Sábado, 09 Julio 2016 10:54

Danzar en tribu

Durante 8 años tomé clases de danza del vientre con Harizsa. Me encantaban, me entusiasmaban. Tuve la mejor de las profesoras, que me enseñó esta danza milenaria muy al detalle, dándome la oportunidad de aprender a bailar con casi todos los elementos que la acompañan (velo, alas de isis, crótalos, bastón, abanicos, sable…) y diferentes estilos (danza clásica egipcia, tribal, andalusí…). Se me daba bien y aprendía rápido. Parecía que esta danza estuviese dentro de mí desde siempre. Sustituí a Harizsa en algunas de sus clases, durante alguno de sus viajes, en su baja maternal, etc. Alguna vez me ofrecieron impartir clases más en serio, pero yo nunca quise. No quería convertir mi hobby en mi trabajo y, además, me parecía poco serio dedicarme a ello profesionalmente cuando en realidad yo no tengo una verdadera formación.

Cuando Daibel nació dejé las clases. Eran en Móstoles y yo ya no podía desplazarme hasta allí. Dejé de bailar durante dos años y lo echaba mucho de menos, pero no veía la forma de retomar las clases, ni siquiera en Rivas. Un día recibí un mensaje de una usuaria del Banco del Tiempo de Rivas (BdT) diciéndome que quería aprender a bailar danza del vientre, que es uno de los servicios que ofrezco. Me hizo mucha ilusión que me lo pidiera y organizamos un taller de cuatro sesiones abierto a todos los usuarios del BdT. Funcionó muy bien. Me encantó volver a bailar y, dado que las clases habían gustado, planteé a las gestoras del BdT hacerlas regulares durante el curso.

Funcionamos como una tribu

Después de un 2015 complicado, necesitaba buscar un rato para mí. Necesitaba retomar algo que me encanta, hacer una actividad física y despejarme.  Lo cierto es que mi disponibilidad era un problema, porque sólo podía impartir las clases los viernes por la tarde, y con las personas del BdT que se apuntaron en ese horario no era suficiente para abrir el grupo. Así que pasé la información en un par de grupos de madres que tengo en Whatsapp y… ¡MAGIA! Sin proponérmelo, se formó un grupo precioso en el que todas somos madres o educadoras, comprometidas con la infancia, la crianza y la educación respetuosas. Somos muy diferentes, pero, a la vez, tenemos mucho en común.

DSC 0844

Hemos hecho una pequeña tribu en la que compartimos y nos ayudamos. Es un espacio en el que me siento muy querida y cuidada, donde se me entiende. Allí puedo expresar mis temores y preocupaciones y no se me juzga y casi ni se me aconseja, sino que se me acompaña, que es diferente y mucho más enriquecedor. Es mágico. Os doy las gracias, chicas.

Un grupo lleno de intercambios

De pronto, encontré la manera de volver a bailar. Yo no podía permitirme pagar las clases, así que pensé que esto se resolvía impartiéndolas yo. Por eso son gratis, porque no soy profesional. También porque son una actividad del BdT, en el que no se puede hacer ningún intercambio con dinero. Y, además, porque se establece una relación simbiótica. Las chicas vienen a una actividad que les apetecía conocer y colaboran en cubrir mi necesidad de darme ese tiempo para mí.

Al ser una actividad del BdT, establecimos una forma de intercambio. Así, cada semana, una de las alumnas me hace un favor a mí o a Stella, otra usuaria de BdT que nos ha cedido el espacio para poder dar las clases. Y aquí se vuelve a hacer magia otra vez porque los intercambios han sido de lo más variados y no sólo con Stella y conmigo, sino también entre el resto de asistentes y, además, ha sido punto de encuentro de otro proyecto del BdT, el grupo de Mamis. La cuadratura de todos los círculos se produjo en Semana Santa, cuando ambos grupos nos fuimos de excursión por el Soto de las Juntas. También, es muy interesante el grupo de consumo que se ha creado gracias a que Irene, una de las alumnas, que nos ofreció colaborar con el Huertológico. Yo no participo porque en casa tenemos un huerto urbano en la terraza, pero sé que las chicas que sí colaboran están encantadas con la iniciativa. Le pediré a alguna que nos cuenten aquí su experiencia, porque me parece muy interesante el enfoque que le están dando con respecto a sus hijos.

