas las modificaciones gravídicas (involución puerperal).” Esta definición la podéis encontrar en este artículo de El Parto es Nuestro. Otras acepciones del puerperio, que tienen en cuenta nos sólo lo fisiológico, sino también lo hormonal y emocional, sitúan el final del puerperio entorno al primer cumpleaños del bebé.

Yo voy un poco más allá. Yo estoy considerando que el puerperio dura 3 años, aproximadamente, cuando llega ese momento en el que se deja de contar la edad del bebé por meses. Ya no es un bebé, es un niño. A esa edad, la dependencia de los niños ‘normortípicos’ es menor. Ya tienen un desplazamiento autónomo muy depurado, muchos controlan ya esfínteres durante el día, se alimentan solos, etc. No es casual que la escolarización en los colegios se produzca a esta edad, ya que están más preparados para separarse durante algunas horas de sus figuras de apego. Los padres también están más preparados, y puede que deseosos, de esa separación. Parece que en torno a los 3 años hay un botón que se desactiva solo y que dice ‘has cumplido, ya puedes relajarte un poco’. Entonces, llega el momento de disfrutar de los hijos de otra manera, de observar cómo su autonomía crece por momentos. No estoy diciendo que a esta edad tu hijo ya no te necesite y no sea demandante, pero lo es de otra manera.

¿Qué pasa si se acaba el puerperio y sigo teniendo un bebé?

Creo que, desde un punto de vista emocional, las madres estamos preparadas para atender esa dependencia un tiempo determinado, unos 3 años, lo que es para mí el puerperio. Pero, ¿qué pasa si se acaba el puerperio y sigo teniendo un bebé? ¿Qué pasa si, como en el caso de Daibel, su dependencia sigue siendo la de un bebé de pocos meses? Ahora tengo una respuesta clara: ¡que te agotas! Creo que puede parecer una perogrullada, pero es una conclusión que me ha llevado mi tiempo sacar.

El tercer cumpleaños de Daibel supuso una revolución en nuestra casa. Casualmente (o no tanto), yo empecé a trabajar ese mismo mes, después de, exactamente, 4 años en el paro. Como ya te conté, yo no estaba buscando trabajo porque pensaba que no encontraría nada que pudiera soportar el trajín de médicos, terapias, urgencia y hospitalizaciones de Daibel. Pero el trabajo me encontró a mí y resulta que es perfecto para nuestra situación. ¡Gracias, universo! El proceso de adaptación al trabajo me ha resultado bastante duro, lo que explica mi escasa aparición por aquí estos meses. Ha coincidido con varios procesos delicados en la salud de Daibel y con el fin de mi puerperio y, por tanto, una revolución emocional. Me ha costado encajar que la dependencia de Daibel sigue siendo muy alta, aunque yo ya estoy preparada para separarme de él en ciertos momentos y, por ejemplo, disfrutar de una oportunidad profesional que me está apasionando. Más adelante os hablaré más en profundidad de cómo conciliamos y de por qué me ha costado adaptarme al trabajo, que tiene su miga…

Estos meses he pasado momentos de mucha frustración y rabia. Me han invadido, a veces, fantasmas pasados que me hacían pensar que así no se puede ser feliz. He tenido que atravesar un nuevo proceso de aceptación de la situación de mi hijo (ya voy por el tercero) y creo que aún no he quemado esa etapa, pero sí pienso que ya tengo más respuestas, más aprendizaje.

Aprender y comprender

Hace casi 2 años, conocí a un grupo de mujeres maravillosas, madres de otros niños con necesidades especiales con las que he estado haciendo terapia. La primera vez que nos vimos, sentí que no encajaba y sé que ellas también. Menos mal que nos dimos la oportunidad de seguir conociéndonos, ya que, para mí, han sido un pilar en mi estabilidad emocional desde entonces. Además, les agradezco mucho que hayan pasado por el blog para contar un trocito de sus historias y las de Bruno, Mel y Henar.

