Lunes, 18 Julio 2016 15:22

13 meses de lactancia extraída

Después de mucho leer y charlar he llegado a la conclusión de que no hay dos lactancias iguales, ni si siquiera tratándose de hermanos. En internet se puede leer mucho sobre diferentes dificultades a las que las madres se pueden enfrentar: grietas, frenillo, crisis de lactancia, etc. Pero me cuesta encontrar historias como la que hoy os traigo. Quiero hacer visible que estos casos existen. Yo conozco al menos 3 y me parecen admirables.

Cuando pensamos en lactancia se nos viene a la cabeza una madre amantando a su hijo o hija.  Podemos incluso pensar en una madre extrayéndose leche en el trabajo mientras su peque está en la escuela infantil. Pero es raro que se nos ocurra pensar en que hay bebés que se alimentan de lactancia materna exclusiva y prolongada sin succionarla en ningún momento del pecho de su madre. Hoy os cuento la historia de Izas y Hugo, una lactancia que duró 13 meses en los que la madre estuvo sacándose y almacenando leche todos los días para que su hijo tuviese lo que ella consideraba que era lo mejor.

Hugo está afectado por el Síndrome de Wolf-Hirschhorn, una enfermedad rara de la que ya os hablé en el reto #ConoceLasEnfermedadesRaras. La lactancia natural de estos niños es muy difícil y, me atrevería a decir, que imposible sin ayuda. Por ello, lo que consiguió Izas es increíble y muy muy difícil.

Antes de pasar a la entrevista, quiero decir que con este artículo no pretendo hacer sentir mal a nadie. Ojalá que nadie se sienta culpable al leerlo por no haber conseguido lo mismo que Izas. Cada persona y cada circunstancia son diferentes. Yo misma hice todo lo que Izas os va a contar en circunstancias parecidas y el resultado no fue el mismo, quién sabe por qué razón. Pero, cuando ella me contó su historia, lejos de  sentirme mal por no haber conseguido lo mismo, me aelgré de ver que es posible. Nunca me cansaré de recomendar asesoramiento si vives una situación similar y, desde luego, Lactancia Unidades Neonatales me parece una gran opción.

Os dejo con el testimonio de Izas.

¿Cómo fue el nacimiento de Hugo? ¿Por qué no le pudiste amamantar en un principio?

Hugo nació prematuro. Yo dejé de notarlo en la tripa, fui al hospital y me practicaron una cesárea de urgencia. Al sacarlo vieron que traía 4 vueltas de cordón y hubo que reanimarlo porque nació sin respirar. Era muy pequeñito, apenas llegaba al 1kg 500gr, y tenía muy poca fuerza. Ni siquiera lloraba. Pero nada de eso interfirió en la lactancia. El motivo por el que no pude darle de mamar fue la retrognatia severa con la que nació. Su barbilla estaba completamente retraída y eso hacía que su labio inferior quedase demasiado atrás, no pudiendo realizar un buen agarre. Era fisiológicamente imposible.

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¿Qué ayuda recibiste en neonatos para establecer la lactancia?

Nada más nacer Hugo, estando yo ingresada en planta, en el hospital Universitario de Cruces, había una sala de extracción de leche con varios sacaleches a libre disposición de las mamás que acabábamos de parir. Allí tenía los medios, pero no recibí asesoramiento. Desde la primera extracción, el sacaleches me produjo unas heridas que se fueron poniendo cada vez peor, hasta dejarme los pezones en carne viva. Al día siguiente, me hablaron de María, la jefa de enfermeras de neonatos, que también era asesora de lactancia. Sólo me dijo que estuviera tranquila, que lo íbamos a solucionar. Con el tiempo supe que se asustó al verme el pecho, nunca había visto unas heridas así. Me proporcionó unos parches que utilizan para regenerar la piel de los prematuros y en pocos días mi piel volvía a estar perfecta. Vio cómo me extraía la leche y enseguida se dio cuenta de que las boquillas estándar que vienen, no eran las correctas para mi pecho. Probamos varias tallas hasta dar con la mía y de ahí en adelante todo marchó muy bien.

¿Por qué decidiste extraerte leche materna?

Antes de ser madre, pensaba que no iba a dar pecho a mi hijo ni un sólo día. Es largo de explicar, pero digamos que no sentía ese instinto de amamantar. El mismo día que nació Hugo, en cuanto le vi, supe que necesitaba leche materna. Es como si algo dentro de mí supiera lo frágil que era.

¿Cómo te organizabas para extraerte leche y atender a Hugo?

Por las noches era “fácil”. Mi marido le daba los biberones mientras yo me conectaba al sacaleches. Por el día, eso ya era otra historia. Ponía a Hugo en la cama y con un pie le daba masajes en la tripa para aliviarle los cólicos, con el otro pie acariciaba al perro que estaba en el suelo y que sufría estrés por tanto cambio. Mientras, mis manos ocupadas extrayendo la leche. Tenía poca leche y aprendí que sacando de una en una, conseguía mayor producción, así que tardaba el doble de tiempo. Entre montar la máquina, las extracciones, guardar la leche, fregar los biberones… pasaba casi 1 hora. Después me pasaba otra hora para conseguir que Hugo tomara el biberón y cuando terminaba, tenía que tenerlo en brazos más de media hora para que no vomitara, suponiendo que no vomitase,  me quedaba menos de media hora libre porque cada 3 horas, vuelta a empezar. Al principio no hacía prácticamente otra cosa que sacarme leche y alimentarlo. Poco a poco todo se fue estabilizando y conseguí aumentar la producción de leche y espaciar las extracciones.

