Miércoles, 26 Julio 2017 09:24

9 cosas que adoraba de mi abuela

Mi abuela Aurora falleció hace un año. Se trata la primera muerte que he tenido que afrontar de verdad. Cuando era niña fallecieron mi bisabuela y Jose, pero eso… era niña y no fui consciente del duelo que suponía, aunque entiendo que lo debí pasar igualmente.

Hoy me hago este regalo; me permito escribir sobre mi abuela porque en este año apenas he hablado de ella y no he dejado que pasara mucho tiempo por mi cabeza. Ha sido así porque cada vez que se viene a mis pensamientos siento mucho dolor. Su muerte sucedió en un ambiente enrarecido por problemas familiares y, además, sufrió mucho. No se lo merecía. No nos lo merecíamos. En este año, acordarme de ella ha supuesto acordarme de su feo final y me ha resultado muy doloroso. Tampoco he podido ir a su casa, no me encuentro con fuerzas. Por eso me regalo esta lista. Es para mí, para ella y para todo los que la quisimos. Quiero recordarla por lo que fue, por lo que hizo, por lo que me enseñó y no sólo por su turbio final.

Aquí van las 9 cosas que adoraba de mi abuela:

1. Podía hablar con ella de todo

Teníamos una gran complicidad. Yo le contaba mis cosas, mis preocupaciones y ella me aconsejaba. Pero también al revés. Hemos hablado mucho sobre cómo se sentía ella ante ciertas situaciones, conflictos, su enfermedad.

2. Sus manos

A ella le perecería mentira. Decía que eran todo pellejo. Al final era verdad y también tenían manchas de la edad, pero para mí eran preciosas. Las tenía siempre muy cuidadas, suaves y calientes. Me encantaba cogerle de la mano y ver cómo cogía la de mi abuelo.

3. Sus albóndigas y su sopa de marisco

El plato estrella de mi abuela era la ensaladilla rusa, pero nunca he sido muy fan. Yo prefiero sus albóndigas (sé que mi primo estará de acuerdo) y su sopa rápida de marisco. Una de las mejores ideas que he tenido en la vida es pedirle esas recetas cuando me independicé. No las he hecho mucho en el último año porque me invadía la tristeza, pero eso tiene que cambiar. Es curioso, ambas llevan pastilla de caldo y quienes me conocen un poco saben que no es de mis ingredientes favoritos. Pero yo se lo pongo. No cambio nada de sus recetas.

4. Se despedía siempre diciendo ‘que lo paséis bien’

No decía adiós, ni hasta luego, sino que te deseaba algo bueno. Además, aunque estuviese muy malita, te seguía hasta el ascensor y te despedía allí, aprovechando hasta el último segundo para mirarte y hablar contigo.

5. Su coquetería

No se me ha pegado nada, pero ella iba siempre impoluta. Cuidaba mucho su ropa y su aspecto. Se dedicaba tiempo para verse bien.

6. Era muy detallista

A ella siempre le gustó agradar y tenía muchos detalles y siempre daba en el clavo. Tenía buen ojo para saber qué le gustaba a los demás. Ahora se me viene a la cabeza el primer regalo que le hizo a Daibel nada más nacer. Un marco de fotos y un chupetero preciosos, elegidos con mucho gusto. Nos son típicos, no son cualquiera que puedas encontrar por ahí, tienen su esencia.

7. Sus dotes de mando

Bueno, esto no me gustaba siempre… Ni a mí, ni a los que le rodeábamos. Era muy mandona, muy matriarca. Nos traía locos casi siempre por ello, pero quiero ver su parte buena. Fue una mujer fuerte que nunca se dejó pisotear por nadie. Tenía las ideas claras y no se hacía pequeña ante nadie.

8. Estaba muy orgullosa de mí

Fue siempre una inyección de autoestima para mí. Se alegraba hasta el infinito de mis logros y me alentaba muchísimo cuando le contaba mis planes. Sé que el nacimiento de Daibel fue para ella como un fracaso. Por primera vez en mi vida algo no me salía tan bien como ella quería. Es de las pocas personas que se atrevía a decirlo. En definitiva, ella sabía que con él en mi vida sufro mucho y desearía que no fuera así. Yo no conseguí hacerle ver que Daibel también me hace feliz.

9. Su historia

Hemos pasado muchas horas hablando de cuando era niña y joven. Muchas de nuestras conversaciones tienen que ver con cómo crió a sus cuatro hijos. Me encantaba escucharla. Además, mi abuelo es un gran fotógrafo, por lo que hay documento gráfico de cada cosa. Muy a menudo salían fotos antiguas de los cajones y comentábamos sobre ellas. Eso es oro puro.

Gracias, abuela, por haberme hecho posible y por acompañarme en mi vida. Siento haber estado tan alejada este año. Es mi proceso, lo hago lo mejor que puedo. Siento que con esta lista doy  un paso más para recordarte como te mereces.

Te querré siempre

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“La culpa viene con el pack de madre”. Es una frase que he dicho muchas veces. No conozco a ninguna madre que no se haya sentido culpable alguna vez. Pero hoy quiero reflexionar sobre esto porque, aunque parece que la culpa es algo inherente a nosotras, también parece que no es algo útil. Yo hoy os propongo hacer que sirva para algo, desprendiéndonos de la culpa innecesaria y quedándonos con la parte que nos hace mejorar, si es que eso es posible.

Mi culpa

Yo experimenté la culpa materna nada más nacer Daibel, cuando nos separaron. No me sentí culpable porque nos separaran, sino por sentirme aliviada por ello. Hay una explicación fisiológica para que me pasara eso, pero no me voy a detener en ella; en primer lugar, porque tendría que explicar cómo fue mi parto y todavía no puedo; en segundo, porque este post va de otra cosa. Al menos diré, que era normal sentir alivio en aquella situación porque me habían robado el parto y mis hormonas estaban bloqueadas y no estaban haciendo su función.

Durante el ingreso en neonatos me sentí culpable en muchas ocasiones, en relación con la lactancia, con las separaciones nocturnas o simplemente por marcharme al baño o a comer. Esa culpa tampoco era mía, pero lo de que las maternidades no son de verdad también es otro tema.

El momento álgido de la culpa en mi relación con Daibel viene con sus diagnósticos: el resultado devastador de su resonancia cerebral, el diagnóstico genético, los resultados de analíticas de inmunoglobulinas, de alergias, radiografías, ecografías… Es lo que Bei, de Tigriteando, llama culpa genética en muchos de sus textos. Con el primero de estos diagnósticos me vino una pregunta a la cabeza: “¿Qué he hecho?”. Pero no del tipo “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, sino “¿Qué narices he creado? ¿Qué barbaridad le he hecho yo a este niño?”. Y voy a cambiar de párrafo…

En estos casi 4 años he vuelto a sentir culpa en numerosas ocasiones. Esa culpa genérica de las madres cuando nos marchamos a hacer otras cosas, cuando pasamos más rato de lo aconsejable mirando el móvil, cuando le escuchamos llorar y no le podemos coger porque entonces se nos quema la comida…

Por último, me gustaría comentar la culpa que siento con la epilepsia. En dos ocasiones, en estos 4 años, he olvidado darle la medicación para la epilepsia. A las 4 horas Daibel convulsionaba. Ya me diréis si es evitable sentir culpa en esta situación… Cada vez que tiene una crisis pongo en marcha mi memoria para analiza qué hemos hecho ese día, qué le he dado de comer, con qué le he estimulado, cuánto tiempo ha estado en no sé qué postura…

La culpa innecesaria

La culpa nos hace sentir mal y tendemos a querer desterrarla, aunque nos resulta muy difícil conseguirlo o, incluso, imposible. Cuando salió el libro de Mamamorfosis yo andaba dándole vueltas a esto. Lo primero que hice cuando Aguamarina lo publicó fue irme a buscar el capítulo de la culpa para ver si me daba respuestas. Entre otros, está este texto publicado por Aguamarina también en De mi casa al mundo. En él se dice que la culpa no sirve para nada. Sentí que estaba muy de acuerdo, pero, a la vez, se me quedaba corto. Este ‘mal endémico’ de las madres no viene de la nada. Todas sabemos que tiene que ver con la educación que hemos recibido y la cultura en la que vivimos.