También compartimos charlas intensas en las que nos enseñamos lo que sabemos las unas a las otras y nos conocemos. Es curioso percibir la necesidad que todas tenemos de expresar ciertas inquietudes ante otras mujeres con las que nos sentimos cómodas. Recuerdo con especial cariño un día que dimos la clase en la Casa de Asociaciones, en vez de en casa de Stella, y a la salida todavía teníamos mucho que compartir. Terminamos todas sentadas en el suelo del pasillo, entorpeciendo el paso a las personas que querían entrar en el baño. Aquel día Macarena planteó el tema de cómo hablar a sus hijos sobre los niños que tienen diversidad funcional, ya que no quería caer en la pena. Me temo que buscaba mi respuesta como ‘opinión autorizada’, pero realmente yo no me he enfrentado a esa situación y sólo se me ocurría apelar a la naturalidad y al sentido común. Más fina estuvo Soraya, La Mamá de Pequeñita, que explicó cómo introducía este tema con sus alumnas, mostrando la importancia de que los adultos ejerzamos un trato igualitario e inclusivo que los niños y niñas imitarán e integraran con normalidad.

2danza

Aquí os dejo un listado de los intercambios que se han producido desde que iniciamos las clases en febrero, incluyendo la clase de yoga que me ofreció Vitoymás Yoga, la presentación de Crianza Mágica ante las alumnas de la Mamá de Pequeñita, los talleres en El Hilo Rojo, el espacio de Arancha, y las fotografías que acompañan a este artículo, hechas por Roberto Mora. ¿No os parece una maravilla tener la posibilidad de contar con toda esta ayuda?

danza

Cómo es una de mis clases

No quiero acabar sin contaros cómo es una de las clases que imparto y que no serían posibles sin las enseñanzas de Harizsa, a quien le estoy muy agradecida por todo lo que me ha dado. Ahora no tenemos mucho contacto, pero siento que estamos cerca.

Comenzamos sentándonos en el suelo y abriendo una ronda de palabra. La que quiera puede compartir cualquier inquietud o experiencia de su semana, esté o no relacionada con la danza. Solemos hablar mucho de los niños. Estas conversaciones a veces se alargan y a veces no. En ocasiones tenemos más necesidad de expresarnos y lo respetamos. Esta práctica para iniciar la clase la tomé prestada de la biodanza. Ya te conté aquí que he asistido a algunas sesiones y todas las clases comienzan así. Es algo que me encanta porque nos permite conocernos un poco más y expresarnos, liberarnos.

Uno de mis objetivos al impartir estas clases es dar a conocer algunos aspectos de la cultura árabe a través de la danza. Por ello, en algunas clases, después de charlar, les cuento algo de lo que yo sé, gracias a Harizsa, apoyándome en uno los elementos de la danza del vientre, les muestro cómo se danza con ellos y los prueban.

Después, calentamos, con una música suave y agradable. Seguimos en círculo. Esto lo vuelvo a tomar prestado, esta vez de mis clases como alumna con Harizsa. Entonces, también se creó tribu. Cuando nos juntábamos teníamos esa necesidad de expresarnos y nos contábamos nuestras cosas mientras hacíamos el calentamiento. Al principio nos colocábamos como se hace normalmente en las clases, con la profesora delante, dando la espalada a las alumnas para que puedan copiar sus movimientos. Si una hablaba, el resto quería mirarla, por lo que nos íbamos girando, hasta que, de forma natural, íbamos formando un círculo en el que todas nos veíamos las caras. Llegó un día en el que las clases las empezamos ya en círculo.

DSC 0853

Ya hemos calentado y nos ponemos a bailar. Para mí, el tiempo se para y comienza un ejercicio de meditación. En danza del vientre es muy importante aprender a disociar las diferentes partes del cuerpo y moverlas por separado. Esto es un ejercicio brutal de consciencia corporal. Les voy enseñando la técnica de esta danza, primero con movimientos circulares y ondulatorios que nos ayudan a recuperar la feminidad ancestral que tenemos olvidada y, después, con golpes más secos que nos empoderan.

DSC 0864

Finalizamos con una coreografía que vamos poco a poco memorizando por si algún día queremos mostrarle al mundo lo que hemos aprendido. De momento, es para nosotras.

No tengo ninguna intención de ganarme la vida impartiendo clases de danza del vientre. Para mí, con una hora y media a la semana, de momento, es suficiente. Sólo necesitaba quitarme el mono. Gracias de nuevo, a Harizsa y a las chicas que vienen a mis clases.

¿Conoces la danza del vientre? ¿Te gustaría probar? ¿Practicas alguna otra actividad en tribu?

 

Publicado en Salud emocional

La biodanza y yo tenemos una relación de amor odio un poco rara. Por un lado, creo que está hecha para mí. Por otro, no soy capaz de encontrar un grupo regular en mi entorno. ¡Y mira que lo he intentado!