Ahora entiendo porqué nos costó entendernos aquel día. Hace 2 años, Daibel tenía año y medio, pero los hijos de las demás, eran todos mayores de 3 años. Los puerperios de aquellas mujeres habían acabado y estaban agotadas. Visto desde fuera, costaba entender que, siendo la madre con la situación más delicada desde el punto de vista médico, fuera la que más energía y pensamientos positivos tenía en ese momento. Me faltaba rodaje. Me acuerdo perfectamente de como Fe explicaba el estrés que le producía planificar los fines de semana que pasaba con Henar. Yo le pedí que me lo explicara con más detalle porque no la entendía. Ay, amiga, que ingenua fui… Cómo me veo ahora reflejada en aquella explicación. Nuestras razones son distintas, pero me temo que la ansiedad que sentimos se parece mucho.

Espero que a mi proceso de aceptación no le quede mucho recorrido. Siento que al escribir este texto el círculo se está cerrando. Gracias por estar al otro lado.

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Viernes, 20 Enero 2017 12:40

A malos tiempos, buenas manualidades

Buena parte de nuestro 2016 fue bastante dura, como ya te conté en el post de aniversario. Sobre todo, se nos hizo muy difícil el verano, en el que Daibel tuvo un brote de epilepsia horrible, falleció mi abuela y no pudimos marcharnos unos días de vacaciones. Siempre os cuento que las manualidades se han convertido en mi válvula de escape y menos mal que me agarré a ellas en el último verano. Como no podíamos visitar algún sitio bonito, escapar del calor de Madrid y despejarnos, me puse a crear. Las manualidades me ayudaron a serenarme, concentrarme en algo bello, distraer mi mente, que se enreda fácilmente en lo angustioso... Me salvaron de enfangarme más todavía.

Quiero compartir con vosotros una recopilación de las manualidades que he hecho en los últimos meses. Tengo dos objetivos: enlazar los tutoriales que he seguido por si os dan ideas para hacer vuestras creaciones y demostrar que cualquiera puede. No me cansaré de decir que a mí nunca me gustaron las manualidades, que nunca se me han dado bien, que mi madre me acababa los trabajos del colegio, pero que la maternidad es capaz de transformarnos hasta el punto de que ahora las adoro y las necesito. Y, ¡oye, que no se me da tan mal! Hay resultados muy dignos, de los que me siento muy orgullosa en lo que os voy a enseñar.

Fieltro y lana cardada

Me encanta coser fieltro. Es muy fácil y siento como cada puntada me sana. Muchas de las cosas que hago son para regalar y me encanta hacerlas pensando en quien las va a disfrutar. Siento que me conecta con esas personas. Me gusta mucho pensarlas. También me encanta combinar la costura del fieltro con adornos de lana cardada. Queda muy bonito y pinchar la lana desestresa un montón.

Así, en verano hice estas marionetas de dedos para Martín, buscando ideas en Pinterest.

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Este Totoro se lo regalé a David y Javi. ¡Y me voy  a hacer otro para mí! Aquí podéis ver el tutorial que seguí.

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Lo que más he hecho son animales de fieltro en 2D y en 3D. Los animales planos es lo primero que aprendí a hacer gracias a Marta, una vecina que quedó un par de veces conmigo para enseñarme. El conejo lo hice siguiendo este tutorial. Además, hice una gallina y un zorro siguiendo las instrucciones de este libro de Tamara Chubarovsky.

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Mi amiga Cris me encargó un tres en raya. Fue mi primera creación sin seguir un tutorial y estoy encantada con el resultado. Irene también me encargó uno sobre superhéroes y otro de abejas y mariquitas.

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Mandalas

Ya lo sabes. Me gusta dibujar mandalas. En este post te conté cómo los hago para regalárselos a mis seres queridos. Además, al inicio de cada estación, dibujo uno y lo cuelgo en mi nevera.

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Este verano me animé a dibujar un mandala con lana, siguiendo este tutorial de De mi casa al Mundo.

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Y cuando a Daibel le hospitalizan, me llevo mis libros de arteterapia para relajarme en los ratos muertos.