Entonces, os animo a que nos desprendamos de la culpa genérica. Esa que tiene que ver con ser súper mujeres, con ser perfectas, con la autoexigencia.

Hace unas semanas me planté. Coincidiendo con las reflexiones que me llevaron a este artículo, decidí que iba a dejar de ser una madre sufridora, (término que le cojo prestado a mi amiga Sara). La madre sufridora es aquella que deja de cenar la sopa calentita que tanto le gusta cenar en invierno para que el hijo tenga un puré que también le gusta mucho al día siguiente. Decidí que iba a volver a cenar sopa en invierno, que iba a hacer planes con amigas para poder despejarme, que iba a sacar tiempo para estudiar o coser… En definitva, que iba a dejar de sentirme culpable por dedicarme tiempo. Y ya sabéis, esto repercute en el beneficio de todos.

¡Ojo! Que aunque hoy estoy hablando de la culpa de las madres, también la he visto en el padre de Daibel. Se come la cabeza, incluso más que yo, cuando tiene una crisis epiléptica y también le he visto sentirse culpable por salir con los amigos y no dedicarnos ese tiempo a nosotros. Cuando ves esa culpa en otra persona tan cercana y te das cuenta de lo absurdo que es, más claro tienes que hay que desprenderse de ella.

La culpa necesaria

¡Pero! Hay una parte de la culpa a la que le encuentro un sentido. Es esa a la que queremos llamar responsabilidad, aunque no siempre nos sale.

Este concepto lo pulí cuando hacía terapia con otras madres con Dani, un psicólogo de Con o sin diván. La conclusión que saqué es que ‘la culpa buena’ nos ayuda a regular ciertos asuntos. Esa culpa se encarga de que en vez de olvidarme de la medicación 400 veces, solo sean 2. Es la que me hace ser responsable y éste me parece un matiz importante. Durante mucho tiempo he tratado de convertir la culpa en responsabilidad, pero finalmente he entendido que la segunda es consecuencia de la primera. No las puedo separar, vienen juntas en el pack de madre.

Así que mi objetivo es filtrar, pulir esa culpa para hacerla útil, no desterrarla, porque a veces la necesitamos. 

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En el último post me desnudé contando cómo he vivido lo que para mí ha sido el final de mi puerperio. Escribir ese artículo fue sanador y quise compartirlo por si a alguien más le ayudaba. Si compartí aquello, no puedo dejar de publicar la respuesta que me dio Jazmín Mirelman, psicóloga perinatal de Red Afectiva, tras leerlo. Sus palabras son más esclarecedoras aún y me han ayudado a comprender mucho mejor todo este proceso.

Como buena argentina, tiene un dominio exquisito de la palabra y un profundo conocimiento de la psique humana; por eso, su texto tiene tanto valor. Que lo disfrutes…

Querida Ana,

Me gustaría reiterarte la admiración que me mereces por cómo cuidas a Daibel, a tu familia y a ti misma y por el importante trabajo que realizas a través de estos relatos, que dan tanto que pensar.

Puedo leer en tus palabras una gratitud por el encuentro que tuvimos, que nos permitió hablar pero no tapar, dejar que se abrieran ventanas y que por allí pasara el tiempo, el aire, la crisis y las ocurrencias.

Creo que hablas de puerperios y de duelos. Así, en plural, ya que son muchas las recuperaciones que el cuerpo y el psiquismo deben atravesar para retornar a un lugar que ya no es punto de partida (la mujer que antes no fue madre) pero que tampoco es la permanencia en el estado gestante (la mujer que empieza  tímidamente a sospechar que también será madre). También son muchos los duelos por los que transitamos en la maternidad y muchos más cuando el desarrollo y salud de nuestro hijo no es el esperado. Estos puerperios y estos duelos no ocurren uno detrás del otro según el tiempo del reloj, sino que son otros tiempos que van ocurriendo, dejando de ocurrir y reapareciendo cuando menos los esperas, como una espiral. Y es hermoso cómo describes una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañera de camino, Fe. Crear una nueva relación más vital.

Con “agotamiento” se designa tanto a la acción como al efecto del verbo agotar, que proviene etimológicamente del latín “eguttāre” y alude a que algo ya ha perdido su contenido, se ha vaciado.

En esa acepción podríamos encontrar una buena definición del fin del puerperio, ya se ha vaciado el cuerpo de todo signo que remita al hijo, pero hay otro matiz que me sugiere la palabra 'contenido' que se refiere al sentido, a lo que se dice de algo, el contenido de una frase, el contenido de una biografía, el contenido de una vida…y me pregunto si lo que se ha agotado en este momento es el sentido o los distintos sentidos (significados provisionales) que servían antes para comprender, aceptar, vivir la relación con Daibel. Un vacío, una nada, que es el principio de algo nuevo, aun por nacer. Y veo esta ocurrencia como una posibilidad, una nueva comprensión que te permite acercarte más a tu compañero de camino, Daibel. Crear una relación más vital, más actual, tomando el símil de la relación con (la) Fe. Qué buena metáfora, ya que la fe, además de aquel constructo mágico y terrorífico de la religión, también podría ser la confianza, la certeza de que detrás siempre hay algo, otra cosa, lo nuevo, que la vida, mientras viva, no se agota, aunque por momentos estemos cansadas y necesitemos una pausa que cuesta mucho lograr.

Espero que mis palabras y este pensar juntas nos siga construyendo y enlazando, entretejiendo y enredando.

¿Te sientes identificada en el análisis que hace Jazmín? ¿Crees que has pasado algún duelo en tu maternidad?

 

 

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Hace meses que me hago esta pregunta. Me rondaba la cabeza cuando se acercaba el cumpleaños de Daibel y no tenía una respuesta. Llegué a planteársela a Jazmín Mirelman, psicóloga perinatal de Red Afectiva. Charlamos un rato sobre ello, pero sin llegar a una conclusión concreta. Aquel no era momento de conclusiones; necesitaba tiempo para encontrar mis propias respuestas. Hoy lo tengo mucho más claro y quiero compartir con vosotras y vosotros mis reflexiones. Son muy personales, basadas en mi experiencia, pero para mí han sido esclarecedoras y a lo mejor pueden ayudar a alguien más a entender, a entenderse…

¿Qué es el puerperio?