¿Te sentías frustrada al no poder amamantar a tu hijo y tener que realizar extracciones?

Lo cierto es que nunca llegué a sentirme frustrada por no poder amantar porque Hugo tomaba leche materna gracias a las extracciones, así que el objetivo de la alimentación estaba cumplido. Es cierto que la lactancia materna también favorece el vínculo madre-hijo, pero como Hugo y yo hacíamos método canguro, colecho y porteábamos, favorecíamos el vínculo de esa manera.

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Cuando me sentía frustrada era cuando disminuía la cantidad de leche que producía. Ahí me sentía incapaz de alimentar a mi hijo, pero siguiendo los consejos de las asesoras que me fueron acompañando, siempre conseguí la cantidad necesaria y algo más para congelar.

¿Pensaste en algún momento en dejar las extracciones?

Hubo algún periodo en que disminuía la cantidad de leche que producía y pensaba que la naturaleza me estaba diciendo que ya era tiempo de parar, pero luego miraba a Hugo, tan frágil, y sabía que tenía que seguir intentándolo. En aquellas ocasiones llegué a sacarme leche cada hora y media para conseguir recuperar la cantidad que necesitaba.

¿Por qué dejaste las extracciones? ¿Cómo afrontaste esa decisión?

Como ya he dicho, los comienzos no fueron fáciles y tuve heridas en el pecho. Conseguí curarlas, pero de tanta extracción, terminé con hematomas en ambos pechos. Como seguía sacándome cada poco, no había forma que desapareciera y cada vez estaban peor. Uno de ellos tomó un color que no me gustaba nada y ahí decidí que ya no podía seguir más. Me costó mucho dejarlo. Hugo tenía muchísimos problemas digestivos y no toleraba alimentación complementaria. Me daba miedo que no tolerase la leche de bote. Pero gracias a que tenía reservas de leche materna congelada, pudimos ir introduciéndole la leche de fórmula poco a poco hasta que la toleró. Leche hidrolizada, eso sí, porque no tolera la proteína de leche de vaca.

Hugo estuvo alimentado 13 meses con lactancia materna exclusiva, ¿por qué?

Digamos que otra vez mi instinto me decía que era la alimentación que él necesitaba. Los médicos insistían en que debía tomar “comida de verdad” antes de los 6 meses. Decían que no crecía porque le estaba alimentando mal. Esto me costó varias discusiones con mi marido porque él dudaba sobre si debíamos darle otro tipo de alimentación. Probamos con fruta y verdura a los 7 meses y medio y fue un desastre. No porque no la comiera, sino por los dolores de tripa y estreñimiento que le causaba el tomar 3 cucharaditas de pera. Para mí eran señales claras de que no estaba preparado. Si mi hijo no se aguantaba sentado en el sofá, no sujetaba la cabeza, pesaba apenas 3kg… ¡por qué iba a comer lo mismo que un niño de 6 meses! Así que hice caso omiso a las sugerencias de los médicos y seguí mi instinto y las recomendaciones de la OMS. A los 13 meses ya parecía preparado para tolerar las frutas y así fue. Hemos hecho los cambios siempre muy despacio y todos con éxito. A día de hoy es un niño que come de todo, menos proteína de leche de vaca y fresas.

Realizar extracciones de leche materna durante más de un año no es una tarea fácil. Visto con perspectiva, ¿volverías a hacerlo?

Sí. Volvería a hacerlo una y mil veces más.

¿Qué te parece la historia de Izas y Hugo? ¿Tú también te has extraido leche? ¿Tu lactancia también fue diferente?

Publicado en Crianza

Como ya te he contado aquí, uno de mis mayores miedos cuando nació Daibel era no establecer un vínculo afectivo seguro después de separarnos tras el parto. En aquellos momentos lo viví con mucha frustración, pero el tiempo me ha permitido ver las cosas con perspectiva y darme cuenta de que hay cosas que se pueden hacer para compensar este hecho, como explica aquí  y aquí Maisa, de Lactancia en Unidades Neonatales, en unos textos que yo habría necesitado leer entonces.

Aquí propongo 6 acciones que podemos realizar si hemos tenido que separarnos del bebé tras el nacimiento.

1. Método canguro

Lo ideal es acudir lo antes posible al lugar en el que se encuentre el bebé y comenzar a hacer el método canguro el máximo tiempo que se pueda. A mi llegada a la unidad de neonatos, las enfermeras me propusieron colocar a mi hijo en mi pecho, en contacto piel con piel. Este método es muy beneficioso para cualquier bebé, para las circunstancias de Daibel era su mejor medicina. Elcontactopiel con piel ayuda a establecer la lactancia materna; permite que se sientan seguros, lo que ayuda a que cojan peso más rápido; y, también, estabiliza todas sus funciones vitales (oxigenación, temperatura corporal y frecuencia respiratoria y cardiaca). Además, notarle en contacto contigo es una sensación muy placentera que te hace segregar la hormona del amor y te sientes muy conectada con el bebé.