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Grandes proyectos

El año pasado Kike y yo hicimos dos grandes proyectos para Nora. La primera fue esta casita de duendes. Cuando Daibel nació le regalaron unos productos de higiene de Weleda que venían en una caja monísima en forma de casita. En cuanto la vi, decidí que con ella haría un juguete para mi hijo. Pero Daibel no coge objetos ni juega con objetos convencionales, así que ahí estuvo la caja más de dos años cogiendo polvo… Pensé que la idea era buena y que otro niño debía disfrutarla, así que se la hice a Nora con mucho cariño. Con la ayuda de Kike, le hice dos pisos a la casa, la decoramos, y creamos los muebles  con la típica mezcla de cola, agua y papel de periódico. Los duendes son de lana cardada y los hice siguiendo este tutorial, que también seguí para crear los gnomos de la siguiente manualidad.

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 En verano hicimos la una casa del árbol para gnomos. Para mí, es la cosa más bonita que he creado nunca y disfrutamos cantidad haciéndola. Kike y yo pasamos un fin de semana montándola. Cada 10 minutos se nos ocurría algo nuevo que añadir. Fue un proceso de lo más creativo. Empezamos con la idea de hacer lo que se propone en este tutorial, pero ya veis que el resultado es bastante distinto porque las ideas nos salían a borbotones.

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Material adaptado

Cuando nacieron Leia y Mario, quise hacerles algo especial. Les regalé un sonajero adaptado a cada uno. También hice uno para Daibel. Te conté cómo lo hice en este tuturial.

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En otoño, con mucho cariño, cosí un parche y un antifaz que me encargó el fisioterapeuta de Daibel. Lo usa con otros niñ@s a los que trata en el centro de atención temprana para estimular el sistema vestibular, el equilibro, la propiocepción y la consciencia espacial.

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Tengo en marcha, desde hace meses, la creación de una manta sensorial. Ya sabéis que desde que empecé a trabajar dispongo de poco tiempo y la verdad es que este proyecto se me ha estancado. Cuando lo tenga terminado, os contaré en detalle cómo la he hecho y sobre todo por qué. A grandes rasgos os puedo contar que Daibel no quiere coger objetos, pero sí explora ciertas texturas. Aunque la manta no está terminada, sí que tengo los elementos seleccionados y se los ofrezco para que los toque.

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Espero seguir creando en 2017.

¿Me enseñas tus creaciones de 2016? ¿Te ha dado alguna idea este post? ¿Hau alguna manualidad que quieras hacer?

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Sábado, 09 Julio 2016 10:54

Danzar en tribu

Durante 8 años tomé clases de danza del vientre con Harizsa. Me encantaban, me entusiasmaban. Tuve la mejor de las profesoras, que me enseñó esta danza milenaria muy al detalle, dándome la oportunidad de aprender a bailar con casi todos los elementos que la acompañan (velo, alas de isis, crótalos, bastón, abanicos, sable…) y diferentes estilos (danza clásica egipcia, tribal, andalusí…). Se me daba bien y aprendía rápido. Parecía que esta danza estuviese dentro de mí desde siempre. Sustituí a Harizsa en algunas de sus clases, durante alguno de sus viajes, en su baja maternal, etc. Alguna vez me ofrecieron impartir clases más en serio, pero yo nunca quise. No quería convertir mi hobby en mi trabajo y, además, me parecía poco serio dedicarme a ello profesionalmente cuando en realidad yo no tengo una verdadera formación.

Cuando Daibel nació dejé las clases. Eran en Móstoles y yo ya no podía desplazarme hasta allí. Dejé de bailar durante dos años y lo echaba mucho de menos, pero no veía la forma de retomar las clases, ni siquiera en Rivas. Un día recibí un mensaje de una usuaria del Banco del Tiempo de Rivas (BdT) diciéndome que quería aprender a bailar danza del vientre, que es uno de los servicios que ofrezco. Me hizo mucha ilusión que me lo pidiera y organizamos un taller de cuatro sesiones abierto a todos los usuarios del BdT. Funcionó muy bien. Me encantó volver a bailar y, dado que las clases habían gustado, planteé a las gestoras del BdT hacerlas regulares durante el curso.