Antes de pasar a mis reflexiones, me gustaría aclarar qué es el puerperio, o, más bien, a qué me estoy refiriendo yo cuando hablo de puerperio. El puerperio, desde un punto de vista fisiológio, “se define como el periodo de tiempo que va desde el momento en que el útero expulsa la placenta hasta un límite variable, generalmente 6 semanas, en que vuelve a la normalidad el organismo femenino. Se caracteriza por una serie de transformaciones progresivas  de orden anatómico y funcional que hacen regresar paulatinamente todas las modificaciones gravídicas (involución puerperal).” Esta definición la podéis encontrar en este artículo de El Parto es Nuestro. Otras acepciones del puerperio, que tienen en cuenta nos sólo lo fisiológico, sino también lo hormonal y emocional, sitúan el final del puerperio entorno al primer cumpleaños del bebé.

Yo voy un poco más allá. Yo estoy considerando que el puerperio dura 3 años, aproximadamente, cuando llega ese momento en el que se deja de contar la edad del bebé por meses. Ya no es un bebé, es un niño. A esa edad, la dependencia de los niños ‘normortípicos’ es menor. Ya tienen un desplazamiento autónomo muy depurado, muchos controlan ya esfínteres durante el día, se alimentan solos, etc. No es casual que la escolarización en los colegios se produzca a esta edad, ya que están más preparados para separarse durante algunas horas de sus figuras de apego. Los padres también están más preparados, y puede que deseosos, de esa separación. Parece que en torno a los 3 años hay un botón que se desactiva solo y que dice ‘has cumplido, ya puedes relajarte un poco’. Entonces, llega el momento de disfrutar de los hijos de otra manera, de observar cómo su autonomía crece por momentos. No estoy diciendo que a esta edad tu hijo ya no te necesite y no sea demandante, pero lo es de otra manera.

¿Qué pasa si se acaba el puerperio y sigo teniendo un bebé?

Creo que, desde un punto de vista emocional, las madres estamos preparadas para atender esa dependencia un tiempo determinado, unos 3 años, lo que es para mí el puerperio. Pero, ¿qué pasa si se acaba el puerperio y sigo teniendo un bebé? ¿Qué pasa si, como en el caso de Daibel, su dependencia sigue siendo la de un bebé de pocos meses? Ahora tengo una respuesta clara: ¡que te agotas! Creo que puede parecer una perogrullada, pero es una conclusión que me ha llevado mi tiempo sacar.

El tercer cumpleaños de Daibel supuso una revolución en nuestra casa. Casualmente (o no tanto), yo empecé a trabajar ese mismo mes, después de, exactamente, 4 años en el paro. Como ya te conté, yo no estaba buscando trabajo porque pensaba que no encontraría nada que pudiera soportar el trajín de médicos, terapias, urgencia y hospitalizaciones de Daibel. Pero el trabajo me encontró a mí y resulta que es perfecto para nuestra situación. ¡Gracias, universo! El proceso de adaptación al trabajo me ha resultado bastante duro, lo que explica mi escasa aparición por aquí estos meses. Ha coincidido con varios procesos delicados en la salud de Daibel y con el fin de mi puerperio y, por tanto, una revolución emocional. Me ha costado encajar que la dependencia de Daibel sigue siendo muy alta, aunque yo ya estoy preparada para separarme de él en ciertos momentos y, por ejemplo, disfrutar de una oportunidad profesional que me está apasionando. Más adelante os hablaré más en profundidad de cómo conciliamos y de por qué me ha costado adaptarme al trabajo, que tiene su miga…

Estos meses he pasado momentos de mucha frustración y rabia. Me han invadido, a veces, fantasmas pasados que me hacían pensar que así no se puede ser feliz. He tenido que atravesar un nuevo proceso de aceptación de la situación de mi hijo (ya voy por el tercero) y creo que aún no he quemado esa etapa, pero sí pienso que ya tengo más respuestas, más aprendizaje.

Aprender y comprender

Hace casi 2 años, conocí a un grupo de mujeres maravillosas, madres de otros niños con necesidades especiales con las que he estado haciendo terapia. La primera vez que nos vimos, sentí que no encajaba y sé que ellas también. Menos mal que nos dimos la oportunidad de seguir conociéndonos, ya que, para mí, han sido un pilar en mi estabilidad emocional desde entonces. Además, les agradezco mucho que hayan pasado por el blog para contar un trocito de sus historias y las de Bruno, Mel y Henar.

Ahora entiendo porqué nos costó entendernos aquel día. Hace 2 años, Daibel tenía año y medio, pero los hijos de las demás, eran todos mayores de 3 años. Los puerperios de aquellas mujeres habían acabado y estaban agotadas. Visto desde fuera, costaba entender que, siendo la madre con la situación más delicada desde el punto de vista médico, fuera la que más energía y pensamientos positivos tenía en ese momento. Me faltaba rodaje. Me acuerdo perfectamente de como Fe explicaba el estrés que le producía planificar los fines de semana que pasaba con Henar. Yo le pedí que me lo explicara con más detalle porque no la entendía. Ay, amiga, que ingenua fui… Cómo me veo ahora reflejada en aquella explicación. Nuestras razones son distintas, pero me temo que la ansiedad que sentimos se parece mucho.

Espero que a mi proceso de aceptación no le quede mucho recorrido. Siento que al escribir este texto el círculo se está cerrando. Gracias por estar al otro lado.

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Viernes, 20 Enero 2017 12:40

A malos tiempos, buenas manualidades

Buena parte de nuestro 2016 fue bastante dura, como ya te conté en el post de aniversario. Sobre todo, se nos hizo muy difícil el verano, en el que Daibel tuvo un brote de epilepsia horrible, falleció mi abuela y no pudimos marcharnos unos días de vacaciones. Siempre os cuento que las manualidades se han convertido en mi válvula de escape y menos mal que me agarré a ellas en el último verano. Como no podíamos visitar algún sitio bonito, escapar del calor de Madrid y despejarnos, me puse a crear. Las manualidades me ayudaron a serenarme, concentrarme en algo bello, distraer mi mente, que se enreda fácilmente en lo angustioso... Me salvaron de enfangarme más todavía.

Quiero compartir con vosotros una recopilación de las manualidades que he hecho en los últimos meses. Tengo dos objetivos: enlazar los tutoriales que he seguido por si os dan ideas para hacer vuestras creaciones y demostrar que cualquiera puede. No me cansaré de decir que a mí nunca me gustaron las manualidades, que nunca se me han dado bien, que mi madre me acababa los trabajos del colegio, pero que la maternidad es capaz de transformarnos hasta el punto de que ahora las adoro y las necesito. Y, ¡oye, que no se me da tan mal! Hay resultados muy dignos, de los que me siento muy orgullosa en lo que os voy a enseñar.

Fieltro y lana cardada

Me encanta coser fieltro. Es muy fácil y siento como cada puntada me sana. Muchas de las cosas que hago son para regalar y me encanta hacerlas pensando en quien las va a disfrutar. Siento que me conecta con esas personas. Me gusta mucho pensarlas. También me encanta combinar la costura del fieltro con adornos de lana cardada. Queda muy bonito y pinchar la lana desestresa un montón.