2. Acompañamiento en la unidad de neonatos

Puede parecer una tontería que escriba esto aquí, pero yo vi como había padres que apenas estaban con sus hijos ingresados. Sí, esto pasa. Las circunstancias familiares son variopintas, y supongo que hay personas que se sienten superadas por la situación, no saben cómo afrontarla y por eso no pasan mucho tiempo en la unidad de neonatos, pero mi recomendación es que lo hagan. Es importante, no sólo estar allí, sino participar al máximo de los cuidados del bebé, comprender qué le pasa, por qué está allí, qué puedes hacer para mejorar su estado de salud. Tienes que conocer a tu bebé y él conocerte a ti. Háblale, huélele, obsérvale, tócale todo lo que puedas.

3. Compartir objetos y vivencias

En una unidad de neonatos respetuosa con la familia deben permitirte llevar objetos a tu bebé que te vinculen con él. En este post te conté qué cosas hacíamos para humanizar nuestra estancia en el hospital tras el nacimiento. Puedes vestirle con su ropa, llevarle objetos impregnados con tu olor, celebrar ciertos hitos conseguidos y hacerle partícipe de cosas que pasan fuera, como el cumpleaños de un familiar.

4. Lactancia

La lactancia es una de las herramientas más potentes para establecer el vínculo con tu bebé, como puedes leer aquí. Iniciarla en una unidad de neonatos, no es nada fácil, pero, por suerte, existen profesionales que pueden ayudarte, como a las que encontrarás en Lactancia y Unidades Neonatales. Ya te conté aquí que nuestra experiencia en este tema fue bastante frustrante, pero lo intenté.

Cuando la lactancia se vuelve imposible, hay formas de dar el biberón de forma respetuosa y que te vincule con tu bebé, tal y como cuenta Ibone Olza en este artículo.

5. Porteo

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Daibel estuvo dos meses ingresado y, tras el alta, nuestra rutina casi diaria era la de ir al hospital a un sinfín de consultas y sesiones de terapia. Al periodo de hospitalización no le siguió una etapa tranquila de estar juntos en casa, que habría sido lo deseable. En esa circunstancia, las horas de método canguro menguaron considerablemente, pero el porteo nos permitía mantener el contacto.

Tenía clarísimo que quería portear, a pesar de que Daibel salió del hospital con necesidad de oxigenoterapia, lo que suponía llevar enganchados dos cables y dos máquinas. En esta situación, no parece fácil portear, pero se puede. Así fue nuestro porteo tras el alta.

6. Practica colecho

Ésta es una decisión muy personal. A nosotros nos lo pedía el cuerpo, como ya te conté en este artículo. Nosotros estábamos deseando recibir el alta para meternos los tres en la cama todo un fin de semana y recuperar el tiempo perdido. Es una delicia tenerle tumbado a tu lado y observarle, ver cómo respira, mirar cada detalle de su cara, agarrarle de la manita… Todo eso vincula.

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¿Practicaste alguna de estas acciones? ¿Crees que así puedes compensar la separación?

Publicado en Crianza

Cuando Belén, de Lactancia en Unidades Neonatales, estaba montando su proyecto, me pasó un pequeño cuestionario para tener información sobre el apoyo que recibimos las madres de niños ingresados. El resultado, que ahora os muestro, es una reflexión sobre el papel que los profesionales de la salud desempeñan en el éxito o fracaso de la lactancia de bebés con necesidades especiales, que, probablemente, son los que más la necesitan. Aquí están mis respuestas:

¿Cómo fue el apoyo que recibió en el hospital acerca de la lactancia?

Bueno en general pero, visto con el tiempo, mejorable. Mi hijo nunca se enganchó al pecho debido a su situación de salud, pero yo estuve sacándome leche durante dos meses y medio. Las primeras semanas en el hospital yo me sentí apoyada y conté con bastante información. Pregunté todas las dudas que me iban surgiendo y me respondían muy bien. Incluso, más o menos a la semana del nacimiento de mi hijo, una enfermera, sin yo preguntarle, me comentó que podía sacarme leche teniendo a mi hijo encima. Como estuvo ingresado más de dos meses en los que hubo rotaciones en el personal de enfermería que nos atendían, sé que tuve mucha suerte. Sé que la mayoría de las profesionales con las que di en los primeros días estaban comprometidas con la lactancia. Pasado un tiempo, yo ya no tenía tantas dudas y ya había establecido rutina, pero pude observar cómo otras enfermeras y auxiliares trataban y aconsejaban a otras madres y, sinceramente, yo vi destrozar lactancias en la unidad de neonatos. Me parece que hay profesionales a las que les falta formación y, sobre todo, compromiso. Me alegro mucho de no haber dado con esas personas en los primeros días.

En los casos en lo que lo vi factible, yo misma hablé con esas madres a las que me parecía que no las habían aconsejado bien, o, más bien, de las que no se habían ocupado lo suficiente. También, varias madres que veían que yo utilizaba el sacaleches constantemente me consultaban a mí en vez de al personal sanitario. Yo respondía sin ningún problema, pero me parece que deben ser profesionales quienes respondan a esas preguntas, ya que mi experiencia era escasa y podía equivocarme.