Funcionamos como una tribu

Después de un 2015 complicado, necesitaba buscar un rato para mí. Necesitaba retomar algo que me encanta, hacer una actividad física y despejarme.  Lo cierto es que mi disponibilidad era un problema, porque sólo podía impartir las clases los viernes por la tarde, y con las personas del BdT que se apuntaron en ese horario no era suficiente para abrir el grupo. Así que pasé la información en un par de grupos de madres que tengo en Whatsapp y… ¡MAGIA! Sin proponérmelo, se formó un grupo precioso en el que todas somos madres o educadoras, comprometidas con la infancia, la crianza y la educación respetuosas. Somos muy diferentes, pero, a la vez, tenemos mucho en común.

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Hemos hecho una pequeña tribu en la que compartimos y nos ayudamos. Es un espacio en el que me siento muy querida y cuidada, donde se me entiende. Allí puedo expresar mis temores y preocupaciones y no se me juzga y casi ni se me aconseja, sino que se me acompaña, que es diferente y mucho más enriquecedor. Es mágico. Os doy las gracias, chicas.

Un grupo lleno de intercambios

De pronto, encontré la manera de volver a bailar. Yo no podía permitirme pagar las clases, así que pensé que esto se resolvía impartiéndolas yo. Por eso son gratis, porque no soy profesional. También porque son una actividad del BdT, en el que no se puede hacer ningún intercambio con dinero. Y, además, porque se establece una relación simbiótica. Las chicas vienen a una actividad que les apetecía conocer y colaboran en cubrir mi necesidad de darme ese tiempo para mí.

Al ser una actividad del BdT, establecimos una forma de intercambio. Así, cada semana, una de las alumnas me hace un favor a mí o a Stella, otra usuaria de BdT que nos ha cedido el espacio para poder dar las clases. Y aquí se vuelve a hacer magia otra vez porque los intercambios han sido de lo más variados y no sólo con Stella y conmigo, sino también entre el resto de asistentes y, además, ha sido punto de encuentro de otro proyecto del BdT, el grupo de Mamis. La cuadratura de todos los círculos se produjo en Semana Santa, cuando ambos grupos nos fuimos de excursión por el Soto de las Juntas. También, es muy interesante el grupo de consumo que se ha creado gracias a que Irene, una de las alumnas, que nos ofreció colaborar con el Huertológico. Yo no participo porque en casa tenemos un huerto urbano en la terraza, pero sé que las chicas que sí colaboran están encantadas con la iniciativa. Le pediré a alguna que nos cuenten aquí su experiencia, porque me parece muy interesante el enfoque que le están dando con respecto a sus hijos.

También compartimos charlas intensas en las que nos enseñamos lo que sabemos las unas a las otras y nos conocemos. Es curioso percibir la necesidad que todas tenemos de expresar ciertas inquietudes ante otras mujeres con las que nos sentimos cómodas. Recuerdo con especial cariño un día que dimos la clase en la Casa de Asociaciones, en vez de en casa de Stella, y a la salida todavía teníamos mucho que compartir. Terminamos todas sentadas en el suelo del pasillo, entorpeciendo el paso a las personas que querían entrar en el baño. Aquel día Macarena planteó el tema de cómo hablar a sus hijos sobre los niños que tienen diversidad funcional, ya que no quería caer en la pena. Me temo que buscaba mi respuesta como ‘opinión autorizada’, pero realmente yo no me he enfrentado a esa situación y sólo se me ocurría apelar a la naturalidad y al sentido común. Más fina estuvo Soraya, La Mamá de Pequeñita, que explicó cómo introducía este tema con sus alumnas, mostrando la importancia de que los adultos ejerzamos un trato igualitario e inclusivo que los niños y niñas imitarán e integraran con normalidad.

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Aquí os dejo un listado de los intercambios que se han producido desde que iniciamos las clases en febrero, incluyendo la clase de yoga que me ofreció Vitoymás Yoga, la presentación de Crianza Mágica ante las alumnas de la Mamá de Pequeñita, los talleres en El Hilo Rojo, el espacio de Arancha, y las fotografías que acompañan a este artículo, hechas por Roberto Mora. ¿No os parece una maravilla tener la posibilidad de contar con toda esta ayuda?