Así, en verano hice estas marionetas de dedos para Martín, buscando ideas en Pinterest.

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Este Totoro se lo regalé a David y Javi. ¡Y me voy  a hacer otro para mí! Aquí podéis ver el tutorial que seguí.

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Lo que más he hecho son animales de fieltro en 2D y en 3D. Los animales planos es lo primero que aprendí a hacer gracias a Marta, una vecina que quedó un par de veces conmigo para enseñarme. El conejo lo hice siguiendo este tutorial. Además, hice una gallina y un zorro siguiendo las instrucciones de este libro de Tamara Chubarovsky.

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Mi amiga Cris me encargó un tres en raya. Fue mi primera creación sin seguir un tutorial y estoy encantada con el resultado. Irene también me encargó uno sobre superhéroes y otro de abejas y mariquitas.

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Mandalas

Ya lo sabes. Me gusta dibujar mandalas. En este post te conté cómo los hago para regalárselos a mis seres queridos. Además, al inicio de cada estación, dibujo uno y lo cuelgo en mi nevera.

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Este verano me animé a dibujar un mandala con lana, siguiendo este tutorial de De mi casa al Mundo.

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Y cuando a Daibel le hospitalizan, me llevo mis libros de arteterapia para relajarme en los ratos muertos.

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Grandes proyectos

El año pasado Kike y yo hicimos dos grandes proyectos para Nora. La primera fue esta casita de duendes. Cuando Daibel nació le regalaron unos productos de higiene de Weleda que venían en una caja monísima en forma de casita. En cuanto la vi, decidí que con ella haría un juguete para mi hijo. Pero Daibel no coge objetos ni juega con objetos convencionales, así que ahí estuvo la caja más de dos años cogiendo polvo… Pensé que la idea era buena y que otro niño debía disfrutarla, así que se la hice a Nora con mucho cariño. Con la ayuda de Kike, le hice dos pisos a la casa, la decoramos, y creamos los muebles  con la típica mezcla de cola, agua y papel de periódico. Los duendes son de lana cardada y los hice siguiendo este tutorial, que también seguí para crear los gnomos de la siguiente manualidad.

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 En verano hicimos la una casa del árbol para gnomos. Para mí, es la cosa más bonita que he creado nunca y disfrutamos cantidad haciéndola. Kike y yo pasamos un fin de semana montándola. Cada 10 minutos se nos ocurría algo nuevo que añadir. Fue un proceso de lo más creativo. Empezamos con la idea de hacer lo que se propone en este tutorial, pero ya veis que el resultado es bastante distinto porque las ideas nos salían a borbotones.

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Material adaptado

Cuando nacieron Leia y Mario, quise hacerles algo especial. Les regalé un sonajero adaptado a cada uno. También hice uno para Daibel. Te conté cómo lo hice en este tuturial.

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En otoño, con mucho cariño, cosí un parche y un antifaz que me encargó el fisioterapeuta de Daibel. Lo usa con otros niñ@s a los que trata en el centro de atención temprana para estimular el sistema vestibular, el equilibro, la propiocepción y la consciencia espacial.

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Tengo en marcha, desde hace meses, la creación de una manta sensorial. Ya sabéis que desde que empecé a trabajar dispongo de poco tiempo y la verdad es que este proyecto se me ha estancado. Cuando lo tenga terminado, os contaré en detalle cómo la he hecho y sobre todo por qué. A grandes rasgos os puedo contar que Daibel no quiere coger objetos, pero sí explora ciertas texturas. Aunque la manta no está terminada, sí que tengo los elementos seleccionados y se los ofrezco para que los toque.

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Espero seguir creando en 2017.

¿Me enseñas tus creaciones de 2016? ¿Te ha dado alguna idea este post? ¿Hau alguna manualidad que quieras hacer?

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Sábado, 09 Julio 2016 10:54

Danzar en tribu

Durante 8 años tomé clases de danza del vientre con Harizsa. Me encantaban, me entusiasmaban. Tuve la mejor de las profesoras, que me enseñó esta danza milenaria muy al detalle, dándome la oportunidad de aprender a bailar con casi todos los elementos que la acompañan (velo, alas de isis, crótalos, bastón, abanicos, sable…) y diferentes estilos (danza clásica egipcia, tribal, andalusí…). Se me daba bien y aprendía rápido. Parecía que esta danza estuviese dentro de mí desde siempre. Sustituí a Harizsa en algunas de sus clases, durante alguno de sus viajes, en su baja maternal, etc. Alguna vez me ofrecieron impartir clases más en serio, pero yo nunca quise. No quería convertir mi hobby en mi trabajo y, además, me parecía poco serio dedicarme a ello profesionalmente cuando en realidad yo no tengo una verdadera formación.

Cuando Daibel nació dejé las clases. Eran en Móstoles y yo ya no podía desplazarme hasta allí. Dejé de bailar durante dos años y lo echaba mucho de menos, pero no veía la forma de retomar las clases, ni siquiera en Rivas. Un día recibí un mensaje de una usuaria del Banco del Tiempo de Rivas (BdT) diciéndome que quería aprender a bailar danza del vientre, que es uno de los servicios que ofrezco. Me hizo mucha ilusión que me lo pidiera y organizamos un taller de cuatro sesiones abierto a todos los usuarios del BdT. Funcionó muy bien. Me encantó volver a bailar y, dado que las clases habían gustado, planteé a las gestoras del BdT hacerlas regulares durante el curso.

Funcionamos como una tribu

Después de un 2015 complicado, necesitaba buscar un rato para mí. Necesitaba retomar algo que me encanta, hacer una actividad física y despejarme.  Lo cierto es que mi disponibilidad era un problema, porque sólo podía impartir las clases los viernes por la tarde, y con las personas del BdT que se apuntaron en ese horario no era suficiente para abrir el grupo. Así que pasé la información en un par de grupos de madres que tengo en Whatsapp y… ¡MAGIA! Sin proponérmelo, se formó un grupo precioso en el que todas somos madres o educadoras, comprometidas con la infancia, la crianza y la educación respetuosas. Somos muy diferentes, pero, a la vez, tenemos mucho en común.

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Hemos hecho una pequeña tribu en la que compartimos y nos ayudamos. Es un espacio en el que me siento muy querida y cuidada, donde se me entiende. Allí puedo expresar mis temores y preocupaciones y no se me juzga y casi ni se me aconseja, sino que se me acompaña, que es diferente y mucho más enriquecedor. Es mágico. Os doy las gracias, chicas.

Un grupo lleno de intercambios

De pronto, encontré la manera de volver a bailar. Yo no podía permitirme pagar las clases, así que pensé que esto se resolvía impartiéndolas yo. Por eso son gratis, porque no soy profesional. También porque son una actividad del BdT, en el que no se puede hacer ningún intercambio con dinero. Y, además, porque se establece una relación simbiótica. Las chicas vienen a una actividad que les apetecía conocer y colaboran en cubrir mi necesidad de darme ese tiempo para mí.