También tuve la suerte de poder hablar con Belén Abarca, enfermera pediátrica y consultora intercacional certificada en Lactancia maternaInternational Board of Lactation Consultant Examiners (IBLCE). Cuando mi hijo tenía ya un mes, a ella le tocó trabajar en el puesto donde estábamos nosotros y, tras atender las necesidades de todos los niños y encontrar un momento de menos actividad, se sentó conmigo, sin yo habérselo pedido y sin saber los conocimientos que ella tenía. Hablamos un largo rato en el que ella me explicó ciertas cosas de cómo funciona la lactancia que yo desconocía y me dio algunos consejos sobre cómo aumentar la producción. También me invitó a asistir a una charla que daría ella en unos días dentro del programa de reuniones con padres de la unidad de Neonatología. Durante el mes que quedaba de ingreso, me dirigí a ella en un par de ocasiones más para resolver algunas dudas. Si quería saber algo, se lo preguntaba a ella, ya que me había demostrado que tenía más conocimientos que el resto de la unidad.

¿Qué podrían haber hecho los profesionales para apoyar su lactancia y poder cumplir así sus expectativas?

Como ya he dicho, sé que tuve suerte con el personal que nos atendió. Además, lo cierto es que en ese momento no tenía ninguna expectativa respecto a cómo debía ser la atención en referencia a la lactancia, ya que nunca pensé que me podría encontrar en esa situación. Este aspecto me parece muy importante, ya que creo que es fundamental entender que las madres nos encontramos en un momento de mucha confusión, ya que ninguna nos preparamos para que nuestros hijos tengan problemas de salud. Por tanto, hay preguntas que ni se nos ocurre que podríamos hacer. Desde este punto de vista, me parece que el personal sanitario debe tener un papel activo a la hora de informar a las madres sobre qué pueden hacer respecto a su lactancia y dar el primer paso.

Hay otra cosa que me parece muy mejorable, pero que no tiene que ver con el personal sanitario, sino con la gerencia y la arquitectura del hospital en el que nació mi hijo, y que me temo que es difícil de resolver. Se trata de la distribución del espacio y el mobiliario en la unidad de Neonatología. Aunque los padres pueden entrar en cualquier momento del día, a mi modo de ver la unidad no está dotada de lo necesario para poder acompañar a nuestros hijos las 24 horas, lo cual, como es lógico, dificulta mucho la lactancia. Los sofás son terribles, ni siquiera cuentan con reposacabezas y el reposabrazos,son incomodísimos, nada ergonómico. Me consta que en otros hospitales hay muebles más cómodos e, incluso, se dan facilidades para acompañar a los bebés las 24 horas. Eso sería una verdadera maternidad y no un simple hospital.

Quiero reiterar la importancia de la formación en el personal sanitario respecto a la lactancia, que les empuje a tener un compromiso real con la misma. Me parece que ahí está la clave. Si no todos el personal de enfermería puede tener un alto nivel de especialización, al menos sí cabría pedir que quienes sí cuenten con esa formación tengan una dedicación exclusiva para ello y, así, todas las madres tendrían la posibilidad de ser aconsejadas de la mejor manera y lo más temprano posible. De esta forma, no habría que esperar a que, por suerte, la consejera de lactancia atienda a tu hijo al mes de haber nacido.

¿Habría estado dispuesta a hacer una inversión económica por recibir ayuda especializada para conseguir sus objetivos?

En ese momento no era una cuestión de disposición, sino de falta de recursos económicos. En mi caso, el nacimiento de mi hijo ha supuesto una modificación grande de la economía familiar, ya que uno de nosotros no va a poder tener un trabajo ‘convencional’ durante un largo período de tiempo y nos encontramos con una serie de gastos con los que no contábamos.

En el caso de tener dinero suficiente, sí habría pagado por ese asesoramiento. Sin embargo, me resisto a asumir que este servicio tenga que ser pagado de forma privada. A mi modo de ver, es un asunto lo suficientemente importante, que afecta directamente a la salud pública y, por tanto, a la economía de  este país, como para que esté incluido en nuestra sanidad, la que pagamos entre todos. No debería ser un servicio testimonial que aparece por la pura voluntad y vocación de una profesional que se ha tomado la molestia de formarse.

¿Estás de acuerdo con mis reflexiones? ¿Crees que hay apoyo suficiente a la lactancia en las unidades neonatales? ¿Crees que falta compromiso y formación en el personal sanitario?

Publicado en Burocracia

Durante el embarazo de Daibel tuve tiempo de leer e informarme sobre la lactancia, por ejemplo, aquí. Tras esas lecturas, gracias a las que comprendí los grandes beneficios que nos aportaría, tenía clarísimo que iba a esforzarme mucho por tener una lactancia exitosa. Daibel nació con ciertos problemas de salud que hicieron muy complicado cumplir lo que, al final del embarazo, se había convertido en un fuerte deseo.

Una serie de circunstancias hicieron la lactancia mucho más complicada de lo que yo me podría haber imaginado. Mi hijo nació con problemas graves de salud, lo que hizo que nos separaran tras el parto y no pude ponerle al pecho hasta que no pasaron unas 48 horas, lo que no ayuda nada a establecer la lactancia. El pequeño nació con labio leporino, lo que complicaba mucho el enganche. Su hipotonía (bajo tono muscular) también lo ponía difícil. Que la unidad de neonatos no esté prepara para que las madres estemos allí las 24 horas, lo hace imposible. Además, recientemente, he comprobado que son muy pocos los niños con su síndrome que consiguen mamar, pero pienso que, con más ayuda, serían más los que podrían conseguirlo.