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Cómo es una de mis clases

No quiero acabar sin contaros cómo es una de las clases que imparto y que no serían posibles sin las enseñanzas de Harizsa, a quien le estoy muy agradecida por todo lo que me ha dado. Ahora no tenemos mucho contacto, pero siento que estamos cerca.

Comenzamos sentándonos en el suelo y abriendo una ronda de palabra. La que quiera puede compartir cualquier inquietud o experiencia de su semana, esté o no relacionada con la danza. Solemos hablar mucho de los niños. Estas conversaciones a veces se alargan y a veces no. En ocasiones tenemos más necesidad de expresarnos y lo respetamos. Esta práctica para iniciar la clase la tomé prestada de la biodanza. Ya te conté aquí que he asistido a algunas sesiones y todas las clases comienzan así. Es algo que me encanta porque nos permite conocernos un poco más y expresarnos, liberarnos.

Uno de mis objetivos al impartir estas clases es dar a conocer algunos aspectos de la cultura árabe a través de la danza. Por ello, en algunas clases, después de charlar, les cuento algo de lo que yo sé, gracias a Harizsa, apoyándome en uno los elementos de la danza del vientre, les muestro cómo se danza con ellos y los prueban.

Después, calentamos, con una música suave y agradable. Seguimos en círculo. Esto lo vuelvo a tomar prestado, esta vez de mis clases como alumna con Harizsa. Entonces, también se creó tribu. Cuando nos juntábamos teníamos esa necesidad de expresarnos y nos contábamos nuestras cosas mientras hacíamos el calentamiento. Al principio nos colocábamos como se hace normalmente en las clases, con la profesora delante, dando la espalada a las alumnas para que puedan copiar sus movimientos. Si una hablaba, el resto quería mirarla, por lo que nos íbamos girando, hasta que, de forma natural, íbamos formando un círculo en el que todas nos veíamos las caras. Llegó un día en el que las clases las empezamos ya en círculo.

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Ya hemos calentado y nos ponemos a bailar. Para mí, el tiempo se para y comienza un ejercicio de meditación. En danza del vientre es muy importante aprender a disociar las diferentes partes del cuerpo y moverlas por separado. Esto es un ejercicio brutal de consciencia corporal. Les voy enseñando la técnica de esta danza, primero con movimientos circulares y ondulatorios que nos ayudan a recuperar la feminidad ancestral que tenemos olvidada y, después, con golpes más secos que nos empoderan.

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Finalizamos con una coreografía que vamos poco a poco memorizando por si algún día queremos mostrarle al mundo lo que hemos aprendido. De momento, es para nosotras.

No tengo ninguna intención de ganarme la vida impartiendo clases de danza del vientre. Para mí, con una hora y media a la semana, de momento, es suficiente. Sólo necesitaba quitarme el mono. Gracias de nuevo, a Harizsa y a las chicas que vienen a mis clases.

¿Conoces la danza del vientre? ¿Te gustaría probar? ¿Practicas alguna otra actividad en tribu?

 

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Desde que me quedé si trabajo en el verano de 2012, me propuse hacer la mayor parte de los regalos a mano. Así, ahorraría costes y serían presentes muy especiales y hechos con mucho cariño. No lo tenía fácil porque siempre se me habían dado mal las manualidades. Todavía recuerdo mis primeras creaciones… unas macetas hechas con los botes de leche en polvo que tomaba Nora, la hija de unos amigos. Eran un churro, pero yo estaba orgullosísima de poder hacer algo con mis propias manos. Seis meses después de aquella decisión, me quedé embarazada y ahí arrancó mi creatividad, que está desbocada y que me lleva por caminos insospechados, como ya te conté aquí. Haré otros post con ideas para hacer regalos hechos a mano, pero en este me voy a centrar en los mandalas, que han sido el regalo que he hecho a muchos de mis allegados en el solsticio de invierno.

Como ya te he contado por aquí y en redes sociales, me he aficionado a hacer mandalas porque es una actividad muy relajante, que me ayuda a calmarme. Suelo hacerlos cuando me siento acelerada. En este enlace puedes leer más sobre los beneficios de esta técnica de meditación. Aunque pueden parecer difíciles por la cantidad de trazos y figuras geométricas que tiene, son muy fáciles de hacer. Yo me animé tras ver el vídeo que colgó Aguamarina en su blog.