Al ser una actividad del BdT, establecimos una forma de intercambio. Así, cada semana, una de las alumnas me hace un favor a mí o a Stella, otra usuaria de BdT que nos ha cedido el espacio para poder dar las clases. Y aquí se vuelve a hacer magia otra vez porque los intercambios han sido de lo más variados y no sólo con Stella y conmigo, sino también entre el resto de asistentes y, además, ha sido punto de encuentro de otro proyecto del BdT, el grupo de Mamis. La cuadratura de todos los círculos se produjo en Semana Santa, cuando ambos grupos nos fuimos de excursión por el Soto de las Juntas. También, es muy interesante el grupo de consumo que se ha creado gracias a que Irene, una de las alumnas, que nos ofreció colaborar con el Huertológico. Yo no participo porque en casa tenemos un huerto urbano en la terraza, pero sé que las chicas que sí colaboran están encantadas con la iniciativa. Le pediré a alguna que nos cuenten aquí su experiencia, porque me parece muy interesante el enfoque que le están dando con respecto a sus hijos.

También compartimos charlas intensas en las que nos enseñamos lo que sabemos las unas a las otras y nos conocemos. Es curioso percibir la necesidad que todas tenemos de expresar ciertas inquietudes ante otras mujeres con las que nos sentimos cómodas. Recuerdo con especial cariño un día que dimos la clase en la Casa de Asociaciones, en vez de en casa de Stella, y a la salida todavía teníamos mucho que compartir. Terminamos todas sentadas en el suelo del pasillo, entorpeciendo el paso a las personas que querían entrar en el baño. Aquel día Macarena planteó el tema de cómo hablar a sus hijos sobre los niños que tienen diversidad funcional, ya que no quería caer en la pena. Me temo que buscaba mi respuesta como ‘opinión autorizada’, pero realmente yo no me he enfrentado a esa situación y sólo se me ocurría apelar a la naturalidad y al sentido común. Más fina estuvo Soraya, La Mamá de Pequeñita, que explicó cómo introducía este tema con sus alumnas, mostrando la importancia de que los adultos ejerzamos un trato igualitario e inclusivo que los niños y niñas imitarán e integraran con normalidad.

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Aquí os dejo un listado de los intercambios que se han producido desde que iniciamos las clases en febrero, incluyendo la clase de yoga que me ofreció Vitoymás Yoga, la presentación de Crianza Mágica ante las alumnas de la Mamá de Pequeñita, los talleres en El Hilo Rojo, el espacio de Arancha, y las fotografías que acompañan a este artículo, hechas por Roberto Mora. ¿No os parece una maravilla tener la posibilidad de contar con toda esta ayuda?

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Cómo es una de mis clases

No quiero acabar sin contaros cómo es una de las clases que imparto y que no serían posibles sin las enseñanzas de Harizsa, a quien le estoy muy agradecida por todo lo que me ha dado. Ahora no tenemos mucho contacto, pero siento que estamos cerca.

Comenzamos sentándonos en el suelo y abriendo una ronda de palabra. La que quiera puede compartir cualquier inquietud o experiencia de su semana, esté o no relacionada con la danza. Solemos hablar mucho de los niños. Estas conversaciones a veces se alargan y a veces no. En ocasiones tenemos más necesidad de expresarnos y lo respetamos. Esta práctica para iniciar la clase la tomé prestada de la biodanza. Ya te conté aquí que he asistido a algunas sesiones y todas las clases comienzan así. Es algo que me encanta porque nos permite conocernos un poco más y expresarnos, liberarnos.

Uno de mis objetivos al impartir estas clases es dar a conocer algunos aspectos de la cultura árabe a través de la danza. Por ello, en algunas clases, después de charlar, les cuento algo de lo que yo sé, gracias a Harizsa, apoyándome en uno los elementos de la danza del vientre, les muestro cómo se danza con ellos y los prueban.

Después, calentamos, con una música suave y agradable. Seguimos en círculo. Esto lo vuelvo a tomar prestado, esta vez de mis clases como alumna con Harizsa. Entonces, también se creó tribu. Cuando nos juntábamos teníamos esa necesidad de expresarnos y nos contábamos nuestras cosas mientras hacíamos el calentamiento. Al principio nos colocábamos como se hace normalmente en las clases, con la profesora delante, dando la espalada a las alumnas para que puedan copiar sus movimientos. Si una hablaba, el resto quería mirarla, por lo que nos íbamos girando, hasta que, de forma natural, íbamos formando un círculo en el que todas nos veíamos las caras. Llegó un día en el que las clases las empezamos ya en círculo.

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Ya hemos calentado y nos ponemos a bailar. Para mí, el tiempo se para y comienza un ejercicio de meditación. En danza del vientre es muy importante aprender a disociar las diferentes partes del cuerpo y moverlas por separado. Esto es un ejercicio brutal de consciencia corporal. Les voy enseñando la técnica de esta danza, primero con movimientos circulares y ondulatorios que nos ayudan a recuperar la feminidad ancestral que tenemos olvidada y, después, con golpes más secos que nos empoderan.

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Finalizamos con una coreografía que vamos poco a poco memorizando por si algún día queremos mostrarle al mundo lo que hemos aprendido. De momento, es para nosotras.

No tengo ninguna intención de ganarme la vida impartiendo clases de danza del vientre. Para mí, con una hora y media a la semana, de momento, es suficiente. Sólo necesitaba quitarme el mono. Gracias de nuevo, a Harizsa y a las chicas que vienen a mis clases.

¿Conoces la danza del vientre? ¿Te gustaría probar? ¿Practicas alguna otra actividad en tribu?

 

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Desde que me quedé si trabajo en el verano de 2012, me propuse hacer la mayor parte de los regalos a mano. Así, ahorraría costes y serían presentes muy especiales y hechos con mucho cariño. No lo tenía fácil porque siempre se me habían dado mal las manualidades. Todavía recuerdo mis primeras creaciones… unas macetas hechas con los botes de leche en polvo que tomaba Nora, la hija de unos amigos. Eran un churro, pero yo estaba orgullosísima de poder hacer algo con mis propias manos. Seis meses después de aquella decisión, me quedé embarazada y ahí arrancó mi creatividad, que está desbocada y que me lleva por caminos insospechados, como ya te conté aquí. Haré otros post con ideas para hacer regalos hechos a mano, pero en este me voy a centrar en los mandalas, que han sido el regalo que he hecho a muchos de mis allegados en el solsticio de invierno.

Como ya te he contado por aquí y en redes sociales, me he aficionado a hacer mandalas porque es una actividad muy relajante, que me ayuda a calmarme. Suelo hacerlos cuando me siento acelerada. En este enlace puedes leer más sobre los beneficios de esta técnica de meditación. Aunque pueden parecer difíciles por la cantidad de trazos y figuras geométricas que tiene, son muy fáciles de hacer. Yo me animé tras ver el vídeo que colgó Aguamarina en su blog.

Me reservo el primer mandala que hice para otro post muy especial, pero sí te puedo contar que me enganchó al momento y que cuando lo terminé, el resultado me fascinó. No podía creer que yo hubiese hecho aquello que me parecía tan bonito.

Como me gustó tanto, seguí haciendo mandalas y pensé que podrían ser un bonito regalo para la gente de mi entorno. Entonces, comencé a dibujarlos pensando en la persona a la que se lo quería regalar. Así hice estos dos, como regalo de fin de curso para los terapeutas de Daibel. Me hace mucha ilusión verlos colgados en la pared de sus consultas, junto a los dibujos de sus pacientes XD.

