Lunes, 12 Noviembre 2018 11:45

No le pido nada al futuro

Hace mucho tiempo, antes de que Daibel cumpliera un año, dije que él me había enseñado a vivir el presente. Por aquel entonces, ésta era una de mis reflexiones:

Presentefrustracion

Entonces lo sentía así, y no digo que estuviera equivocada, pero el concepto de ‘vivir el presente’ ha alcanzado en mí otra dimensión.

Vivir con Daibel es un constante aprendizaje y, no lo voy a negar, es duro que te cagas. Se ha tirado 3 años enfrascado en un bucle de epilepsia (acompañado de un trastorno del sueño estupendo) y catarros que le provocan insuficiencia respiratoria grave. Si no era una cosa, era otra. Sin tregua. Sin descanso. Por suerte, llevamos unos meses más tranquilos y él se encuentra mucho mejor.

Durante esos tres años, sin darme cuenta, estuve poniéndome plazos y objetivos: “en cuanto se le pase el catarro, remonta”; “al llegar la primavera se acabaron los catarros”; “a ver si llegan ya las vacaciones, que siempre le sientan bien”; y así…

¿Es eso vivir el presente? No, en absoluto. Es pura ansiedad. Nada de eso se cumplía y, por lo tanto, mi frustración y desesperación iban en aumento. Hasta que un día me di cuenta de cuánto me limitaba pensar eso. Desde luego, son pensamientos positivos y esperanzadores, pero no me dejan anclarme al presente.

Rebajar las expectativas

De pronto, empecé a notar que cuando la gente me dice “a ver si mejora”, “a ver si los médicos dan con la clave”, “a ver si se pasa ya este invierno, que hay muchos virus”, algo me escocía. Daibel es así, tiene una enfermedad que trae consigo su estado actual y desconocemos cuál va a ser su evolución. Yo acepto a Daibel tal cual es y le quiero siempre.

¿Significa esto que he perdido la esperanza? ¿Que ya no voy a buscar soluciones para que mejore? Nada de eso. Claro que tengo esperanza, pero yo decido centrarme en el ahora, aunque sea doloroso, y busco soluciones para que esté lo mejor posible en este momento. Y os dejo a los demás los buenos deseos para nuestro futuro. Por favor, no dejéis de mandarlos.

Gracias a este nuevo enfoque, la frustración ha desaparecido de mi vida (al menos en un 90%) y es algo absolutamente liberador. Al no marcarme metas, no hay expectativas. Si no hay expectativas, no hay frustración. Insisto: vivir el presente de Daibel es muy duro, es doloroso por muchas razones, pero al eliminar la frustración hay más paz.

Y, como os decía, curiosamente, llevamos unos meses de tregua, sin catarros y con la epilepsia y sus fármacos controlados. Será casualidad o no. Me da igual. Pero así quiero estar.

El día de la catarsis

Voy a poner un ejemplo concreto porque creo que así se va a entender mejor. De hecho, os voy a contar lo que pasó por mi cabeza el día que yo llegué a entender esto. Hace casi un año, el día de mi cumpleaños, estábamos Daibel y yo en nuestra habitación, los dos enfermos. Nos cogimos un buen catarro y Daibel estaba muy mal, en situación de UCI, pero en casa gracias al servicio de cuidados paliativos. Ese día, ni celebración de cumpleaños ni nada. Nos pasamos el día metidos en la cama y, como Daibel estaba grave, no salimos de la habitación ni para comer. Elpadredelacriatura hizo una compra online para preparar una cena algo más especial, eso sí.

En esta situación, que me parecía bastante lamentable, tuve una especie de epifanía, no sé si por la fiebre XD. Durante los primeros 4 años de vida de Daibel viví muy frustrada por lo limitado de mis actividades de ocio. Yo siempre había sido una persona muy activa, con muchos planes y actividades, con un ocio muy programado. Me vi en aquel me momento y me pregunté: ‘¿Acaso quiero yo eso ahora mismo?’ La respuesta era un grito: ¡NO!

En mi situación actual, no tengo el deseo real de hacer viajes o salir para hacer esto o lo otro. No voy a negar que tanto encierro hay veces que no se lleva bien y echo de menos ciertas actividades y, sobre todo, a ciertas personas a las que casi no veo. Pero en ese momento me di cuenta de que a mí me estaba frustrando el no poder hacer todos esos planes porque se suponía, desde una perspectiva social, que era lo que debía hacer. Me di cuenta de que ese deseo no era mío, sino más bien una imposición. Que yo, lo que más quería en ese momento era estar tranquila para poder afrontar la dura situación en la que nos encontrábamos con la mayor serenidad posible y libre de frustración por no poder celebrar mi cumpleaños. Y así, de repente, me liberé.

Desde entonces, cada vez que se me ofrece un plan o pienso en una actividad que me gustaría realizar pienso de verdad si es un deseo mío. De esta manera, no sólo he reducido mi frustración (reducido, que no eliminado, lo confieso), sino también los compromisos.

Lo más importante que he aprendido de todo esto es que lo que entra o sale de mi vida debe ser coherente con mi presente. Si es así, no hay frustración y lo que sí hay es una conexión con el ahora mucho más sana que la de hace unos años.

 

1 comentario

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.