Para encontrarme bien siempre he necesitado hacer alguna actividad física, pero soy una persona que vivo algunas situaciones con cierta ansiedad, por lo que debo atender a mi estado emocional y hacer actividades que me ayuden a regular. Pero a mí nunca me han gustado el yoga o clases por el estilo. Siempre he buscado actividades más dinámicas. Por eso, asistí durante años a clases de danza del vientre con Harizsa, una profesora maravillosa, y ahora estoy formando un grupo en el que seré yo quien imparta las clases y del que seguro os hablaré.

Hace años, cuando pasaba mis peores momentos con la ansiedad, un amigo y mentor me recomendó realizar biodanza. Se trata de una actividad física en la que se conecta emocionalmente con una misma y los demás, que permite el autoconocimiento de nuestra esencia. Me animé a probar en unas sesiones guiadas por Carmen Manceras. Ya de la primera clase salí encantada, con mucho trabajo personal por hacer, pero muy contenta con la experiencia y dispuesta a continuar. Hicimos otras tres o cuatro sesiones, pero finalmente el grupo no salió. Un par de años después lo volví a intentar en otro espacio con Carmina Andújar, pero el grupo también se disolvió. Me cuesta entender que en Rivas, la ciudad en la que vivo, un lugar muy alternativo, no haya un grupo regular de biodanza, pero es así…

1biodanza 4

Tuve la suerte de conocer a Diana, una facilitadora que hace sesiones en las que las madres podemos ir a danzar con nuestros bebés. ¡Una delicia! He asistido a un par de clases con ella, la última en El Hilo Rojo, de donde son las fotografías de este post, tomadas por Arancha.

También probé una clase con Jazmín Mirelman, de Red Afectiva, en el Espacio Kenko. Ella misma me pidió un breve escrito sobre lo que viví en aquella sesión, que también podría resumir las clases con Diana. Con ello os dejo:

Llegué algo nerviosa a la clase. Un despiste y un GPS poco útil me hicieron llegar muy justa y acelerada, ya que acostumbro a ser puntual. Sólo con entrar en Espacio Kenko, algo en mí se tranquilizó. También iba un poco inquieta porque, aunque ya había realizado alguna sesión de biodanza con mi hijo, era la primera vez que lo haríamos cargando la bombona de oxigenoterapia.
Al entrar en la sala, Jazmín me recibió con mucho cariño y me permitió explicar nuestra situación, que Daibel tiene una enfermedad rara que le afecta a nivel motor, sensorial e intelectual y, en el momento de la sesión, tenía insuficiencia respiratoria, por lo que debía realizar la clase con él porteado delante y una mochila a la espalda con su bombona de oxígeno portátil.

1biodanza2

Tenía muchas ganas de experimentar la biodanza eso en compañía de mi hijo y no decepcionó. Es cierto que me cuesta un poco más conectar con la música, las compañeras y conmigo misma estando pendiente de mi hijo porteado y su oxígeno, pero, en definitiva, es una forma diferente de vivir la biodanza.

Ciertamente me escuché menos a mí, pero mucho más a nosotros. Supongo que es algo que caracteriza al purperio y, si le sumamos un hijo con necesidades especiales, la atención a la cría se intensifica más aún. La biodanza porteando permite ser muy consciente de lo que el bebé necesita y, en la práctica, supuso algún cambio de postura y de ropa para que Daibel se encontrar más cómodo y pudiera disfrutar plenamente de la experiencia.

1biodanza3

 

Disfruté mucho observando al resto de bebés interactuando con sus madres y mostrando qué les hacía sentir cada actividad propuesta. Y, como siempre, lo que más me gustó fueron los momentos de danzas grupales, en las que creamos la tribu tan necesaria y olvidada en la crianza actual.

Nuestra circunstancia especial no fue un impedimento para nada. Cuando me cansé de llevar la mochila con el oxígeno, la dejé en el suelo. Esto restó nuestra movilidad en el espacio, pero pudimos continuar perfectamente con la sesión.

Para nosotros, la biodanza porteando es un regalo entre madre e hijo. Un momento sólo para nosotros, de conexión, de entendimiento… de amor.

Yo siempre descubro algo nuevo en cada sesión, un sentimiento bloqueado, algo que limpiar, un deseo por cumplir… Os animo a probar la danza de la vida, para vosotros, o en compañía de vuestros hijos. Aquí podéis encontrar un montón de grupos y seguro que alguno os encaja.

¿Tú también has practicado Biodanza? ¿Qué actividades haces con tus hijos?

Publicado en Actividades