Me reservo el primer mandala que hice para otro post muy especial, pero sí te puedo contar que me enganchó al momento y que cuando lo terminé, el resultado me fascinó. No podía creer que yo hubiese hecho aquello que me parecía tan bonito.

Como me gustó tanto, seguí haciendo mandalas y pensé que podrían ser un bonito regalo para la gente de mi entorno. Entonces, comencé a dibujarlos pensando en la persona a la que se lo quería regalar. Así hice estos dos, como regalo de fin de curso para los terapeutas de Daibel. Me hace mucha ilusión verlos colgados en la pared de sus consultas, junto a los dibujos de sus pacientes XD.

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Decidí que serían el regalo del pasado diciembre para mis familiares y amigos, para las personas que tanto nos están ayudando en los últimos meses. Por lo que en noviembre comencé a crearlos.

Te cuento el proceso

Para hacer mandalas necesito los siguientes materiales:

  •          Folios u otra superficie en la que quieras dibujar el mandala
  •          Objetos de forma circular de diferentes diámetros
  •          Lápiz o portaminas
  •          Regla o cualquier objeto que te sirva para trazar una línea
  •          Goma de borrar
  •          Rotuladores de colores

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PRIMER PASO: Hacer las guías

No me atrevo a hacer los mandalas sin guías. Es falta de confianza en mis capacidades, lo sé, pero de momento es lo que hay. Así que me hago unas guías con líneas y cículos que me ayudan a hacer los trazos de forma uniforme. Primero dibujo los círculos concéntricos ayudándome de objetos que tengo por casa (es que no sé dónde he metido el compás). Después trazo cuatro diámetros para dividir los círculos en ocho partes. Todo aproximado, no hay nada medido.

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SEGUNDO PASO: Dibujar

Comienzo desde un punto en el centro de los círculos y voy dibujando hacia fuera. Se trata de hacer figuras lo más uniformes posible y repetirlas, como si fuese un patrón. Aquí hay que echarle imaginación y dejarse llevar. A mí me suelen salir muy floreados y de formas redondeadas, pero cada uno tiene su estilo… Hay a quien le salen más cuadriculados.

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TERCER PASO: Colorear

Elijo los colores que quiero utilizar, siempre con una intencionalidad concreta y los voy combinando. En esta ocasión he escogido tonos fríos porque es mi mandala de invierno. A veces cubro todo el mandala con color y otras veces dejo algunos huecos en blanco.

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Mi familia y mis amigos son mi inspiración

Como ya he comentado, me gusta hacer los mandalas pensando en la persona a la que se lo voy a regalar, lo que condiciona las figuras que dibujo y los colores que elijo. Os pongo algunos ejemplos.

Los primeros que te muestro se los he regalado a las gestoras del Banco del Tiempo de Rivas, unas personas muy especiales que me han cuidado mucho este año y con las que he compartido muy buenos momentos. 6 mujeres únicas, con una sensibilidad especial y con las que estaba predestinada a juntarme. Para crear sus mandalas, pensé en cómo son, qué significan para mí y en una palabra que para mí las define.

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Otro mandala muy especial es el que hice para mis padres. Es la primera vez que me atrevía a hacer un mandala dividido. Elegí como tema la Luna y el Sol porque así les veo yo. Mis padres son muy diferentes el uno del otro, como la noche y el día, pero se complementan y no podría vivir sin ellos. Aurora es para mí más luminosa y un poco cuadriculada en el arte que ella crea (es una ceramista excepcional de la que no se me ha pegado nada XD), por eso aparecen trazos de líneas rectas. Paco para mí es más oscuro, supongo que por su humor negro y porque su timidez le hace introvertido frente a quien no conoce, pero, a la vez, es el hombre más tierno y dulce que conozco, y de ahí vienen los trazos redondeados.