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Decidí que serían el regalo del pasado diciembre para mis familiares y amigos, para las personas que tanto nos están ayudando en los últimos meses. Por lo que en noviembre comencé a crearlos.

Te cuento el proceso

Para hacer mandalas necesito los siguientes materiales:

  •          Folios u otra superficie en la que quieras dibujar el mandala
  •          Objetos de forma circular de diferentes diámetros
  •          Lápiz o portaminas
  •          Regla o cualquier objeto que te sirva para trazar una línea
  •          Goma de borrar
  •          Rotuladores de colores

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PRIMER PASO: Hacer las guías

No me atrevo a hacer los mandalas sin guías. Es falta de confianza en mis capacidades, lo sé, pero de momento es lo que hay. Así que me hago unas guías con líneas y cículos que me ayudan a hacer los trazos de forma uniforme. Primero dibujo los círculos concéntricos ayudándome de objetos que tengo por casa (es que no sé dónde he metido el compás). Después trazo cuatro diámetros para dividir los círculos en ocho partes. Todo aproximado, no hay nada medido.

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SEGUNDO PASO: Dibujar

Comienzo desde un punto en el centro de los círculos y voy dibujando hacia fuera. Se trata de hacer figuras lo más uniformes posible y repetirlas, como si fuese un patrón. Aquí hay que echarle imaginación y dejarse llevar. A mí me suelen salir muy floreados y de formas redondeadas, pero cada uno tiene su estilo… Hay a quien le salen más cuadriculados.

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TERCER PASO: Colorear

Elijo los colores que quiero utilizar, siempre con una intencionalidad concreta y los voy combinando. En esta ocasión he escogido tonos fríos porque es mi mandala de invierno. A veces cubro todo el mandala con color y otras veces dejo algunos huecos en blanco.

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Mi familia y mis amigos son mi inspiración

Como ya he comentado, me gusta hacer los mandalas pensando en la persona a la que se lo voy a regalar, lo que condiciona las figuras que dibujo y los colores que elijo. Os pongo algunos ejemplos.

Los primeros que te muestro se los he regalado a las gestoras del Banco del Tiempo de Rivas, unas personas muy especiales que me han cuidado mucho este año y con las que he compartido muy buenos momentos. 6 mujeres únicas, con una sensibilidad especial y con las que estaba predestinada a juntarme. Para crear sus mandalas, pensé en cómo son, qué significan para mí y en una palabra que para mí las define.

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Otro mandala muy especial es el que hice para mis padres. Es la primera vez que me atrevía a hacer un mandala dividido. Elegí como tema la Luna y el Sol porque así les veo yo. Mis padres son muy diferentes el uno del otro, como la noche y el día, pero se complementan y no podría vivir sin ellos. Aurora es para mí más luminosa y un poco cuadriculada en el arte que ella crea (es una ceramista excepcional de la que no se me ha pegado nada XD), por eso aparecen trazos de líneas rectas. Paco para mí es más oscuro, supongo que por su humor negro y porque su timidez le hace introvertido frente a quien no conoce, pero, a la vez, es el hombre más tierno y dulce que conozco, y de ahí vienen los trazos redondeados.

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Por último, os muestro el más especial de todos, el que le regalé a Kike, el padre de la criatura y modelo de manos de Crianza Mágica XD. Desde que compré esta estrella de mar en verano en Galicia, supe que haría un mandala con ella y que sería para él. Tenía claro que sería en fondo negro, el color que para mí define a Kike. La verdad es que está menos elaborado que el resto por las prisas para que no me pillara en plena faena. En cualquier caso, me encanta.

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¿Haces mandalas? ¿Te atreves a probar a crearlos? ¿Usas otras técnicas de relajación creativas?

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La red está plagada de artículos que insisten en la importancia de que no se separe al bebé recién nacido de su madre durante las horas posteriores al parto. Desde luego que es muy importante, y lo es por las siguientes razones:

Beneficios de mantener juntos al bebé y su madre

  • Facilita el inicio de la lactancia
  • El contacto con la madre le aporta las primeras defensas al bebé
  • Ayuda a la expulsión de la placenta
  • Favorece el vínculo entre madre e hijo
  • Ayuda a calmar al bebé tras pasar del medio líquido al aéreo
  • Es un derecho de los bebés presente en la Carta Europea de los niños hospitalizados

¿Qué puede pasar si os separan?

  • Aumento del estrés en el bebé y la madre
  • Dificultad en el bebé para regular temperatura y otras constantes vitales
  • Más probabilidades de que la lactancia fracase
  • Mayor riesgo de contagio de enfermedades por estar en contacto con bacterias distintas a las de la madre.
  • Afectación al desarrollo neurológico del bebé

Muchas mujeres embarazadas somos plenamente conscientes de esto en el momento del parto. Por ello, la separación de nuestro bebé a causa de su estado de salud nos genera mucha ansiedad y frustración. A Daibel y a mí nos separaron tras el parto. A pesar de conocer ya los datos expuestos, permití que lo hicieran. Al sentir tanto miedo por su bienestar y estar tan drogada, sentí una especie de alivio cuando se lo llevaron. ¡Qué locura! No me puedo creer lo que escribo, pero es cierto.

A día de hoy, reviso la bibliografía existente que evidencia los beneficios que tiene para el bebé que nace con dificultades no separarse de su madre y me cuesta entender lo que pasó.

Compensar la separación tras el nacimiento

Una vez que ha pasado, hay formas de compensar este hecho. Lo ideal es acudir lo antes posible al lugar en el que se encuentre el bebé, seguramente en la unidad de neonatos, y comenzar a hacer el método canguro el máximo tiempo que se pueda, ya que es muy beneficioso, y tratar de establecer la lactancia en el caso de que las circunstancias lo permitan.

Semanas después del alta me di cuenta de que habíamos estado compensando con creces esa separación gracias al gran número de horas de contacto piel con piel que practicamos su papá y yo. Lo cierto es que, aunque lo hubiésemos practicado en casa, desde luego no habría sido en tanas ocasiones. Todos esos momentos de método canguro en el hospital fuero un gran regalo que hicimos a nuestra familia. Es muy difícil verlo así durante el ingreso, pero me alegro mucho de haber llegado a esa conclusión con el tiempo.

Las separaciones nocturnas de bebés ingresados

La separación tras el parto no es la única que vivimos. Como Daibel estaba ingresado, yo tenía que separarme de él para ir al baño, alimentarme y descansar. Habrá quien piense, “¡como todo el mundo!”. No es lo mismo dejarle en una cuna en tu salón mientras tú comes a su lado, que tener que salir del edificio para hacerlo. Cada paso que das y te sitúa más lejos de él es una puñalada. Lo peor eran las noches. Daibel estuvo ingresado 66 días tras su nacimiento. Las 66 noches correspondientes fueron una auténtica tortura. Cada noche me separaba de mi bebé para ir a dormir 6 horas a casa. Esa separación genera mucha frustración, mucha tristeza, mucha angustia. 

Lo cierto es que todavía hay hospitales en España en los que no permiten a los padres acompañar a los hijos hospitalizados las 24 horas. Además, en la mayoría de los casos en los que sí se permite, resulta imposible permanecer en las unidades siempre porque no están debidamente equipadas para el descanso de los padres y madres. Esto dificulta mantener el contacto de forma constante. Ojalá algún día consigamos maternidades de verdad.