En los dos primeros días de vida, Daibel tomo leche artificial. A las 48 horas de su nacimiento, yo por fin tenía leche, aunque también mucho dolor. Comencé a extraerla con el maldito sacaleches, esa máquina que para mí era un instrumento de tortura. Daibel tomaba la leche que yo me extraía. Al estar ingresado, comía cada tres horas, ocho veces al día. Casi cada día, se aumentaba la cantidad de leche que tomaba, en función del peso que iba cogiendo. Al principio, yo me sacaba cada tres horas también. Me daba tiempo a sacarme seis veces al día. Perdía dos extracciones, una en los traslados al hospital y los cuidados que el bebé requería y otra porque dormía 6 horas por la noche. Aunque las expertas dicen que una mala noticia no reduce la producción, el resultado de su resonancia cerebral, a las tres semanas del nacimiento, coincidió con una merma considerable en la cantidad que me extraía. Además, sus hipoglucemias nos obligaron a aumentar el volumen de las tomas con el fin de mantener los niveles de glucosa en sangre. Yo ya no tenía leche suficiente. Parecía que todo estaba en nuestra contra.

Profesionales que ayudan

Antes o después de cada toma, yo ponía a Daibel al pecho, por si alguna vez conseguía engancharse y para que estimulara la producción. Lo ideal habría sido ponerle siempre antes de la toma, pero, si hacía eso, él se cansaba y su toma con el biberón se alargaba mucho o no la completaba, y no nos podíamos permitir eso en su estado.

Cuando Daibel tenía un mes, tuve la suerte de que Belén, una enfermera del hospital, que es consultora internacional certificada en Lactancia Materna por International Board of Lactation Consultant Examiners (IBLCE), se sentó un largo rato a charlar conmigo. Me felicitó por lo conseguido en ese mes y me dio algunos consejos para intentar aumentar la producción, como realizar una extracción manual después de usar el sacaleches, extraerme de los dos pechos a la vez (había que verme…) o no dejar pasar 6 horas por la noche sin sacar leche, ya que es cuando más se produce. En definitiva, me animó a continuar con las extracciones y me invitó a sentirme orgullosa por el esfuerzo.

Yo hice todo lo que me dijo, pero lo cierto es que no obtuve muchos resultados. En este punto, yo me sacaba leche ocho veces, pero sólo conseguía completar uno de los ocho biberones que Daibel tomaba cada día. Habría necesitado más tiempo con Belén para que me ayudara, ya que me consta que gracias a sus consejos otras madres han conseguido grandes progresos. Pero ella no trabajaba en mi box habitualmente y tuve suerte de que aquel día se sentara conmigo cuando hubo un rato tranquilo en su trabajo. Necesitamos a más personas como Belén en los hospitales, posiblemente con una dedicación exclusiva a temas de lactancia. Ojalá nadie la necesitara, pero recomiendo su página web, Lactancia en Unidades Neonatales, a aquellas madres que tienen a sus hijos hospitalizados y necesiten ayuda con la lactancia.

El final de la lactancia

Cuando llegamos a casa, el bebé tenía ya dos meses. Casi a diario teníamos que ir al hospital a alguna consulta y/o terapia. Además, tenía que encargarme de muchas cosas de las que no me había ocupado en los últimos dos meses. Resultaba imposible seguir extrayéndome leche ocho veces al día para conseguir un biberón.

Entonces, acudí a un taller de lactancia en mi municipio. No quería darme por vencida y fui pensando que a lo mejor se les ocurría algo que yo no hubiese hecho ya. No fue un error ir, ni mucho menos, pero no encontré lo que yo tenía en mi cabeza. Hablé con la matrona que dirige el taller y con una mamá con mucha experiencia en temas de lactancia. Yo expuse mi situación y ellas me animaron a continuar, pero yo ya había probado todas las cosas que me proponían. Me sentí un poco presionada, a causa de mis expectativas, y mi frustración aumentó. Mantuve unos días las extracciones, pero finalmente lo dejé, lo que me resultó muy doloroso emocionalmente. Me costó mucho gestionar esa frustración. Ahora ya no se me encharcan los ojos cada vez que pienso en que no pude darle el pecho a mi hijo, pero, sinceramente, este tema no está sanado en mi interior.

Obviamente el titular de esta entrada está buscando la provocación. Me encantaría poder estar amamantando a mi hijo ahora, cuando ya tiene dos años. No pudo ser, pero me tranquiliza pensar que hice todo lo que pude.

¿Cómo fue tu lactancia? ¿Has tenido que amamantar teniendo a tu hijo hospitalizado?

Publicado en Crianza

Daibel tiene más de dos años y duerme con nosotros en la misma habitación. Hay quien no ve esto con buenos ojos, pero en nuestro caso es una cuestión de supervivencia mutua. Es una obligación por la seguridad de Daibel y un gran beneficio para mi espalda y mi escasa cantidad y calidad de sueño.

