Lunes, 06 Junio 2016 13:13

Pon tu granito de arena para humanizar las unidades neonatales

Existe un proyecto que me parece importantísimo sobre la humanización de las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI). Se trata de un grupo de profesionales que exponen sus acciones de éxito al tratar a pacientes en UCI de un modo cercano. La UCI no es un lugar bonito. Es donde a los pacientes les pasa lo peor que les sucede en sus vidas en lo que a salud se refiere. Un lugar en el que te separan de tus seres queridos, te tratan personas que no conoces y no puedes llevar una vida normal. Si estás en la UCI, tu vida peligra. ¿Os imagináis lo abrumador que es esto? Además, el trabajo de los profesionales de estas unidades debe ser de los más estresantes por la responsabilidad que conlleva. Por último, el papel de las familias puede quedar desdibujado y sentir mucha impotencia.

Como os decía, el proyecto HU-CI trata de recuperar la atención sobre las personas. Sobre todas las personas que pasan por la UCI, los pacientes, los profesionales y las familias. Estas unidades han alcanzado mucho éxito en lo técnico, en lo médico, consiguiendo, cada día, salvar más vidas. Pero parece que se descuidó la atención a la persona y se convirtieron en entornos hostiles. Este proyecto de investigación internacional pretende difundir el trabajo que se hace en muchas UCI por humanizarlas, por hacerlas entonos más agradables.

Yo quiero aprovechar este texto para reivindicar el papel de las familias en estas unidades y hacer ver que también está en nuestra mano humanizarlas. Cuando Daibel estuvo ingresado en Neonatología tras el nacimiento, hicimos una serie de cosas que creo que humanizaron nuestra estancia allí. Fueron dos meses larguísimos que viví con mucho dolor. De alguna parte tenía que sacar momentos de tranquilidad y de sentirme reconfortada. Os cuento lo que hicimos.

1. Establecer una rutina

Ojalá no hubiésemos tenido que hacerlo, pero como nos pasamos allí dos meses, al final se creó una rutina en nuestra familia que nos permitió conocernos y saber qué debíamos hacer en cada momento con naturalidad. Yo llegaba hacia las 8 de la mañana y, tras unas cuantas peticiones, me permitieron que fuese yo quien le bañara. Era la única madre que lo hacía, en parte porque era la única que llegaba a la hora del baño. Pero este acto es muy importante. Cuantas más cosas puedas hacer con tu hijo estando ingresado, más madre te sentirás y más te conectarás con él.

Pasaba allí toda la mañana, alimentándole, cambiándole pañales, haciéndole masajes, sacándome leche, abrazándole piel con piel, observando mi alrededor para empaparme bien de todo y aprender muchísimo… Con suerte, podía salir al baño y a comer algo, pero había días muy locos en los que pasaban por allí muchos especialistas a ver a Daibel. Yo estaba sola, así que no quería moverme de allí y perderme cosas.

Salía a comer y descansar. Mi amiga Carmen me recogía y me llevaba a su casa, en la que Víctor nos tenía la comida preparada. Nunca podré agradecerles lo suficiente lo que hicieron por mí aquellas semanas.

Por la tarde, otra vez lo mismo, alimento, pañales, masajes, piel con piel… Pero ya con Kike a nuestro lado y asumiendo él más protagonismo y mucho más tranquilos, sin médicos ni terapeutas que vinieran a tratarle, salvo que algo se torciera. Y claro, llegaba la noche, el peor momento del día en el que nos separábamos porque nos marchábamos a dormir a casa. Salíamos de allí entre las 10 y las 11 con el corazón encogido.

Establecer estas rutinas os permite conoceros, entender lo que está pasando y qué se necesita en cada momento. Así, vas cogiendo confianza, muy importante cuando tu hijo tiene una salud delicada, ya que en casa serás tú quien le cuide. Nosotros llegábamos a hacer chascarrillos y bromas, a veces hasta de humor negro. Le cantábamos la canción de inicio de El Rey León cada vez que le cogíamos y le alzábamos para poder desenredar los cables, le poníamos nombres cariñosos en función de las alteraciones físicas que aparecían, le llamábamos ojacitos porque tenía un ojo grande y otro pequeñito XD. Esta serie de cosas transmiten buenas vibraciones y estoy segura de que el bebé las nota y favorecen su evolución.

2. Relacionarnos con los profesionales

Cuando pasas tantas horas allí, es inevitable. Yo me sabía el nombre de todo el mundo, en qué turno trabajaba y de qué pie cojeaba cada uno. Así sabía cómo y a quién hacerle según qué preguntas.