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Daibel estuvo dos meses hospitalizado tras el nacimiento. Al darle el alta, mi familia tenía dos labores importantes que realizar. Debíamos retomar nuestra vida tras un parón considerable en el que yo sentía que me había perdido el otoño; y también teníamos que elaborar una nueva rutina con Daibel en nuestras vidas. Dos tareas que no eran excluyentes y dependían la una de la otra. La primera fue fácil. Integrar a Daibel en nuestro día a día no costó nada. Hacíamos prácticamente lo mismo que antes de que él naciera en cuanto a ocio se refiere, a pesar de que él va enganchado a dos máquinas y cables. Le integramos con facilidad y valentía en nuestras actividades, lo que creo que le viene muy bien. Más difícil sería asumir que Daibel tendría que asistir a un sinfín de citas médicas y sesiones de terapia. Consultas en las que las informaciones sobre su estado salud y los tratamientos que requería caían como una losa sobre mis emociones y me hacían tambalearme y dudar en muchas ocasiones.

Cuando Daibel tenía cinco meses volví a sentirme agobiada. Aún siendo tan pequeño, mi hijo tenía muchos deberes. Tenía tres terapeutas que nos indicaban qué ejercicios debíamos realizar en casa para favorecer su desarrollo. Sus 21 médicos especialistas también nos daban pautas sobre sus cuidados. En ese momento comencé a plantearme que era demasiado pequeño para estar tan atareado y que perdíamos momentos de simplemente estar juntos, algo que le hace mucha falta a un bebé. También comenzó a agotarse mi paciencia respecto a la medicación que le dábamos y que iría en aumento.

En este punto comenzó a fraguarse en mí una inquietud que poco a poco iría cobrando forma de blog. Me di cuenta de que muchas de las cosas que había leído durante el embarazo y los primeros meses tras el parto sobre la crianza con apego, y que pensaba que no podía cumplir en el caso de Daibel, se podían adaptar a sus circunstancias. Encontré un hueco que podría llenar en la red. Internet está lleno de información sobre crianza natural, por un lado, y sobre los cuidados de niños con necesidades especiales, por otro, pero no encontré nada que aglutinara las dos cosas. Comencé a darle vueltas al proyecto y en mi cabeza cobró forma de blog. Poco a poco se fue haciendo grande hasta que se ha convertido en esta web en la que pretendo dar información sobre cómo criar con apego y respeto a niños en situaciones especiales; sobre cómo adaptar las recomendaciones que encontramos en internet sobre embarazo, parto y crianza a las circunstancias peculiares de nuestros hijos. Mi pareja, mis amigos y  familiares me apoyaron desde el principio y me ayudaron a ponerlo en marcha. Ellos dicen que no han hecho mucho, pero sólo que me escucharan y ver que no les parecía descabellado ya me animaba a seguir con ello. Cada vez que necesito algo ahí están y me ayudan en cada fase, como por ejemplo a buscar el nombre para el proyecto, que fue un proceso precioso y dinámico.

Antes de que Daibel cumpliera un año, pasamos por dos momentos muy difíciles, que requirieron un tiempo para ser procesados, pero que finalmente encontraron su lugar en mi cabeza y mi corazón. Cuando tenía 7 meses nos dieron los resultados de las pruebas genéticas que desvelaron qué enfermedad rara tiene. Se trata de un síndrome bastante odioso que le afecta a nivel motor, sensorial e intelectual, así como a la función y forma de algunos órganos. El diagnóstico fue demoledor. Sobre todo porque a la genetista también le pilló de nuevas y no nos pudo dar muchas explicaciones. Cuando llegué a casa, busqué en internet y, aunque tuve mucho cuidado con la búsqueda que hice, centrándome en encontrar información sobre la asociación del síndrome en España, hasta que llegué allí, me fui encontrando con cosas que no quería ni estaba preparada para leer. Al fin, dimos con una guía sobre el síndrome elaborada por médicos para padres y personal sanitario. Era la información que necesitábamos leer, pero no fue fácil, fue durísimo darnos cuenta de cuáles eran nuestras posibilidades.

A los 9 meses Daibel se sometió a su primera operación. Por supuesto, con los nervios, a flor de piel, pero lo afrontamos con positividad. El problema fue que a las 24 horas de la intervención tuvo una crisis epiléptica larga y peligrosa. Era la primera vez que le pasaba y pensábamos que le perdíamos. No he pasado más miedo en mi vida.

El postoperatorio fue complicado y pasé momentos emocionalmente convulsos. En esas semanas de verano me atravesaban pensamientos dolorosos pero inevitables. Me preguntaba si se podía ser feliz en esta situación y tenía que convivir con la certeza de que, si hubiese sabido a tiempo que Daibel tendría esta condición, habría abortado. Es muy difícil pensar eso cuando ya le tienes en los brazos, pero también es real. He aprendido a vivir con ese pensamiento sin dejar de sentir ni un momento el más profundo amor por él.

En ese momento delicado llegarían nuestras merecidas vacaciones. Las afrontábamos con inquietud porque estaríamos dos semanas lejos del hospital al que tantas veces habíamos tenidos que acudir en los últimos 11 meses. Teníamos muchas ganas y fueron infinitamente mejor de lo que nos pensábamos. Nos relajamos desde el primer momento y Daibel lo notó. Mejoró considerablemente su estado de salud y de ánimo. Eso a mí me llenó de alegría y me dio fuerzas para afrontar los meses siguientes. Se convirtieron en las mejores vacaciones de mi vida, a pesar de que no conocimos ningún sitio nuevo, ni fuimos a ningún lugar exótico, ni nada de eso. La buena compañía y la vivencia plena hicieron de esos días de los más especiales que he tenido.

Así fue como Daibel me enseñó la más importante de las lecciones que he aprendido: vivir el presente. Era algo que llevaba años proponiéndome. Antes de que mi hijo naciese había vivido años con bastante ansiedad, con miedo al futuro. Ya me había dado cuenta que debía cambiar eso, que me hacía daño, pero no sabía cómo hacerlo. Daibel me lo ha enseñado y le estaré siempre agradecida. Ahora, que es cuando tengo verdaderas razones para tener miedo al futuro, no lo siento porque estoy conectada al aquí y al ahora. Así se vive muy tranquila, con mucha paz y feliz. Sí, se puede ser feliz en nuestra situación. Se puede ser inmensamente feliz porque los niños como Daibel te aportan una alta cantidad y calidad de vivencias especiales y placenteras, que, si las vives con consciencia, te llenan de sabiduría.

En el primer año de vida de Daibel pasé los peores y los mejores momentos de mi vida. Un año frenético y lento a la vez, en el que sucedieron muchísimas cosas que pude saborear detenidamente. Un año en el que he aprendido más que en una década.

Dicen que los hijos te cambian la vida. Yo no podía imaginar cuánto lo haría Daibel. Él me ha hecho mejor persona. Gracias hijo.

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Martes, 22 Diciembre 2015 08:00

Una maternidad transformadora (primera parte)

Tengo la convicción de que siempre he querido ser madre. Creo que ha sido un deseo que ha estado en mi interior desde que era niña. Kike y yo nos elegimos cuando sólo teníamos 14 años para pasar nuestra vida juntos. Desde el primer día sabíamos que queríamos estar siempre unidos y formar una familia.