En la unidad de neonatos en la que estuvo ingresado Daibel, había charlas para padres en las que nos daban información sobre lactancia o la preparación del alta, por ejemplo. Yo asistí a un par de ellas. Una era sobre el vínculo afectivo, algo que a mí me preocupaba mucho porque desconocía si podía estar bien establecido, ya que nos separaron tras el nacimiento y me veía e la obligación de marcharme a dormir a casa cada noche dejándole a él ingresado. Recuerdo que cuando le comenté a una enfermera que iba a ir a la charla ella me dijo "¿La vas a dar tú? Esa charla a ti no te hace falta". Bueno, había una parte de razón en sus palabras. No me hacía ninguna falta, ni a mí, ni a los otros padres que asistieron, escuchar lo que allí se dijo. Nos encontramos con una psicóloga que no quería estar allí, que empezó la charla diciendo que ella no la veía necesaria, que ella trabajaba de otra manera. Esto último lo puedo entender, pero tratar el tema me parece de lo más necesario. Yo lo necesitaba, tenía dudas y no creo que fuera la única. Hizo una exposición teórica aceptable, pero cuando llegamos a los casos prácticos, nuestros casos, a mi modo de ver, patinó bastante. Varios padres planteamos nuestro deseo de conseguir el alta de nuestros hijos lo antes posible y aseguramos que lo primero que haríamos sería meternos padres e hijos en la cama y dormir juntos todo un fin de semana. La sensación de separación que se experimenta en casos así es tan fuerte, que lo único que quieres es recuperar el tiempo perdido. La psicóloga nos dijo que eso no era buena idea. Que eso de dormir con los hijos no es bueno para ellos. Que después no podríamos sacarles nunca de la habitación y que así no se establece un vínculo seguro. Estas frases lapidarias, provenientes una profesional de la salud, crearon confusión en algunos padres.

Yo no daba crédito. En primer lugar, ninguna persona externa a nuestra familia debería decirnos qué hacer en una cuestión de crianza tan íntima como esa. En segundo, me pareció alucinante que esta mujer hiciera oídos sordos a las recomendaciones de Organización Mundial de la Salud, UNICEF o la Asociación Española de Pediatría, instituciones que exponen las bondades del colecho seguro y lo recomiendan, como se puede leer aquí y aquíEn aquel momento yo ya conocía estas recomendadiones y lo planteé allí, pero no se me quería escuchar. A mí me dio mucha rabia por aquellos padres que se quedaron confusos, así que les busqué un artículo divulgativo sobre el tema y se lo di. 

¿Reflexionamos?

Vaya por delante que cada uno puede tomar la decisión que le parezca más adecuada. ¡Sólo faltaba! Que si decides no dormir con tu hijo, tienes tus razones y seguro que es lo mejor para tu familia, no tengo ninguna duda. El tema es que los que sí dormimos con ellos parece que tengamos que estar justificándolo constantemente. La red está llena de artículos sobre colecho muy bien fundamentados, así que no voy a entrar en este asunto. Yo sólo quiero dejar aquí unos temas  sobre los que reflexionar. Son asuntos que suelo plantear cuando alguien me cuestiona el colecho.

- Dormir alejados de los hijos es un invento occidental y 'adultocentrista'. En muchas otras culturas se duerme con los hijos en colecho o cohabitación. 

- Es curioso que exijamos a nuestros hijos que duerman solos cuando sus propios padres duerme juntos en la misma cama.

- Ningún adolescente quiere dormir con sus padres. ¿Es cierto eso de que si practicas colecho nunca vas a poder sacarle de tu cama?

Con estas cuestiones no quiero poner a nadie ni a favor ni en contra del colecho. Sólo quiero invitar a la reflexión y al respeto a las decisiones de quienes deciden practicarlo.

Colechamos por seguridad

He de decir que yo he tenido que defenderme poco respecto a este tema. Cuando tienes un hijo que requiere unos cuidados tan especiales como Daibel, la gente se atreve poco a opinar. Además, en nuestro caso, practicar colecho es algo de sentido común y no está relacionado, como en la mayoría de los casos, con la lactancia. Os cuento la paradoja...

Antes de que Daibel naciera, teníamos más o menos decidido que no dormiríamos en la misma cama porque no nos parecía seguro para él a causa de mis extrañas pautas de sueño. Me movía mucho, tenía episodios de sonambulismo y de terrores nocturnos. Eso desapareció antes de quedarme embarazada, pero, salvo que la lactancia nos llevase en otra dirección, Daibel dormiría en su cuna y en nuestro cuarto. Nació como nació y lo que más deseábamos tras el alta era meternos los tres en la cama. No lo hacíamos mucho, sólo por las mañanas, en fin de semana, cuando ya estás en el estado duerme-vela. No nos parecía seguro dormir con él toda la noche por el tema de los cabeles. Daibel necesitaba oxigenoterapia, por lo que llevaba gafas nasales y pulsioxímetro. Nos daba miedo enredarnos con los cables. Eso sí, las siestas, conmigo en la cama. ¡Un gustazo!