Ellos también te conocen a ti y saben cómo va la cosa sólo con mirarte. Al final también se establece un vínculo contigo y yo he visto derramar alguna lagrimilla a alguna enfermera cuando Daibel empeoró y también cuando nos marchamos. Esto no las hace débiles, las hace humanas y mejores profesionales, como puedes leer en este artículo que me encanta.

Algún día, si me atrevo, contaré qué pasó a las tres semanas del nacimiento. De momento te cuento que aquella mañana estaba sola, me habían dado una noticia horrible, estaban interviniendo a Daibel y sentía que mi cabeza iba a explotar. No sabía dónde meterme y acudí a al box en el que habitualmente estábamos, aunque allí no estaba mi hijo. Entré absolutamente desconsolada. El abrazo que me dio Carmen, la enfermera, no lo olvidaré en la vida.

Cuando dejamos la unidad, me sentía tan agradecida por gestos como este que llevé algunos regalos para despedirme.

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3. Llevar objetos

Como por ejemplo, una mano amiga. Por la red circulan varios artículos como éste que muestran objetos inventados por el ser humano que favorecen el desapego. En la mayoría de los casos, estoy de acuerdo en que son objetos horribles e, incluso peligrosos, pero siempre encuentro en esos listados a la mano amiga y me entristezco mucho. Se trata de una mano de tacto agradable, que tiene, más o menos, el peso de un brazo y se impregna con tu olor. Nosotros, que nos separábamos de nuestro bebé cada noche, le dejábamos acostado en compañía de esta mano que olía a sus padres y no a hospital.

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Un día, mi amiga Criss me regaló este cartel. Decidí que lo colgaría en la cuna por si alguien necesitaba algo. Desde luego, lo primero que cogieron fue la paciencia. Algún día os contaré más sobre lo que dio de sí el cartel.

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4. Celebrar eventos

Cada vez que se cumplía un nuevo hito, le llevábamos algo. Pequeños muñequitos u otros objetos para celebrar que había cumplido un mes o alcanzado dos kilos, por ejemplo. También llevábamos carteles para ponerlos sobre la cuna y mandar una felicitación de cumpleaños a quien correspondiera. Nos perdimos muchas cosas aquel otoño y las celebrábamos a nuestra manera.

5. Permitir visitas

A mí esto era lo que más me costaba, pero con el tiempo he entendido que era necesario. En la unidad en la que nosotros estábamos, los padres pueden pasar las 24 horas al día. Pero también había un horario establecido para que pudieran pasar, durante 5 minutos, otros familiares acompañados de uno de los padres. Yo intentaba que Kike asumiese ese papel, pero tampoco me parecía bien que le tocara siempre a él. El caso es que para mí era una situación muy incómoda y tampoco termino de saber la razón. Es como si quisiera preservar la intimidad de Daibel, pero, a la vez, proteger a las visitas, ya que a veces daba miedo con tantos cables y cosas pegadas a su cuerpo. No sé… El caso es que no me molaba, pero ahora entiendo que ellos también debían conocerle y nosotros hacer visible que detrás hay una familia más extensa. Es necesario.

Uff, lo que me ha costado escribir este artículo…

¿Tú hijo ha estado ingresado en una UCI? ¿Hacías alguna de estas acciones? ¿Tienes alguna anécdota que contar?

2 comentarios

  • Enlace al Comentario Anhy Miércoles, 08 Junio 2016 09:47 publicado por Anhy

    ay Ana... aunque nosotros no hemos pasado ni por un 10% de lo que habeis pasado vosotros, puedo entender la angustia de estar en el hospital sin saber lo que le pasa a tu hijo...
    Sara solo ha estado ingresada dos veces (digo "solo" aunque para dos años y medio que tiene ya es) y aunque su vida nunca ha corrido peligro, fue muy angustioso. Sobre todo la primera vez, ya que sabíamos que le pasaba algo, pero todavía no teníamos diagnóstico, solo fueron tres noches y yo me pude quedar con ella en todo momento (tenía 8 meses entonces). Para mi el peor momento de esos días (y de todo el proceso) fue cuando la tuvieron que sacar sangre del cuello porque había que hacerle una analítica especial. Había como cuatro enfermeras sujetandola y ella lloraba de dolor y miedo... y yo también. Al final una enfermera me sacó de la sala, diciéndome que la niña estaba bien y que no me preocupara, pero yo sabía que no estaba bien y no había consuelo para mi...

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  • Enlace al Comentario Belén Lunes, 06 Junio 2016 16:55 publicado por Belén

    Maravilloso, como siempre...Y recojo tus ideas

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