Con los años, fuimos madurando, obviamente. Nuestra relación pasó, pasa y pasará por baches que la hacen cada día más fuerte. Cuando nuestro noviazgo adquirió la solidez suficiente, supimos que queríamos ser padres jóvenes, antes de los 30. Se nos escapó una oportunidad cuando yo tenía 24 años. Fue muy duro despedir a nuestro bebé estrella. Con el tiempo me he dado cuenta de que ese no era nuestro momento. Esa estrella debió darse cuenta. Posiblemente percibió que necesitábamos más tiempo de preparación para ser padres y nos dio la oportunidad de aprender lecciones muy valiosas de aquella experiencia.

En septiembre de 2013 nació Daibel. Yo ya tenía 28 años. Seguíamos dentro de nuestro objetivo de ser padres antes de los 30. Aquí ya había mucha más consciencia, mucho aprendizaje, muchas vivencias que nos habían preparado para lo inesperado que nos tocaría vivir. Una de las razones por la que queríamos ser padres jóvenes, pero no la única, era tener menos posibilidades de vivir un embarazo de riesgo o que nuestro hijo tuviera algún tipo de alteración. No era una de las razones más importantes, pero ahí estaba para darnos un ‘zas, en toda la boca’.

El embarazo fue bien, vivido de forma muy consciente y feliz. En la semana 34 nos comunicaron que parecía pequeño. En la 36 decidieron inducir el parto porque no crecía bien. Esas dos semanas fueron complicadas. Vivía momentos de mucha angustia e incertidumbre, pero también trataba de tener momentos de serenidad y conversar con mi hijo desde el útero, mostrándole que confiaba en su fortaleza.

No voy a escribir sobre mi parto. No me siento preparada. Espero poder hacerlo algún día. Pasaré directamente al momento de su nacimiento. Daibel nació con un kilo y medio de peso, dificultades respiratorias y se le vieron un par de malformaciones. Su comprometido estado de salud hizo que nos separan tras el parto.

Sorprendentemente, a pesar de que lo que estaba viviendo era lo más duro que me había pasado, yo estaba serena; preocupada, pero serena. Había vivido con mucha angustia los momentos previos al nacimiento de Daibel, pero algo en mi interior me ayudaba a estar tranquila, algo me decía que él me necesitaba así. Una madre nerviosa no le aportaría nada bueno. Estoy convencida de que todas las cosas que me pasaron en el septenio anterior a su nacimiento me estaban preparando justo para ese momento. En los años previos, ciertos problemas de ansiedad me llevaron a realizar terapias de autoconocimiento emocional. Hice mucho trabajo personal, que no fue fácil, pero que me llevaría a ese 27 de septiembre como una persona preparada para vivir con consciencia ese momento.

Aún así, las hormonas y la difícil situación que estábamos pasando me hacían tambalearme a veces. Daibel estuvo ingresado algo más de dos meses en la unidad de neonatos. Nueve semanas en las que pasó de todo. Hubo momentos preciosos, de verdadero placer, mientras practicábamos el método canguro. Pero también se sucedieron los peores momentos de mi vida hasta el momento -en el futuro cercano se sucederían otros más duros si cabe-. Los primeros días me sentía muy agobiada. Era un agobio que jamás había experimentado. Quienes hemos sido buenas estudiantes –muchas mujeres de mi generación, educadas para ser perfectas, me comprenderán– hemos vivido con mucha ansiedad periodos de exámenes en la universidad o entregas de informes en el trabajo. Este agobio era diferente. Supongo que las hormonas también hacían su parte. Yo sentía que lo que tenía entre manos era muy grande, pesaba mucho, se me escapaba entre los dedos y, a la vez, era muy importante, por lo que no podía permitir que se me cayera. Además, me faltaba experiencia. Nadie piensa de verdad que le va a pasar algo así, por lo que no nos preparamos para ello. De modo que yo no sabía realmente qué era una unidad de neonatos, qué debía hacer yo en ella, qué cuidados especiales requería mi bebé, para qué servían todos esos cables, cómo trabajaban los profesionales que nos acompañaban, cómo debía afrontar la lactancia y el vínculo con mi bebé en esa situación, etc. Yo me había preparado para tener un niño sano. Las preguntas y la incertidumbre se agolpaban en mi cabeza los primeros días, pero pronto encontraría las respuestas.

Siempre he pensado que soy una persona que aprende deprisa y tiene buena memoria. La verdad es que en estos días me lo volví a demostrar, lo que me ayudó mucho a comprender lo que me estaba sucediendo y encontrar mi lugar en ese momento. Pregunté mucho, observé más y me atendieron bien. Para absorber toda esa información hace falta serenidad. Estoy muy orgullosa de haberla tenido, ya que pienso que eso ayudó mucho a Daibel.

Durante ese ingreso aparecieron mis primeras frustraciones sobre mi maternidad. Ciertas situaciones hacían y hacen que sienta mucha rabia porque no puedo cumplir objetivos que me había propuesto y que para mí eran muy importantes.

En primer lugar, pasé mucho miedo cuando nos separaron. Cuando lees lo importante que es para el bebé pasar sus primeros momentos de vida junto a su madre y no lo puedes cumplir, te invade la tristeza, la ira y la impotencia. Lo mismo sucedía cada noche, cuando debía marcharme del hospital sin mi bebé para ir a dormir a casa. Con el tiempo aprendí que hay formas de compensar esas separaciones y me ayudó mucho practicar el método canguro en el hospital y portearle tras el alta, así como vivir nuestros momentos juntos en casa con mucha intensidad y consciencia.

Mi segunda gran frustración vino con la lactancia. Daibel estuvo alimentado con mi leche durante las semanas del ingreso, pero debía extraérmela. Diversas dificultades hicieron que él no se enganchara al pecho y yo me vi incapaz de continuar con las extracciones tras el alta. Me gustaría decir que esto también lo he sanado en mi interior, pero no es así. La frustración y la culpa todavía me atraviesan. Trato de convertirlas en orgullo por haberle dado a mi hijo un montón de gotas de salud extraídas de mi pecho con mucho esfuerzo, pero todavía no lo he conseguido.

De esos días en el hospital me llevo cuatro cosas muy importantes: la labor de autoconocimiento que realicé; el enorme aprendizaje que experimenté en torno a los cuidados de mi hijo; comprobar de forma muy palpable que hemos construido una impresionante red social a nuestro alrededor de familiares y amigos que nos demostraron puro amor; y los momentos de verdadera paz y conexión que viví con Daibel mientras nos abrazábamos piel con piel.

Salí del hospital sintiendo como que ya no era primeriza. El aprendizaje había sido tal, que tenía mucha seguridad en que lo haríamos bien en casa, a pesar de que el estado de salud de Daibel seguía siendo muy delicado, con necesidad de oxigenoterapia, medicaciones varias,  controles constantes de sus niveles de glucosa y un primer diagnóstico demoledor sobre el estado de su cerebro. Aún así, éramos infinitamente felices por tenerle por fin en casa tras esos dos interminables meses.

Si quieres leer la segunda parte de este relato, pincha aquí.

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