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El primer año durmió en una minicuna y después pasó a una cuna más grande a la que le teníamos la barrera bajada para poder cogerle más fácilmente. Pero nuestros colchones no estaban a la misma altura. Seis meses después, nos fuimos un fin de semana al pueblo de mis padres. Para dormir, pusimos una cama de 90 al lado de la de matrimonio. Fue la mejor noche que pasamos en meses y decidí que algo teníamos que hacer en casa. Así que, entre el abuelo y el padre de Daibel, tunearon la antigua cuna su tía para convertirla en una de colecho. La subieron en altura, para que los colchones quedaran alineados y le quitaron una barrera lateral. Además, conseguimos un estupendo espacio de almacenaje debajo. Yo la pinté de blanco y tengo pendiente fabricar unos cajones para guardar su ropa de cama. Con esta cuna me resulta mucho más fácil y rápido atenderle.

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Dormir con Daibel nunca ha sido fácil. Los primeros meses de su vida debíamos poner el despertador estrictamente cada tres horas y darle de comer, aunque no lo pidiera, para mantener sus niveles de glucosa. Tardaba unos 45 minutos en tomarse el biberón. Hacia los 7 meses dejamos de tener que darle el biberón de madrugada, pero a los 9 le operaron de labio leporino y el dolor no le dejó descansar en todo el verano. Cuando dejó de sentir dolor empezaron los catarros. 11 largos meses de un catarro detrás de otro. Tampoco podía dormir porque le daban fuertes ataques de tos por la noche que nosotros teníamos que atender con celeridad porque se ahogaba con sus flemas. Se fueron los catarros y aparecieron los trastornos de sueño. Cuando Daibel está bien, puede dormir tres horas y con eso tiene suficiente. Por tanto, se despierta a las 3 o las 4 de la madrugada y no vuelve a dormirse hasta las 8. Hemos probado de todo, ya os contaré...

1colecho

En esta situación, colechar es obligatorio, o, como mínimo, cohabitar en el mismo dormitorio. No le puedo sacar de la habitación porque, si le da un ataque de tos, tengo que actuar lo más rápido posible. No os cuento si tiene una crisis epiléptica... ¿Cómo me voy a enterar de una crisis si está en otra habitación? Ni siquiera tengo la seguridad de enterarme estando juntos... Además, lleva oxígeno y se saca las gafas un montón de veces a lo largo de la noche, por lo que su máquina pita indicándonos que no satura bien. Si está en otra habitación, me arriesgo a no escuchar el pitido y a estar levantándome constantemente. Sí, aquí ya entra mi comodidad. Pero, más que comodidad, es supervivencia. La falta de descanso, dormir en posturas imposibles (a ratos en el sillón del salón), los sobresaltos por la tos o los pitidos de la máquina, han hecho que mi espalda  sufra mucho y, aunque de vez en cuando me paso por Relaxarium, la cuna de colecho me ayuda a no tener que cargar tanto con Daibel y así aminorar el dolor.

No entra en nuestros planes ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo sacar a Daibel de la habitación. Así estamos bien.

Y tú, ¿practicas colecho? ¿Respetas a quien lo hace? ¿Qué harías en nuestra situación?

Publicado en Crianza
Martes, 22 Diciembre 2015 08:00

Una maternidad transformadora (primera parte)

Tengo la convicción de que siempre he querido ser madre. Creo que ha sido un deseo que ha estado en mi interior desde que era niña. Kike y yo nos elegimos cuando sólo teníamos 14 años para pasar nuestra vida juntos. Desde el primer día sabíamos que queríamos estar siempre unidos y formar una familia.

Con los años, fuimos madurando, obviamente. Nuestra relación pasó, pasa y pasará por baches que la hacen cada día más fuerte. Cuando nuestro noviazgo adquirió la solidez suficiente, supimos que queríamos ser padres jóvenes, antes de los 30. Se nos escapó una oportunidad cuando yo tenía 24 años. Fue muy duro despedir a nuestro bebé estrella. Con el tiempo me he dado cuenta de que ese no era nuestro momento. Esa estrella debió darse cuenta. Posiblemente percibió que necesitábamos más tiempo de preparación para ser padres y nos dio la oportunidad de aprender lecciones muy valiosas de aquella experiencia.

En septiembre de 2013 nació Daibel. Yo ya tenía 28 años. Seguíamos dentro de nuestro objetivo de ser padres antes de los 30. Aquí ya había mucha más consciencia, mucho aprendizaje, muchas vivencias que nos habían preparado para lo inesperado que nos tocaría vivir. Una de las razones por la que queríamos ser padres jóvenes, pero no la única, era tener menos posibilidades de vivir un embarazo de riesgo o que nuestro hijo tuviera algún tipo de alteración. No era una de las razones más importantes, pero ahí estaba para darnos un ‘zas, en toda la boca’.

El embarazo fue bien, vivido de forma muy consciente y feliz. En la semana 34 nos comunicaron que parecía pequeño. En la 36 decidieron inducir el parto porque no crecía bien. Esas dos semanas fueron complicadas. Vivía momentos de mucha angustia e incertidumbre, pero también trataba de tener momentos de serenidad y conversar con mi hijo desde el útero, mostrándole que confiaba en su fortaleza.

No voy a escribir sobre mi parto. No me siento preparada. Espero poder hacerlo algún día. Pasaré directamente al momento de su nacimiento. Daibel nació con un kilo y medio de peso, dificultades respiratorias y se le vieron un par de malformaciones. Su comprometido estado de salud hizo que nos separan tras el parto.

