Hoy se cumple un año desde que mi padre recuperó su puesto de trabajo. La fábrica de Coca-Cola de Fuenlabrada se había pasado 20 meses cerrada. El 7 de septiembre de 2015 un grupo de unos 300 trabajadores y trabajadoras que habían estado luchando en la calle todos esos meses conseguían reabrirla y vencer a la multinacional. Sí, David contra Goliat.

Un año después de aquel emocionante momento, la lucha no ha terminado. La fábrica está abierta, sí, pero no produce. Es un almacén fantasma. No hay trabajo efectivo. Mi padre recuperó su empleo, pero no hace lo mismo que hacía. Se tiró meses yendo allí a pasar el rato. Ahora tiene algunas tareas asignadas, pero no un volumen de trabajo que abarque para 8 horas diarias. A Coca-Cola no le da la gana acatar las sentencias judiciales –y ya van 3- que dicen que el ERE que perpetró es nulo y los trabajadores deben reincorporarse en su puesto de trabajo. Además, hay otras causas particulares abiertas y mañana mismo dos compañeros, Juan Carlos Asenjo y Alberto Pérez, acudiran a los juzagados de Getafe  acusados de amenazas y coacciones en un pleno municipal en Leganés.

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Una familia dolida pero unida

Este conflicto laboral está siendo durísimo y mi familia se ha resentido mucho. A algunas personas les sorprende que mi padre no firmara el acuerdo con la empresa cuando tuvo la oportunidad. Se habría prejubilado y llevado una indemnización cuantiosa (aunque eso depende de cómo se mire, ya que los impuestos se habían llevado casi la mitad), pero habría perdido su dignidad. La mayoría de los trabajadores de la fábrica firmaron ese acuerdo. Era su decisión y seguro que han hecho lo que creen que era mejor para sus familias. Yo no habría entendido que mi padre lo hiciera. Me habría decepcionado. Mi padre no es así y no es lo que a mí me ha enseñado. Por eso estoy tan orgullosa de él y de mi madre, que le ha apoyado todo este tiempo.

El problema es que este conflicto laboral llegó en el peor momento posible. Tan sólo cuatro meses después de que Daibel naciera. En ese tiempo, la relación con mis padres cambió. Nuestros roles de padres e hija se desdibujaron. Estábamos viviendo la peor experiencia de nuestras vidas y no encontrábamos nuestro lugar. No tuvimos tiempo de sanar lo que nos estaba pasando con Daibel. De repente, teníamos que hacer frente a una situación muy dolorosa, emocionalmente convulsa que nos mantenía muy confusos a tod@s. Aderezamos todo este lío con un conflicto con nuestra familia extensa. El remate final…

Dolor, mucho dolor. Mis padres han sufrido lo indecible a todos los niveles, pero siempre juntos y con mucho apoyos inquebrantables.

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Este conflicto laboral me robó a mis padres cuando más les necesitaba. Ellos siempre han estado disponibles cada vez que les he llamado. No se trata de eso. Se trata de que nos robaron nuestro tiempo, nuestro duelo por la situación de Daibel, nuestras conversaciones para entendernos, para sanarnos. Mis padres empezaron a tomar antidepresivos a los pocos meses del despido. La situación nos sobrepasaba a todos. Recuerdo que mi padre me lo contó cuanto ya llevaban tomándolos un mes y cuando le pregunté que cómo lo llevaba me dijo “me han robado los sentimientos”. Así no se puede. Siempre pensé que se equivocaron con mi padre, que no necesitaba esas pastillas, pero claro, no es habitual ver a un hombre de su edad llorar. Los hombres de su edad no lloran, son duros como piedras y esconden sus emociones. ¡Venga ya! Soy una afortunada por tener al padre que tengo, que nunca ha tenido miedo de expresar sus emociones en mi presencia y que me ha educado para que yo no reprima las mías. Una verdadera suerte para gente de mi generación. Hace poco que ha dejado los antidepresivos –le provocaban arritmias- y he notado cómo ha comenzado a expresar un montón de ira contenida. Estaba ahí bloqueada. Vuelvo a reconocer a mi padre.

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Manifestaciones e infancia

Una de las cosas que peor he llevado es que no he podido  ir a muchas concentraciones y manifestaciones convocadas por #CocaColaEnLucha. Antes de que naciera Daibel yo iba a todo. Pero, ahora, su estado de salud no nos lo permite. Aún así, he ido a algunas. A veces sola y a veces con Daibel. Fui con él en varias ocasiones cuando las marchas se intensificaron semanas antes de que el Tribunal Supremo dictara la sentencia. Yo tenía que estar allí. No tenía otra manera de hacerlo que acompañada con Daibel, con su oxigeno y todo, pero allí estábamos. Quería estar con mi padre.

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¿Son las manifestaciones sitios para la infancia? Yo creo que en parte sí, siempre que se pueda asegurar que no corren ningún peligro, claro. En cierto modo, forma parte de su educación. Pero supongo que también puede verse como que estoy instrumentalizando a mi hijo al ceder su imagen en la lucha del conflicto. Bueno… yo sólo sé que es una realidad. Que esto nos ha pasado. Que sí, que a mí me rechina ver a niños en las manifestaciones del Foro de la Familia, pero es la educación que sus padres han elegido y yo ahí no tengo nada que opinar.

También he acudido a varias celebraciones en el Campamento de la Dignidad y presentaciones del libro “Somos Coca-Cola en lucha. Una autobiografía colectiva”, que vio la luz gracias a un exitoso crowdfunding, en el que hemos escrito mis padres y yo junto a un montón más de compañeros y compañeras. Es un libro que he tratado de leer varias veces, pero no puedo. Se me encharcan los ojos y no veo.

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Uno de los días de todo el conflicto en el que peor lo pasé fue el 15 de enero de 2015. La empresa entró en la fábrica con la intención de desmantelarla, protegida por un enorme despliegue policial. Yo estaba en casa desesperada, viendo las imágenes por televisión de los compañeros de mis padres heridos por las cargas policiales. Decían que había 4 heridos. Mi madre resultó ser una de ellas. No por las cargas, sino porque se cayó en el tumulto y se fracturó un pierna. Se me pone un nudo en la garganta al recordarlo.

Y así pasó, que en esas manifestaciones de la primavera de 2015, que nos parecían tan importantes, en las que queríamos acompañarles a toda costa, esta es la pinta que teníamos. ¡Vaya cuadro! Un espectáculo de familia, pero unida.

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#HijaOrgullosa

Siento un orgullo enorme por mis padres, que se han mantenido unidos y firmes en sus convicciones a pesar de no habérselo puesto nada fácil. Gracias por luchar por lo que mi abuelo construyó y por un mundo mejor para vuestro nieto.

¡Hasta la victoria siempre!

¿Qué opinas de que los niños vayan a las manifestaciones? ¿Vas con tus hijos? ¿Hay alguna situación similar que haya marcado tu maternidad?

Publicado en Crianza