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Por último, os muestro el más especial de todos, el que le regalé a Kike, el padre de la criatura y modelo de manos de Crianza Mágica XD. Desde que compré esta estrella de mar en verano en Galicia, supe que haría un mandala con ella y que sería para él. Tenía claro que sería en fondo negro, el color que para mí define a Kike. La verdad es que está menos elaborado que el resto por las prisas para que no me pillara en plena faena. En cualquier caso, me encanta.

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¿Haces mandalas? ¿Te atreves a probar a crearlos? ¿Usas otras técnicas de relajación creativas?

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La red está plagada de artículos que insisten en la importancia de que no se separe al bebé recién nacido de su madre durante las horas posteriores al parto. Desde luego que es muy importante, y lo es por las siguientes razones:

Beneficios de mantener juntos al bebé y su madre

  • Facilita el inicio de la lactancia
  • El contacto con la madre le aporta las primeras defensas al bebé
  • Ayuda a la expulsión de la placenta
  • Favorece el vínculo entre madre e hijo
  • Ayuda a calmar al bebé tras pasar del medio líquido al aéreo
  • Es un derecho de los bebés presente en la Carta Europea de los niños hospitalizados

¿Qué puede pasar si os separan?

  • Aumento del estrés en el bebé y la madre
  • Dificultad en el bebé para regular temperatura y otras constantes vitales
  • Más probabilidades de que la lactancia fracase
  • Mayor riesgo de contagio de enfermedades por estar en contacto con bacterias distintas a las de la madre.
  • Afectación al desarrollo neurológico del bebé

Muchas mujeres embarazadas somos plenamente conscientes de esto en el momento del parto. Por ello, la separación de nuestro bebé a causa de su estado de salud nos genera mucha ansiedad y frustración. A Daibel y a mí nos separaron tras el parto. A pesar de conocer ya los datos expuestos, permití que lo hicieran. Al sentir tanto miedo por su bienestar y estar tan drogada, sentí una especie de alivio cuando se lo llevaron. ¡Qué locura! No me puedo creer lo que escribo, pero es cierto.

A día de hoy, reviso la bibliografía existente que evidencia los beneficios que tiene para el bebé que nace con dificultades no separarse de su madre y me cuesta entender lo que pasó.

Compensar la separación tras el nacimiento

Una vez que ha pasado, hay formas de compensar este hecho. Lo ideal es acudir lo antes posible al lugar en el que se encuentre el bebé, seguramente en la unidad de neonatos, y comenzar a hacer el método canguro el máximo tiempo que se pueda, ya que es muy beneficioso, y tratar de establecer la lactancia en el caso de que las circunstancias lo permitan.

Semanas después del alta me di cuenta de que habíamos estado compensando con creces esa separación gracias al gran número de horas de contacto piel con piel que practicamos su papá y yo. Lo cierto es que, aunque lo hubiésemos practicado en casa, desde luego no habría sido en tanas ocasiones. Todos esos momentos de método canguro en el hospital fuero un gran regalo que hicimos a nuestra familia. Es muy difícil verlo así durante el ingreso, pero me alegro mucho de haber llegado a esa conclusión con el tiempo.

Las separaciones nocturnas de bebés ingresados

La separación tras el parto no es la única que vivimos. Como Daibel estaba ingresado, yo tenía que separarme de él para ir al baño, alimentarme y descansar. Habrá quien piense, “¡como todo el mundo!”. No es lo mismo dejarle en una cuna en tu salón mientras tú comes a su lado, que tener que salir del edificio para hacerlo. Cada paso que das y te sitúa más lejos de él es una puñalada. Lo peor eran las noches. Daibel estuvo ingresado 66 días tras su nacimiento. Las 66 noches correspondientes fueron una auténtica tortura. Cada noche me separaba de mi bebé para ir a dormir 6 horas a casa. Esa separación genera mucha frustración, mucha tristeza, mucha angustia. 

Lo cierto es que todavía hay hospitales en España en los que no permiten a los padres acompañar a los hijos hospitalizados las 24 horas. Además, en la mayoría de los casos en los que sí se permite, resulta imposible permanecer en las unidades siempre porque no están debidamente equipadas para el descanso de los padres y madres. Esto dificulta mantener el contacto de forma constante. Ojalá algún día consigamos maternidades de verdad.

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