Sorprendentemente, a pesar de que lo que estaba viviendo era lo más duro que me había pasado, yo estaba serena; preocupada, pero serena. Había vivido con mucha angustia los momentos previos al nacimiento de Daibel, pero algo en mi interior me ayudaba a estar tranquila, algo me decía que él me necesitaba así. Una madre nerviosa no le aportaría nada bueno. Estoy convencida de que todas las cosas que me pasaron en el septenio anterior a su nacimiento me estaban preparando justo para ese momento. En los años previos, ciertos problemas de ansiedad me llevaron a realizar terapias de autoconocimiento emocional. Hice mucho trabajo personal, que no fue fácil, pero que me llevaría a ese 27 de septiembre como una persona preparada para vivir con consciencia ese momento.

Aún así, las hormonas y la difícil situación que estábamos pasando me hacían tambalearme a veces. Daibel estuvo ingresado algo más de dos meses en la unidad de neonatos. Nueve semanas en las que pasó de todo. Hubo momentos preciosos, de verdadero placer, mientras practicábamos el método canguro. Pero también se sucedieron los peores momentos de mi vida hasta el momento -en el futuro cercano se sucederían otros más duros si cabe-. Los primeros días me sentía muy agobiada. Era un agobio que jamás había experimentado. Quienes hemos sido buenas estudiantes –muchas mujeres de mi generación, educadas para ser perfectas, me comprenderán– hemos vivido con mucha ansiedad periodos de exámenes en la universidad o entregas de informes en el trabajo. Este agobio era diferente. Supongo que las hormonas también hacían su parte. Yo sentía que lo que tenía entre manos era muy grande, pesaba mucho, se me escapaba entre los dedos y, a la vez, era muy importante, por lo que no podía permitir que se me cayera. Además, me faltaba experiencia. Nadie piensa de verdad que le va a pasar algo así, por lo que no nos preparamos para ello. De modo que yo no sabía realmente qué era una unidad de neonatos, qué debía hacer yo en ella, qué cuidados especiales requería mi bebé, para qué servían todos esos cables, cómo trabajaban los profesionales que nos acompañaban, cómo debía afrontar la lactancia y el vínculo con mi bebé en esa situación, etc. Yo me había preparado para tener un niño sano. Las preguntas y la incertidumbre se agolpaban en mi cabeza los primeros días, pero pronto encontraría las respuestas.

Siempre he pensado que soy una persona que aprende deprisa y tiene buena memoria. La verdad es que en estos días me lo volví a demostrar, lo que me ayudó mucho a comprender lo que me estaba sucediendo y encontrar mi lugar en ese momento. Pregunté mucho, observé más y me atendieron bien. Para absorber toda esa información hace falta serenidad. Estoy muy orgullosa de haberla tenido, ya que pienso que eso ayudó mucho a Daibel.

Durante ese ingreso aparecieron mis primeras frustraciones sobre mi maternidad. Ciertas situaciones hacían y hacen que sienta mucha rabia porque no puedo cumplir objetivos que me había propuesto y que para mí eran muy importantes.

En primer lugar, pasé mucho miedo cuando nos separaron. Cuando lees lo importante que es para el bebé pasar sus primeros momentos de vida junto a su madre y no lo puedes cumplir, te invade la tristeza, la ira y la impotencia. Lo mismo sucedía cada noche, cuando debía marcharme del hospital sin mi bebé para ir a dormir a casa. Con el tiempo aprendí que hay formas de compensar esas separaciones y me ayudó mucho practicar el método canguro en el hospital y portearle tras el alta, así como vivir nuestros momentos juntos en casa con mucha intensidad y consciencia.

Mi segunda gran frustración vino con la lactancia. Daibel estuvo alimentado con mi leche durante las semanas del ingreso, pero debía extraérmela. Diversas dificultades hicieron que él no se enganchara al pecho y yo me vi incapaz de continuar con las extracciones tras el alta. Me gustaría decir que esto también lo he sanado en mi interior, pero no es así. La frustración y la culpa todavía me atraviesan. Trato de convertirlas en orgullo por haberle dado a mi hijo un montón de gotas de salud extraídas de mi pecho con mucho esfuerzo, pero todavía no lo he conseguido.

De esos días en el hospital me llevo cuatro cosas muy importantes: la labor de autoconocimiento que realicé; el enorme aprendizaje que experimenté en torno a los cuidados de mi hijo; comprobar de forma muy palpable que hemos construido una impresionante red social a nuestro alrededor de familiares y amigos que nos demostraron puro amor; y los momentos de verdadera paz y conexión que viví con Daibel mientras nos abrazábamos piel con piel.

Salí del hospital sintiendo como que ya no era primeriza. El aprendizaje había sido tal, que tenía mucha seguridad en que lo haríamos bien en casa, a pesar de que el estado de salud de Daibel seguía siendo muy delicado, con necesidad de oxigenoterapia, medicaciones varias,  controles constantes de sus niveles de glucosa y un primer diagnóstico demoledor sobre el estado de su cerebro. Aún así, éramos infinitamente felices por tenerle por fin en casa tras esos dos interminables meses.

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Publicado en Salud emocional