“La culpa viene con el pack de madre”. Es una frase que he dicho muchas veces. No conozco a ninguna madre que no se haya sentido culpable alguna vez. Pero hoy quiero reflexionar sobre esto porque, aunque parece que la culpa es algo inherente a nosotras, también parece que no es algo útil. Yo hoy os propongo hacer que sirva para algo, desprendiéndonos de la culpa innecesaria y quedándonos con la parte que nos hace mejorar, si es que eso es posible.

Mi culpa

Yo experimenté la culpa materna nada más nacer Daibel, cuando nos separaron. No me sentí culpable porque nos separaran, sino por sentirme aliviada por ello. Hay una explicación fisiológica para que me pasara eso, pero no me voy a detener en ella; en primer lugar, porque tendría que explicar cómo fue mi parto y todavía no puedo; en segundo, porque este post va de otra cosa. Al menos diré, que era normal sentir alivio en aquella situación porque me habían robado el parto y mis hormonas estaban bloqueadas y no estaban haciendo su función.

Durante el ingreso en neonatos me sentí culpable en muchas ocasiones, en relación con la lactancia, con las separaciones nocturnas o simplemente por marcharme al baño o a comer. Esa culpa tampoco era mía, pero lo de que las maternidades no son de verdad también es otro tema.

El momento álgido de la culpa en mi relación con Daibel viene con sus diagnósticos: el resultado devastador de su resonancia cerebral, el diagnóstico genético, los resultados de analíticas de inmunoglobulinas, de alergias, radiografías, ecografías… Es lo que Bei, de Tigriteando, llama culpa genética en muchos de sus textos. Con el primero de estos diagnósticos me vino una pregunta a la cabeza: “¿Qué he hecho?”. Pero no del tipo “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, sino “¿Qué narices he creado? ¿Qué barbaridad le he hecho yo a este niño?”. Y voy a cambiar de párrafo…

En estos casi 4 años he vuelto a sentir culpa en numerosas ocasiones. Esa culpa genérica de las madres cuando nos marchamos a hacer otras cosas, cuando pasamos más rato de lo aconsejable mirando el móvil, cuando le escuchamos llorar y no le podemos coger porque entonces se nos quema la comida…

Por último, me gustaría comentar la culpa que siento con la epilepsia. En dos ocasiones, en estos 4 años, he olvidado darle la medicación para la epilepsia. A las 4 horas Daibel convulsionaba. Ya me diréis si es evitable sentir culpa en esta situación… Cada vez que tiene una crisis pongo en marcha mi memoria para analiza qué hemos hecho ese día, qué le he dado de comer, con qué le he estimulado, cuánto tiempo ha estado en no sé qué postura…

La culpa innecesaria

La culpa nos hace sentir mal y tendemos a querer desterrarla, aunque nos resulta muy difícil conseguirlo o, incluso, imposible. Cuando salió el libro de Mamamorfosis yo andaba dándole vueltas a esto. Lo primero que hice cuando Aguamarina lo publicó fue irme a buscar el capítulo de la culpa para ver si me daba respuestas. Entre otros, está este texto publicado por Aguamarina también en De mi casa al mundo. En él se dice que la culpa no sirve para nada. Sentí que estaba muy de acuerdo, pero, a la vez, se me quedaba corto. Este ‘mal endémico’ de las madres no viene de la nada. Todas sabemos que tiene que ver con la educación que hemos recibido y la cultura en la que vivimos.

Entonces, os animo a que nos desprendamos de la culpa genérica. Esa que tiene que ver con ser súper mujeres, con ser perfectas, con la autoexigencia.

Hace unas semanas me planté. Coincidiendo con las reflexiones que me llevaron a este artículo, decidí que iba a dejar de ser una madre sufridora, (término que le cojo prestado a mi amiga Sara). La madre sufridora es aquella que deja de cenar la sopa calentita que tanto le gusta cenar en invierno para que el hijo tenga un puré que también le gusta mucho al día siguiente. Decidí que iba a volver a cenar sopa en invierno, que iba a hacer planes con amigas para poder despejarme, que iba a sacar tiempo para estudiar o coser… En definitva, que iba a dejar de sentirme culpable por dedicarme tiempo. Y ya sabéis, esto repercute en el beneficio de todos.

¡Ojo! Que aunque hoy estoy hablando de la culpa de las madres, también la he visto en el padre de Daibel. Se come la cabeza, incluso más que yo, cuando tiene una crisis epiléptica y también le he visto sentirse culpable por salir con los amigos y no dedicarnos ese tiempo a nosotros. Cuando ves esa culpa en otra persona tan cercana y te das cuenta de lo absurdo que es, más claro tienes que hay que desprenderse de ella.

La culpa necesaria

¡Pero! Hay una parte de la culpa a la que le encuentro un sentido. Es esa a la que queremos llamar responsabilidad, aunque no siempre nos sale.

Este concepto lo pulí cuando hacía terapia con otras madres con Dani, un psicólogo de Con o sin diván. La conclusión que saqué es que ‘la culpa buena’ nos ayuda a regular ciertos asuntos. Esa culpa se encarga de que en vez de olvidarme de la medicación 400 veces, solo sean 2. Es la que me hace ser responsable y éste me parece un matiz importante. Durante mucho tiempo he tratado de convertir la culpa en responsabilidad, pero finalmente he entendido que la segunda es consecuencia de la primera. No las puedo separar, vienen juntas en el pack de madre.

Así que mi objetivo es filtrar, pulir esa culpa para hacerla útil, no desterrarla, porque a veces la necesitamos. 

Publicado en Salud emocional